miércoles, 27 de mayo de 2026

Volver a comenzar

Nunca me gustó Café Tacvba. Ni siquiera al grado de hablar mal de ellos por la simple razón que no entraron en mi radar. Cuando se pusieron de moda no conecté ni con el concepto musical, ni con su imagen, de ahí que pasaran desapercibidos para mí.

Mi primer acercamiento real al grupo fue gracias a Joselo Rangel. Su columna Crócknicas Marcianas, en el Excelsior, me atrapó. De ahí que al publicar su primer libro de cuentos, One Hot Wonder, no dudé en seguirlo. Se ganó mi respeto.

Hace unos años, mientras recorría los pasillos de un agonizante Mix Up, encontré una paupérrima sección de libros. No observé algo que valiera la pena, salvo un par de títulos: Cerati. Siempre Seremos Prófugos, editado por la Revista Marvin; y La Historia Oficial de Café Tacvba, Bailando por Nuestra Cuenta, de Enrique Blanc.

Por aquellos años estaba resuelto a formar una pequeña biblioteca dedicada a libros relacionados con rock. Después decidí abrirlo a músicos y al final, a cualquier género musical siempre y cuando resultara de mi interés. Todavía en la caja, antes de pagar, dudé en llevarlo, pero al final sucumbí.

Pasaron semanas antes de comenzar su lectura. Lo hice con recelo, pero desde el principio la historia me atrapó. Incluso, para ambientar mi lectura, escuché algunos de sus álbumes en YouTube. Gracias a eso medio logré entender algunas de sus canciones. Por otras reafirmé cierta animadversión.

Gracias al libro de Blanc y a los textos de Joselo, reconozco que Café Tacvba me dejó de ser indiferente.

Hace seis años murió mi tía. La noche en que fue velada, mientras esperábamos el turno de pasar a despedirla (atravesábamos por una pandemia y no podíamos permanecer más de diez personas en la sala de velación), me metí al auto y encendí la radio. Sonó una canción de Café Tacvba. Sólo recuerdo la primera estrofa: “Si hiciera una lista de mis errores / de los menores hasta los peores / que expusiera todas las heridas / los fracasos, desamores y las mentiras…” Comencé a llorar. Ni siquiera recuerdo haber terminado la canción.

Horas después, tras el sepelio, la locutora de Reactor 105.7, María letona, habló del aniversario de Café Tacvba. Recordé lo leído en el libro de Blanc. De inmediato programó Volver a Comenzar y dio su propia interpretación de la canción. Subí el volumen y mientras manejaba me concentré en la letra. Comencé a llorar. Ese día era mi cumpleaños. Desde entonces, lo primero que hago cada 29 de mayo, al abrir los ojos, es escuchar esa canción

Hace un par de semanas Arturo J. Flores, entrevistó a Joselo a propósito de su nuevo libro. Apenas terminé de ver la entrevista, le mandé un mensaje a Arturo. Coincidimos en algo respecto a la banda y él tuvo la primicia de saber que Volver a comenzar es la única canción de los Tacvbos que me gusta. Él, a cambio, me confió lo que le ha dicho a Joselo respecto al grupo.

Hoy es el aniversario del grupo y no pude pasar por alto enviarles una felicitación a través de las redes sociales, aunque sé que no la verán. Mañana es el aniversario luctuoso de mi tía y pasado mañana mi cumpleaños. Lo primero que haré al abrir los ojos ambos días, será escuchar Volver a Comenzar. Lloraré por su ausencia y por las ausencias que cada año se acumulan aunque las personas no hayan muerto. Este año la escucharé porque acumulé una nueva ausencia en la familia y porque alguien que no ha muerto tomó la decisión de partir, pero, sobre todo, porque el dolor que me provocan esas pérdidas son indicios de que sigo vivo y cada año es una nueva oportunidad de volver a comenzar.