lunes, 15 de diciembre de 2025

Pide un deseo

Cierra los ojos y pide un deseo —dije con una voz que salió ridícula, casi paternal—. Perla sonrió antes de cerrar los ojos y cambiar su semblante de asombro por uno meditabundo, serio. Los cinco segundos que se mantuvo en silencio me parecieron eternos. Después sopló la vela y sin que yo se lo pidiera se lanzó sutilmente contra el pastel para darle una pequeña mordida.

Luego llegaron muchos abrazos y arrumacos. En lo más recóndito de mis pensamientos nacieron las ganas de hacer algo más, pero en ese momento me conformé con sentirla entre mis brazos.

* * *

Un destello de luz rompió el grosor de la cortina estrellándose directo contra mi cara. Me moví un poco. Descubrí un vacío al otro extremo de la cama. Me incorporé y aún somnoliento busqué mi reloj sobre el buró. Faltaban un par de minutos para las 5:00 de la tarde. El ruido del agua de la regadera me regresó del sueño.

Perla, con el cuerpo completamente enjabonado, sonrió cuando me vio cruzar la puerta del baño. Extendió su mano y me invitó a entrar con ella a la ducha. No me resistí. Al verme avanzar, se movió dos pasitos al costado para que yo quedara bajo la cascada. Siguiendo una costumbre que nació desde nuestro primer encuentro, comenzó a enjabonarme la espalda para después rodearme con sus brazos. Sentir sus pechos resbalosos aplastándose contra mi cuerpo, me resultó placentero. Deseé que esa sensación nunca terminara.

Acostados en la cama, esperamos a que se nos secara la piel. Mientras ocurre, Perla me platica boberías. Detecto contradicciones, pero no me atrevo a señalarlas por temor a que deje de contarme lo que piensa. Sé que cada fantasía esconde un deseo que yo estoy dispuesto a cumplir aunque pienso en el mayor impedimento: su esposo. A cambio, me conformo con estar con ella dos o tres veces al año. Su cumpleaños es nuestra fecha obligada.

—¿Cuál fue tu deseo la primera vez que te compré un pastel de cumpleaños? —le pregunto cada año mientras hacemos el ritual de pedir un deseo, soplar la vela, morder el pastel y partir un par de rebanadas. Hace nueve años que conozco la respuesta, pero me gusta que la repita—.
—¡Estar contigo!
—¡Lo sabía! Bueno, pide otro deseo.

Perla cierra los ojos y cambia su semblante por uno meditabundo, serio. Sopla la vela y de inmediato se lanza con sutileza contra al pastel. La crema que le queda en los labios la comparte conmigo a través de un beso empalagoso. Después, viene el verdadero obsequio.

Mientras disfruto su cuerpo, suena su teléfono.

—¡No respondas, por favor!
—Tengo que contestar, lo sabes, pero tú no te detengas.

Mis embates se vuelven feroces cuando escucho esa voz masculina exigiendo todas las explicaciones de su ausencia. Ella habla con tranquilidad reprimiendo cualquier ruido. Si penetro su cuerpo con más fuerza, ella ahoga los gemidos. Con intención,me vuelvo un bruto. Perla, en tanto, trata de ofrecer detalles para reafirmar sus mentiras. Quiero detenerla, decirle que hay muchas contradicciones en lo que explica. Hay cosas que ya ha dicho en años anteriores y  es muy probable que eso la delate. Es mejor que nos apuremos, que terminemos y entremos a la regadera para poder salir limpios del hotel.

* * *

Perla lleva una hora sobre la cama. Ni siquiera ha terminado de desnudarse y yo ya agoté la mitad del tequila que le compré para esta ocasión. No me gusta el tequila, pienso mientras la observo incorporarse y manotear. La voz en su teléfono le exige su presencia inmediata y amenaza con represalias que me parecen deun fanfarrón. Me dan ganas de arrebatarle el teléfono y terminar la llamada. Me contengo las ganas de arrancarle la ropa y hacerle el amor con las mismas ganas que el año anterior.

Me acerco para rodear su cintura y morder suavemente su cuello. Me evade. Los minutos transcurren y yo me desespero. Le toqueteo las nalgas en un juego que nunca falla, pero ella se aleja sutilmente. Camina directo al baño y se encierra. Minutos después escucho su llanto. No me atrevo a invadir su privacidad, pero han pasado casi dos horas y aún no he podido saludarla debidamente. Nunca debió casarse con ese tipo.

Entro al baño y la descubro bajo la ducha. Esta vez no me invita a colocarme bajo la cascada. Tomo la iniciativa y trato de enjabonar su cuerpo. Perla no se resiste, pero hay un desgano evidente. No está conmigo, no está en esta habitación. Sus lagrimas se confunden con el gua. Esta vez no esperamos a secarnos sobre la cama. No hay charlas bobas, ni fantasías acerca de lo que desea para un futuro a mi lado.

Aún mojados y enredados en las toallas apestosas a cloro damos inicio con el ritual que iniciado hace diez años, cuando la encontré por casualidad el día de su cumpleaños. Entonces su novio no llegó a donde la había citado para festejar y ella sólo buscaba a alguien que quisiera festejarla. Ni siquiera le pedí permiso para sentarme. Traté de animarla y le compré un pequeño pastel.

Igual que entonces, cuando era una adolescente, le pedí que cerrara los ojos y pidiera un deseo. Lo hizo y de inmediato me dijo que fuéramos a otro lado.

Esa tarde se prolongó hasta la madrugada. No importó que su teléfono no dejara de sonar.

—¡Sólo quiero festejar! Dime que vas a festejarme mi cumpleaños cada año. ¡Promételo!
—¡Lo prometo!
—¿Cada año, sin faltar a tu promesa? 
—Cada año...
—¿Pase lo que pase?
—Pase lo que pase.

* * *

—¿Cuál fue tu deseo cuando cumpliste 18 años?
—¡Que me cogieras!
—¿En serio?
—Ya lo sabes, pero esa vez no quisiste. ¿Te dio miedo? te perdiste mis mejores años y cuando pasó fue por mera casualidad. Fuiste tú, pero pudo haber sido cualquiera. iba a elegir al primero que llegara.

El teléfono suena y ella responde con desgano.

—¿Qué quieres? —una voz masculina se escucha lejana—. Si ya sabes ¿para qué me pides más explicaciones? Si, con él... Si, al rato... Si, como quieras.

Perla termina la llamada y me observa. Parece molesta. En esta ocasión no hay besos, no hay ducha ni el ritual del pastel que después de tantos años, parece sobrado. Saco de la bolsa el domo de plástico con un pastel individual. Ella no disimula su semblante incómodo y se postra frente al pastelito. 

—¡Pide un deseo!

Sin cerrar los ojos, se apresura a apagar la vela. Esta vez se abstiene de la mordida y guarda la tarta en el domo para después meterlo en la bolsa. Sin mayor protocolo se levanta de la cama y se dirige a la ventana donde se quita la ropa de forma apresurada. Cogemos por coger con el sonido del teléfono repicando a nuestras espaldas. Perla se aleja para responder. Me indica con un ademán que vaya nuevamente hasta ella. La penetro con la furia que provocan los celos. por primera vez no reprime sus gemidos. Cuando mis embates se vuelven salvajes, grita. Lanza el teléfono a la cama y me pide que termine.

Cinco minutos después sale de la habitación. Intento seguirla, pero algo me dice que es mejor dejarla sola.

Al salir, descubro el pastel en el bote de basura. Camino un tanto frustrado. 

Un par de golpes secos se escuchan en el ambiente. La gente grita. Una multitud se arremolina a mitad de la calle. yo ni siquiera me atrevo a voltear y reprimo todo intento regresar sobre mis pasos.

—¡Feliz cumpleaños, bonita! —me digo antes de escuchar otros dos golpes secos y sentir la vista nublada—.

Lo último que puedo escuchar es una voz que me maldice.

Al final, todo se pone negro.

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