miércoles, 10 de junio de 2026

Quinielas

Es una tradición que en cada Mundial de Fútbol, las personas decidan poner a prueba sus conocimientos y su suerte y participen en quinielas en las que, además de predecir al campeón, puedan embolsarse cantidades ínfimas de dinero.

Hace veinte años, don Ray, era el mandamás de las quinielas en mi colonia. No sólo durante el Mundial sino para cualquier torneo de fútbol. Su método era simple: en una hoja blanca colocaba el calendario de partidos de todo el torneo para que el participante únicamente marcara al ganador con un tache. Ganaba el que más aciertos consiguía. El costo de la hojita variaba de acuerdo a la importancia del certamen. Una vez agotadas las hojas, los participantes tenían la obligación de rellenar los alveolos y entregar el original a don Ray, que las resguardada celosamente hasta el fin del torneo. Cada participante podía sacar su copia de respaldo para futuras aclaraciones. Al final del torneo y una vez entregado el trofeo a los campeones, don Ray acudía a la siguiente mañana a la pollería D'Hector para entregar la bolsa al ganador. Si había empate entre dos o más participantes, el viejo repartía el dinero en partes iguales. Nada de criterios de desempate. ¿Cuál era la ganancia del señor? Ninguna. Lo único que pedía a los ganadores era una propina para comprarse un refresco.

En mi familia también se han hecho quinielas en los últimos tres mundiales. Jamás me ha quedado claro quién la organiza y mucho menos, quién ha sido el ganador de la bolsa acumulada. Todo un misterio. Por otro lado, en el trabajo, también se han impulsado quinielas, pero el sólo hecho de conocer a los organizadores es causal suficiente para abstenerme de participar aludiendo abulia por el fútbol.

En vísperas de que inicie un nuevo torneo mundial de fútbol, me llegaron diversas invitaciones para participar en quinielas. Pero la modernidad nos ha alcanzado y ahora todas son creadas con aplicaciones. Se terminaron las hojitas. En ellas se pueden programar métodos de desempate semejantes a las utilizadas por los casinos de Las Vegas, lo que vuelve a la quiniela una batalla feroz por conseguir el triunfo.

Una constante llamó mi atención en la que se hizo en mi familia: los participantes han comenzado a marcar sus resultados preguntándole a la IA. 

— ¡Así que chiste! —me pronuncié—. Todos van a tener resultados similares. 

Me tildaron de aguafiestas y me pidieron mantenerme al margen.

Mientras escribo está breve reflexión pienso en don Ray y la pandilla futbolera de mi colonia que siempre apeló a sus conocimientos en materia de fútbol. A sus estadísticas acumuladas gracias a miles de horas cola para ver partidos y programas deportivos. A sus largas jornadas de lectura de periódicos y en llenar decenas de cuadernos con los que bien pudieron escribir varias tesis. Yo, en cambio, siempre participé apelando a mis corazonadas y eso explica la razón por la que siempre me situé en el último lugar mientras que los segundos y terceros lugares se los llevaron todos aquellos que confiaron en la selección mexicana. ¡No entiendo esa malsana y ciega fe que nos hace creer que pueden llegar al quinto partido!

Don Ray murió hace varios mundiales y el puesto de periódicos afuera de la pollería D'Hector desapareció a inicio de este año. Ya no quedan indicios de los años en que jóvenes y viejos nos reuníamos a hablar de política y fútbol. Hoy se puede participar en una quiniela sin tener el mínimo conocimiento de fútbol. La Inteligencia Artificial es trampa, pero también es la nueva herramienta para hacer quedar como expertos, incluso, a los más imbéciles.

Esta vez no participaré en quiniela alguna, pero espere que quede campeona la selección española y que Dinamarca nos ofrezca una sorpresa. Lo anterior, sin olvidar a nuestra selección nacioanal. 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Volver a comenzar

Nunca me gustó Café Tacvba. Ni siquiera al grado de hablar mal de ellos por la simple razón que no entraron en mi radar. Cuando se pusieron de moda no conecté ni con el concepto musical, ni con su imagen, de ahí que pasaran desapercibidos para mí.

Mi primer acercamiento real al grupo fue gracias a Joselo Rangel. Su columna Crócknicas Marcianas, en el Excelsior, me atrapó. De ahí que al publicar su primer libro de cuentos, One Hot Wonder, no dudé en seguirlo. Se ganó mi respeto.

Hace unos años, mientras recorría los pasillos de un agonizante Mix Up, encontré una paupérrima sección de libros. No observé algo que valiera la pena, salvo un par de títulos: Cerati. Siempre Seremos Prófugos, editado por la Revista Marvin; y La Historia Oficial de Café Tacvba, Bailando por Nuestra Cuenta, de Enrique Blanc.

Por aquellos años estaba resuelto a formar una pequeña biblioteca dedicada a libros relacionados con rock. Después decidí abrirlo a músicos y al final, a cualquier género musical siempre y cuando resultara de mi interés. Todavía en la caja, antes de pagar, dudé en llevarlo, pero al final sucumbí.

Pasaron semanas antes de comenzar su lectura. Lo hice con recelo, pero desde el principio la historia me atrapó. Incluso, para ambientar mi lectura, escuché algunos de sus álbumes en YouTube. Gracias a eso medio logré entender algunas de sus canciones. Por otras reafirmé cierta animadversión.

Gracias al libro de Blanc y a los textos de Joselo, reconozco que Café Tacvba me dejó de ser indiferente.

Hace seis años murió mi tía. La noche en que fue velada, mientras esperábamos el turno de pasar a despedirla (atravesábamos por una pandemia y no podíamos permanecer más de diez personas en la sala de velación), me metí al auto y encendí la radio. Sonó una canción de Café Tacvba. Sólo recuerdo la primera estrofa: “Si hiciera una lista de mis errores / de los menores hasta los peores / que expusiera todas las heridas / los fracasos, desamores y las mentiras…” Comencé a llorar. Ni siquiera recuerdo haber terminado la canción.

Horas después, tras el sepelio, la locutora de Reactor 105.7, María letona, habló del aniversario de Café Tacvba. Recordé lo leído en el libro de Blanc. De inmediato programó Volver a Comenzar y dio su propia interpretación de la canción. Subí el volumen y mientras manejaba me concentré en la letra. Comencé a llorar. Ese día era mi cumpleaños. Desde entonces, lo primero que hago cada 29 de mayo, al abrir los ojos, es escuchar esa canción

Hace un par de semanas Arturo J. Flores, entrevistó a Joselo a propósito de su nuevo libro. Apenas terminé de ver la entrevista, le mandé un mensaje a Arturo. Coincidimos en algo respecto a la banda y él tuvo la primicia de saber que Volver a comenzar es la única canción de los Tacvbos que me gusta. Él, a cambio, me confió lo que le ha dicho a Joselo respecto al grupo.

Hoy es el aniversario del grupo y no pude pasar por alto enviarles una felicitación a través de las redes sociales, aunque sé que no la verán. Mañana es el aniversario luctuoso de mi tía y pasado mañana mi cumpleaños. Lo primero que haré al abrir los ojos ambos días, será escuchar Volver a Comenzar. Lloraré por su ausencia y por las ausencias que cada año se acumulan aunque las personas no hayan muerto. Este año la escucharé porque acumulé una nueva ausencia en la familia y porque alguien que no ha muerto tomó la decisión de partir, pero, sobre todo, porque el dolor que me provocan esas pérdidas son indicios de que sigo vivo y cada año es una nueva oportunidad de volver a comenzar.

domingo, 26 de abril de 2026

Súper Nova ¿Génesis?

La afición por el box me surgió cuando veía las peleas de Julio César Chávez. Me emocionaba pensar que sus peleas podían terminar en knock out, pero si le tocaban rivales a su nivel la pelea de 12 rounds no me iba a defraudar. Después vinieron las peleas de Humberto "Chiquita" González, e incluso, Jorge "Maromero" Páez. No me las perdía. Un tiempo me alejé del box. La trilogía de Marco Antonio Barreda contra Erick "Terrible" Morales me regresó al box. De ahí, las de Juan Manuel" Dinamita" Márquez vs Manny Pacquiao me hacían detener mi mundo para verlas. No me olvido de las peleas de Mike Tayson y Manos de Piedra Durán. Pero luego vinieron tiempos oscuros. Definitivamente las peleas de Canelo Álvarez jamás las veo. 
El box es un deporte que siempre ha estado cuestionado. Las peleas arregladas y las apuestas, son los factores que más lo han afectado. El caso es que hace ya un tiempo que no veo una pelea con boxeadores profesionales.

Ahora me encuentro presenciando una función de box llamada Súper Nova Génesis. Dos sujetos llamados Willito y Lonche ofrecen un espectáculo lamentable. No le puedo llamar boxeo. Me entero que no son profesionales sino influencers.

No me pregunten cómo llegué, pero aquí estoy.

La función tienen toda la producción de un espectáculo en Las Vegas, incluyendo modelos buenonas y a Jimmy Lennon Jr. como presentador de las peleas. Los comentaristas son los de La Cotorrisa y Carlos "El Zar" Aguilar. 

Este tipo de funciones no le abonan nada al boxeo profesional pues da el mensjae que cualquier pelado se puede subir a un ring a tirar golpes. En este caso, cualquier influencer. El show definitivamente es espectacular con cantantes de moda como Oscar Maydon (por cierto, aburridosima su presentación). 

Aunque según, la función está avalado por la Comisión (no sé cuál), me pregunto: ¿Qué pasaría si alguien sale lastimado de verdad? 
Eso sí, el precio de los boletos son un pasada. No entiendo en qué momento los jóvenes pagan tanto dinero por ver semejantes mamarrachadas. 

En fin, me dispongo a ver el encuentro entre Karely Ruiz y Kim Shantall, no por el box, es claro. Guarden silencio. Mientras dejó está reflexión a su consideración. Discútanlo en equipos de tres.

lunes, 5 de enero de 2026

La Rosca de Reyes

El pollo rostizado nunca falla cuando la tarde apremia, pero pasadas las 3:00 de la tarde —cuando menos en mi comunidad—, es complicado conseguirlo en una rosticeria que se precie. En muchas venden pollos rezagados y en otras los pollos son engañosos pues aunque el ticket afirme que se trata de un pollo grande, lo que aprendí en el preescolar me dice que esa presentación ni siquiera es mediana. Las rosticerías de cadena cada vez son menos confiables.

En fechas recientes, prefiero los pollos del Sam's Club. Los califico como "pasables", así que aprovecho la membresía y el viaje para comprar una bolsa de papas, un vino y bollos. Me gusta comer pollo rostizado con bollos.  En la entrada, una mujer de chaleco azul me da la bienvenida mientras extiende el folleto con ofertas. Agradezco la atención no sin percatarme del hervidero de personas frente a una torre de roscas de reyes que esperan ser las elegidas, pero en pocos segundos me entero que la gente no quiere las tradicionales adornadas con ate y frutillas sino las que tienen nuez, lechera y queso Philadelphia. Evado la multitud y me dirijo a la panadería. Encuentro una fila de casi 30 personas.

—¿Es para panadería? —pregunto ingenuamente—.
—Si, pero es para las roscas de gourmet —responde una buenona de leggins y cabello enmarañado—.
—¿Roscas gourmet?
—Si. pero van a tardar en salir, según el encargado.

Metros adelante se escucha barullo. Un hombre enfundado en ropa deportiva manotea a un empleado que amablemente se dirige a él llamándolo "señor." Pinche energúmeno, pienso mientras camino a la rosticería sin perderme detalles del chismecito.

—Tú no puedes limitarme. Si quiero me llevo toda la tienda y tú no eres nadie para impedírmelo, por algo soy socio, pagué mi membresía.

Ajiú, ajiú, ajiú. Este tipo de personajes me fascinan. ¡No mames —pienso—, estamos en el Sams Club que básicamente es un Walmart de paga! Pero este es un ejemplo del falso poder de las membresías: le hace creer a los arrogantes que sus $600 anuales los convierten en accionistas mayoritarios de una madre en la que el único prodigio consiste en pagar por entrar a comprar. Ajiu, ajiu, ajiu. ¡Pendejo!

Los pollos rostizados aún giran en su carrusel con la varilla ensartada en la rabadilla. Aquí la gente es más amable y se limitan a presenciar al fanfarrón de la ropa deportiva que sigue alegando su derecho a comprar las roscas que él quiera sin que ningún empleado pueda limitarlo.

Elijo un pollo doradito y regreso a la panadería por una bolsa de bollos. El fanfarrón ha dejado de alegar y mira a todos con altanería, como si hubiera conseguido un triunfo. La buenona de los leggins me dirige una sonrisa mientras se amarra el cabello en un chongo. En ese momento una empleada avisa que las rosas gourmet están por salir mientras detrás, otro hombre empuja un carrito con varías cajas de roscas. La empleada pide a las personas que mantengan el orden. El fanfarrón se muestra ansioso, como niño "hartón" que desea todos los dulces de la piñata. La gente lo deja y a diferencia de los mamadores del Costco, aquí, el fanfarrón comienza a echar varias cajas en su carrito: una... dos... cuatro... cinco... seis... ocho... diez. Y se aleja. ¿Diez? ¿Tanto pedo por diez roscas? Quienes están detrás mueven la cabeza y sonríen. ¿Acaso se trata de un wannabe queriendo imponer moda en el Sams? Ni hablar.

En mi colonia hay más de cuatro puestos que ostentan la fantochería de vender postres y pasteles del Costco. Nadie en su sano juicio pela esas chingaderas. Hay mejores lugares para adquirir diabetes mellitus. No creo que alguien conocedor quiera una rosca gourmet del Sams. Un pollo rostizado sí, pero una rosca ni madres.

viernes, 2 de enero de 2026

Pleitos de lilos

Por muchos años fui un belicoso guerrero citadino que no desaprovechó la oportunidad de comprar peleas, muchas de ellas ajenas. La mayoría de las ocasiones sólo se trató de quitarse la camisa por alguno de mis amigos, bravucones profesionales especializados en meterse en problemas. Un día, simplemente, entendí que comprar pleitos ajenos no me dejaría nada bueno si quería llegar a viejo, así que opté por situarme como simple espectador.

Pienso lo anterior mientras veo a Scott Ian departir sus pastelillos de cumpleaños en un concierto de John Bush. ¡Esperen! ¿Acaso esos dos no estaban peleados? No sé si peleados sea la palabra correcta, pero tenía entendido que ninguno deseaba saber del otro. Según recuerdo, leí entrevistas donde a uno no le gustaba que le preguntaran sobre el otro mientras el segundo no desaprovechaba la oportunidad de despotricar contra el otro cuando se le preguntaba de su etapa en la banda.

Un caso similar ocurre entre Mick Mars y Nikki Sixx, de Mötley Crüe quienes en los últimos años parece que no se pueden ver y si acaso se encontraran, desatarían un infierno. No dejemos de lado los decires de Dave Mustaine hacia los miembros de Metallica que, seguramente, no desaprovechan la oportunidad de carcajearse en cada declaración que ofrece el pelirrojo. Los integrantes de Poison tenían lista una gira para este 2026 hasta que repentinamente uno dijo que prefería quedarse en casa y no volver a tocar con sus compañeros. En el rock mundial, los ejemplos son infinitos y seguro todos recordaron nombres como Roger Waters, Ritchie Blackmore o los hermanos Gallager. Nuestro país no es la excepción: el eterno desencuentro entre Alejandro Markovich y el resto de los integrantes de Caifanes es apenas un ejemplo.

Sin embargo, pienso nuevamente en el vídeo donde Scott Ian se encuentra en el concierto de John Bush e imagino que al final estamos entre caballeros y esas diferencias pueden dirimirse con un contrato y un abrazo, como ocurrió con los hermanos Gallager o Axl Rose y Slash.

Recientemente me ha tocado observar peleas entre personas cercanas a mí. Publicaciones en redes sociales con todo y capturas de pantalla en las que los otrora amigos se retan públicamente a desmentir hechos que a todos nos valen madres, pero que seguimos religiosamente hasta que alguno declina por cobardía o porque prefiere esperar un encuentro cara a cara como lo dictan las reglas del viejo oeste.

Hace unos meses presencié la pelea encarnizada entre dos amigos. Todo se desarrolló por redes sociales. De las publicaciones sarcásticas pasaron a las capturas de pantalla, después a las amenazas. Finalmente, a las denuncias. Muchos tomaron partido y después de las reacciones vinieron los bloqueos. Pensé que eso terminaría mal, pero un sábado los encontré bebiendo cervezas en una fiesta. Platicaban rodeados de otras personas. Imagino que los presentes querían detener una pelea encarnizada, pero al final los valientes sólo se dieron la mano y cada uno se retiró a su respectiva silla. Al final, terminaron bebiendo juntos. 

Escritores, músicos, poetas, artistas plásticos, editores o pelagatos de a pie cuyo oficio sin beneficio consiste en opinar las publicaciones de los otros, se convierten en un espectáculo en el que lo mejor es no tomar partido. Los años me han enseñado eso.

Decía Sabo Romo cuando se le preguntaba por el pleito entre Alejandro y Saúl: "pleito de lilos", haciendo referencia a lo que los mortales conocemos como puro "pájaro nalgón."

Mejor de lejitos aunque eso tampoco te exente de ganarte un pleito por no tomar partido.