Éramos niños. Teníamos 6 o 7 años cuando murió Don Fernando Martínez, el esposo de Doña Rosa. Si lo pienso, no era tan grande, tenía 41 años el día de su deceso. Él y su esposa eran muy jóvenes, pero nosotros los veíamos como dos ancianos. En esos tiempos, para nosotros, todos los papás eran viejos.
Durante su velorio, los niños aprovechamos para jugar canicas y fútbol, también correteadas y escondidillas. De pronto, frente al llanto a gritos de los dolientes ahogábamos las risas y en silencio contemplábamos el dolor de los adultos. Después reanudábamos el juego.
Al caer la noche nos sentamos en la banqueta. Nuestras respectivas madres nos dieron pan y café con leche para merendar y todos, en un improvisado círculo, hablamos del difunto, del significado de la muerte y nos retamos para acercarnos al féretro. Las niñas fueron las más valientes. Rosa, Carmen y Rosalía hicieron una comitiva para ir ante los despojos de Don Fernando. Los demás esperamos en la banqueta.
Cuando las niñas regresaron no hubo comentarios, únicamente un profundo silencio. Ellas ya no quisieron platicar y de a poco se retiraron a sus casas a dormir porque si o sí, al otro día tendríamos que ir a la escuela mientras Fernando Martínez de la Garza, el papá de nuestro amigo Jorgito, era sepultado en el panteón municipal.
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Me declaro abiertamente ateo, pero como muchos, recibí una formación católica que me ayuda en momentos como este. Con los dedos cuento cada Ave María y sé que los sábados se rezan los misterios Gloriosos: la resurrección y ascención del Señor, le venida del espíritu Santo y La Asunción y Coronación de la Virgen. Los que saben, entienden a qué me refiero.
A lo lejos escucho el juego de los niños y me recuerda cuando tenía 6 o 7 años. Juegan bajo la mirada lapidante de sus madres que exigen silencio y respeto. Yo sonrío mientras estiro el décimo dedo, escucho un “Gloria” y me santiguo con una cruz chueca formada con los dedos.
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La vida te sitúa en diversos puntos: la alegría, la tragedia, la calma, el monotonía, el dolor. Cuando tenía 6 o 7 años el dolor de los adultos era motivo para que los niños siguiéramos siendo niños y aprovechamos las tragedias para jugar y reír.
Hoy entiendo el dolor de los mayores mientras veo las cruces hechas con flores y envidio la alegría de los niños que aún no saben de las pérdidas que vamos acumulando los más grandes. Espero que disfruten. La vida pasa rápido y en un tiempo a ellos también les tocará velar a sus seres queridos.
La rezandera lleva 13 aves María. Cree que no nos damos cuenta, pero los que estamos aquí aunque nunca vamos a la iglesia, algo le sabemos a los rosarios. En los últimos años hemos velado ya a varios de nuestros mayores.

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