Es una tradición que en cada Mundial de Fútbol, las personas decidan poner a prueba sus conocimientos y su suerte y participen en quinielas en las que, además de predecir al campeón, puedan embolsarse cantidades ínfimas de dinero.
Hace veinte años, don Ray, era el mandamás de las quinielas en mi colonia. No sólo durante el Mundial sino para cualquier torneo de fútbol. Su método era simple: en una hoja blanca colocaba el calendario de partidos de todo el torneo para que el participante únicamente marcara al ganador con un tache. Ganaba el que más aciertos consiguía. El costo de la hojita variaba de acuerdo a la importancia del certamen. Una vez agotadas las hojas, los participantes tenían la obligación de rellenar los alveolos y entregar el original a don Ray, que las resguardada celosamente hasta el fin del torneo. Cada participante podía sacar su copia de respaldo para futuras aclaraciones. Al final del torneo y una vez entregado el trofeo a los campeones, don Ray acudía a la siguiente mañana a la pollería D'Hector para entregar la bolsa al ganador. Si había empate entre dos o más participantes, el viejo repartía el dinero en partes iguales. Nada de criterios de desempate. ¿Cuál era la ganancia del señor? Ninguna. Lo único que pedía a los ganadores era una propina para comprarse un refresco.
En mi familia también se han hecho quinielas en los últimos tres mundiales. Jamás me ha quedado claro quién la organiza y mucho menos, quién ha sido el ganador de la bolsa acumulada. Todo un misterio. Por otro lado, en el trabajo, también se han impulsado quinielas, pero el sólo hecho de conocer a los organizadores es causal suficiente para abstenerme de participar aludiendo abulia por el fútbol.
En vísperas de que inicie un nuevo torneo mundial de fútbol, me llegaron diversas invitaciones para participar en quinielas. Pero la modernidad nos ha alcanzado y ahora todas son creadas con aplicaciones. Se terminaron las hojitas. En ellas se pueden programar métodos de desempate semejantes a las utilizadas por los casinos de Las Vegas, lo que vuelve a la quiniela una batalla feroz por conseguir el triunfo.
Una constante llamó mi atención en la que se hizo en mi familia: los participantes han comenzado a marcar sus resultados preguntándole a la IA.
— ¡Así que chiste! —me pronuncié—. Todos van a tener resultados similares.
Me tildaron de aguafiestas y me pidieron mantenerme al margen.
Mientras escribo está breve reflexión pienso en don Ray y la pandilla futbolera de mi colonia que siempre apeló a sus conocimientos en materia de fútbol. A sus estadísticas acumuladas gracias a miles de horas cola para ver partidos y programas deportivos. A sus largas jornadas de lectura de periódicos y en llenar decenas de cuadernos con los que bien pudieron escribir varias tesis. Yo, en cambio, siempre participé apelando a mis corazonadas y eso explica la razón por la que siempre me situé en el último lugar mientras que los segundos y terceros lugares se los llevaron todos aquellos que confiaron en la selección mexicana. ¡No entiendo esa malsana y ciega fe que nos hace creer que pueden llegar al quinto partido!
Don Ray murió hace varios mundiales y el puesto de periódicos afuera de la pollería D'Hector desapareció a inicio de este año. Ya no quedan indicios de los años en que jóvenes y viejos nos reuníamos a hablar de política y fútbol. Hoy se puede participar en una quiniela sin tener el mínimo conocimiento de fútbol. La Inteligencia Artificial es trampa, pero también es la nueva herramienta para hacer quedar como expertos, incluso, a los más imbéciles.
Esta vez no participaré en quiniela alguna, pero espere que quede campeona la selección española y que Dinamarca nos ofrezca una sorpresa. Lo anterior, sin olvidar a nuestra selección nacioanal.
