En la década de los 90's, la banda de grindcore Brujería estuvo envuelta en un poderoso halo de marketing: sus integrantes cubrían sus rostros con paliacates lo que impedía conocer sus identidades. Las especulaciones al respecto eran variadas, pero no existían certezas. Lo anterior, sumado a las hipótesis respecto a la portada de su primer disco Matando güeros, los posicionó rápidamente en el gusto y morbo de los escuchas.
Supe del grupo gracias a la gorra que un compañero de la preparatoria portaba religiosamente para asistir a clases. El logo, cuidadosamente bordado, se fue introyectando en la memoria de la mayoría sin haber escuchado siquiera alguna de sus canciones. Eso cambió cuando meses adelante alguien consiguió una cinta de Matando güeros en el Tianguis del Chopo. Como se estilaba en aquellos años, esa misma tarde se organizó una reunión para escuchar el cassette mientras se degustaban papitas y refrescos. No fui convidado al festín, pero tampoco me importó mucho pues ya tenía los elementos necesarios para acudir el siguiente fin de semana al tianguis y hacerme de mi propia cinta. Eso tampoco pasó.
Han pasado treinta años de aquel suceso y por casualidad, en mi teléfono celular, un reel anuncia la llegada de Brujería a un bar de mi comunidad. ¿Todavía existe Brujería?, bromeo para mí. Ni siquiera lo pienso para comprar los boletos y únicamente pregunto a mi primo y a mi hijo si quieren acompañarme. Al siguiente día le pido a Dave que me acompañe a la tienda donde compra sus playeras. Nunca he tenido una de Brujería y ésta es la ocasión especial para hacerme de ella.
- Van a estar en el Sham – me dice el dueño de la tienda, quien me ofrece atención personalizada gracias a que Dave es de sus clientes más distinguidos.
- Ya sé. Ya tengo boletos – respondo con gozo.
- No son lo mismo que antes, pero vale la pena verlos – afirma intuyendo mi respuesta.
Y tiene razón no sólo porque ahora sabemos quiénes integran el grupo con nombre, apellido y banda de origen sino porque después de varias fracturas que han alejado a algunos integrantes importantes, la banda suena con menos fuerza que en sus años de mayor fama. Pero, ¿qué banda famosa de nuestra juventud no ha pasado por la misma situación? Así que poco importa que nos encontremos aquí más por la nostalgia que porque vayamos a descubrir el hilo negro de la música atascada. Bandas y público envejecemos parejo.
Luego de estacionar el auto frente a una pastelería y ser taloneados por un franelero que nos ofrece más dudas que certezas, caminamos rumbo al Sham Rock. Tal vez porque apenas son las 7:00 de la noche o porque es día laboral, pero dentro del lugar apenas se perciben algunos pelados. Ya en otro texto conté la ocasión que Brujería se presentó en El Telón, lugar que estaba ubicado a menos de un kilómetro de aquí y tocaron para apenas ciento cincuenta personas. Ese concierto a la postre se convirtió en el último que ofreció ese foro antes de que su dueño fuera acusado por fraude y el sitió quedara en el recuerdo de quienes fuimos asiduos parroquianos.
Mi primo y yo nos detenemos frente a la puerta. Los sujetos que sirven de seguridad nos saludan con amabilidad, nos piden identificación y boleto.
- ¿Identificación? ¡No mames, no traigo! – le hago saber a mi primo en voz alta, esperando que la comprensión de los gorilas.
- ¿No traes identificación? – preguntan con asombro todos
- ¡No!
- ¡La que sea! Licencia… la de la leche… del INAPAM – le dedico mi mirada menos graciosa al chistoso que hizo el comentario, pero las risas son inevitables y hasta lógicas.
- Pues el permiso de mi mamá ya lo traigo, man – intento bromear fallidamente. Entonces recuerdo que en mi teléfono traigo una copia de mi credencial de servidor público.
- ¡Ay, wey! Charolazo y todo - dice el seguridad que, a partir de ese momento, cambia su trato y hasta omite la revisión de rutina.
Lo dicho: en el local no hay más de cien personas. DeathMask hace una prueba de sonido. Mientras eso ocurre una rubia de voluptuosa figura camina sin pena ni gloria frente a nosotros. Dos personas forman su equipo de seguridad, pero ni siquiera se inmutan pues a pesar de recibir unas cuantas miradas, la rubia camina hasta el baño como una mortal más. Yo me centro en la presencia de Aldo “Kuervo” Liberata, bajista de Cabrón. Tal vez él siente mi mirada pues repentinamente da un giro de 180° y regresa a saludarme. Estrecho su mano y a cambio él me abraza afable. Además de Brujería, también vine a ver a Cabrón que, dicho sea de paso, fue la abridora en el concierto de El Telón. La alineación actual es diferente a la de 2017, pero pegan macizo. La rubia pasa nuevamente frente a nosotros sin ser acosada por quienes la rodean. Le pregunto a mi primo quién es:
- Sabrina Sabrok – dice sin darle mucha importancia.
La sigo con la mirada y lo primero que veo son sus piernas blanquísimas, después analizo su vestido rojo con aberturas muy estratégicas. Es inevitable brincarse el escote, pero rápidamente llego a su cabello que me recuerda el de una muñeca arrumbada. Uno de los meseros interrumpe mis pensamientos y me ofrece una cerveza. Pido un parcito y entonces me olvido de que Sabrina departe entre nosotros como una más entre la pandilla, sin distingos, ni privilegios.
DeathMask inicia su presentación misma que resulta breve, pero dejan realmente caliente el escenario del Sham Rock. Son buenos. Entonces me entero que Alexandro Hernández, el baterista, es vecino de mi comunidad. También es novio de Sabrina y eso explica la presencia de la rubia en el local. El público ya se encuentra rabioso y exige más. Toca el turno de Cabrón que a mi gusto es una banda que no ha gozado de mucha justicia dentro de la escena. El setlist es el adecuado para encender aún más al público. Y no fallan: en apenas 30 minutos logran desatar el moshpit en un par de ocasiones. Creo que en este momento tienen a su mejor alineación: Juan Acuña, en las percusiones; Aarón Cuadros, en la batería; Aldo Liberata, en el bajo y coros; y Keks Paul, en la guitarra y voz. Satanás es una canción reciente y con ella hago una pausa para echarle una miradita a Sabrina que se dirige nuevamente al baño sin que la audiencia la atosigue pidiéndole autógrafos o fotos. Me resulta extraño que la banda no se aloque. ¿Habrá pasado de moda? Vuelvo a centrarme en su cabello rubio y se me figura una muñeca arrumbada.
Todo está dispuesto para que Brujería suba al escenario. A lo lejos se aprecia al Pinche Peach, único miembro de la banda que no usa paliacate, saludando a los fans que se encuentran cerca. Frente al escenario y como parte de la seguridad, se sitúan los integrantes de Cabrón quienes saben no tendrán una noche fácil. Saludo nuevamente a Aldo quien encoge los hombros, resignado. Sabe que van a llover madrazos y que la banda no se tentará el corazón. Los primeros en saltar al escenario son Criminal (Anton Reisenegger, de Pentagram) y el Hongo Jr. (Nicolas Barker, de Cradle of Filth). Mi deseo por ver a Hongo (Jeff Walker) se rompe cuando veo que en el bajo viene alguien distinto a él y a Shanne Embury. Ni modo. Después bajan El Sangrón (Henry Sánchez) y Pinche Peach (Ciriaco Quezada). Tampoco viene la Bruja Encabronada (Jessica Pimentel). Es una pena. Para este momento el público exige que comiencen a tocar, pero el Brujo sigue en el backstage. Se apagan las luces y de inmediato comienza a sonar el intro de Brujerizmo, La voz de la niña con el fondo guapachoso es una alerta para el público se disponga a soltar madrazos. Aprovecho para cubrirme la cara con mi paliacate. Una luz ilumina a Juan Brujo que, blandiendo su machete, comienza con sus característicos movimientos de provocación. A mí me recuerda a alguno de mis tíos del pueblo cuando embriagado con cerveza y aguardiente, clamaba por armar camorra afuera de la cantina.
Ver a Brujería me representa un regreso a mi adolescencia, a la rebeldía que entonces no tenía causa y a la urgencia por mostrar terror escuchando canciones con temas prohibidos que escandalizaban a mis mayores. Actualmente, disfruto más las monerías de Juan Brujo mientras interpretan Colas de rata, Echando chingazos o Castro muerto. Sus bailes son fenomenales y muestra de ello está en Desperado donde hacen un zapateado muy mexicano. ¿En qué momento Brujería dejó de ser la banda que provocaba terror para convertirse en un grupo con coreografías bien montadas?
Siempre he dicho que los conciertos de nuestras bandas preferidas no pueden ser perfectos porque suelen omitir canciones que deseamos escuchar. Vine al Sham Rock porque quiero escuchar División del Norte y gritar: “Cuando yo sea grande, quiero ser Pancho Villa”, pero por más que trato de llamar la atención de Juan Brujo, me pasa por alto. Minutos después, el Brujo se sitúa frente a mí y dice que la siguiente canción trata “de un monstruo terrorífico, mitad hombre y mitad hongo”. Al decirlo me señala haciendo alusión a mi calva cabeza. Entonces, El sangrón grita: “Satongo.” Quienes me rodean soban mi calva y de inmediato se integran al mosh que vale decir, no ha parado desde la primera canción. Contrario a lo que pensé, el lugar se encuentra lleno. Cada que mencionan: “parte hombre, parte hongo”, el Brujo y Pinche Peach me señalan. La canción termina y Peach se acerca chocarme la mano. De inmediato se aleja hasta donde se encuentra la batería y toma una cabeza cercenada y quemada: “es Coco Loco.” El Himno de la Banda, Matando Güeros comienza a sonar. El público corea festivo hasta el final. Sudados, golpeados y cansados, los asistentes celebran la ceremonia del Brujo. La seguridad Cabrona ni siquiera se despeinó pues al final el público resultó ser muy bien portado. Mañana nos dolerán las rodillas, pienso.
Mientras Criminal, Hongo Jr. y Fantasma se retiran, comienza a sonar un sample con la música de Los del Río. No importa que esté prohibido fumar en lugares cerrados, el público es ingenioso y sabe cuando transgredir la ley. El aroma a mota invade el lugar. Todos comenzamos a cantar Marijuana. Uno que otro hace la coreografía de La Macarena. A nadie le importa, Brujería es diversión.
Juan Brujo se despide del público y de inmediato desaparece en backstage. Mientras Criminal, Hongo Jr. y Fantasma desconectan sus instrumentos, El Sangrón y Pinche Peach complacen al público con autógrafos y fotografías. No hay un no para nadie. El Pinche Peach se da el lujo de cotorrear con cada uno de sus fans a quienes les dedica muecas y ademanes para personalizar la imagen. Después de tomarme una foto con él, le estrecho la mano y le doy las gracias. “¡Ándale Satongo!”
Mientras nos dirigimos a la salida, una rubia de senos y labios exuberantes pasa frente a nosotros. Apenas unos cuantos le dedican sus miradas. Algo me hace pensar en su aroma. Las rubias siempre me han intrigado por su olor. No me quedo con las ganas y al siguiente día le envío un mensaje a Aldo Liberata:
- Carnal, ¿puedo hacerte una pregunta?
- Simón, ¿qué pasó?
- ¿A qué huele Sabrina?
- No mames – responde antes de mandarme al diablo con mi pregunta pendeja. Otro día le llamaré para saber que se siente ser el grupo abridor de Brujería y después servir como su seguridad.
Cuautitlán Izcalli, México; a 29 de septiembre de 2022


