El pollo rostizado nunca falla cuando la tarde apremia, pero pasadas las 3:00 de la tarde —cuando menos en mi comunidad—, es complicado conseguirlo en una rosticeria que se precie. En muchas venden pollos rezagados y en otras los pollos son engañosos pues aunque el ticket afirme que se trata de un pollo grande, lo que aprendí en el preescolar me dice que esa presentación ni siquiera es mediana. Las rosticerías de cadena cada vez son menos confiables.
En fechas recientes, prefiero los pollos del Sam's Club. Los califico como "pasables", así que aprovecho la membresía y el viaje para comprar una bolsa de papas, un vino y bollos. Me gusta comer pollo rostizado con bollos. En la entrada, una mujer de chaleco azul me da la bienvenida mientras extiende el folleto con ofertas. Agradezco la atención no sin percatarme del hervidero de personas frente a una torre de roscas de reyes que esperan ser las elegidas, pero en pocos segundos me entero que la gente no quiere las tradicionales adornadas con ate y frutillas sino las que tienen nuez, lechera y queso Philadelphia. Evado la multitud y me dirijo a la panadería. Encuentro una fila de casi 30 personas.
—¿Es para panadería? —pregunto ingenuamente—.
—Si, pero es para las roscas de gourmet —responde una buenona de leggins y cabello enmarañado—.
—¿Roscas gourmet?
—Si. pero van a tardar en salir, según el encargado.
Metros adelante se escucha barullo. Un hombre enfundado en ropa deportiva manotea a un empleado que amablemente se dirige a él llamándolo "señor." Pinche energúmeno, pienso mientras camino a la rosticería sin perderme detalles del chismecito.
—Tú no puedes limitarme. Si quiero me llevo toda la tienda y tú no eres nadie para impedírmelo, por algo soy socio, pagué mi membresía.
Ajiú, ajiú, ajiú. Este tipo de personajes me fascinan. ¡No mames —pienso—, estamos en el Sams Club que básicamente es un Walmart de paga! Pero este es un ejemplo del falso poder de las membresías: le hace creer a los arrogantes que sus $600 anuales los convierten en accionistas mayoritarios de una madre en la que el único prodigio consiste en pagar por entrar a comprar. Ajiu, ajiu, ajiu. ¡Pendejo!
Los pollos rostizados aún giran en su carrusel con la varilla ensartada en la rabadilla. Aquí la gente es más amable y se limitan a presenciar al fanfarrón de la ropa deportiva que sigue alegando su derecho a comprar las roscas que él quiera sin que ningún empleado pueda limitarlo.
Elijo un pollo doradito y regreso a la panadería por una bolsa de bollos. El fanfarrón ha dejado de alegar y mira a todos con altanería, como si hubiera conseguido un triunfo. La buenona de los leggins me dirige una sonrisa mientras se amarra el cabello en un chongo. En ese momento una empleada avisa que las rosas gourmet están por salir mientras detrás, otro hombre empuja un carrito con varías cajas de roscas. La empleada pide a las personas que mantengan el orden. El fanfarrón se muestra ansioso, como niño "hartón" que desea todos los dulces de la piñata. La gente lo deja y a diferencia de los mamadores del Costco, aquí, el fanfarrón comienza a echar varias cajas en su carrito: una... dos... cuatro... cinco... seis... ocho... diez. Y se aleja. ¿Diez? ¿Tanto pedo por diez roscas? Quienes están detrás mueven la cabeza y sonríen. ¿Acaso se trata de un wannabe queriendo imponer moda en el Sams? Ni hablar.
En mi colonia hay más de cuatro puestos que ostentan la fantochería de vender postres y pasteles del Costco. Nadie en su sano juicio pela esas chingaderas. Hay mejores lugares para adquirir diabetes mellitus. No creo que alguien conocedor quiera una rosca gourmet del Sams. Un pollo rostizado sí, pero una rosca ni madres.



.jpeg)







