viernes, 8 de agosto de 2025

Rutina matutina

Siempre es bueno romper con la rutina, dicen. Hacer cosas diferentes.

Regreso de hacer mi trote matutino dispuesto a cambiar lo habitual. Busco entre los trebejos aquella cafetera que un día compré y que apenas usé un par de ocasiones antes de regresar a mis tradicionales mañanas de bebidas frías. A mí no me gusta el café. Escribo lo anterior consciente que le caeré como patada de hígado a muchos de mis lectores. Mientras el líquido gotea decido sacar una caja de galletas, esas que siempre tengo dispuestas para las visitas que nunca llegan.

Si se trata de salir de la rutina, decido que hoy no tengo ganas de comida sana aunque sé que no debe excederme. Huevos con tocino, un mollete con chistorra y un pastelillo de nuez son la solución. Enciendo la TV. En la pantalla un grupo de señoras juegan a hacerse preguntas cuyas respuestas a mí me valen madres. Cambio de canal. Mientras las dos hebras de queso se gratinan, sirvo el café cuyo sabor no sé si es bueno o malo, pero finjo que es una bebida preparada por los dioses. Todos deben saber que no me gusta el queso, pero un mollete sin queso sería una torta mal hecha.

En la pantalla un joven vestido de mujer baila con una buenona a la que insta a mostrar el pecho frente a la cámara. La mujer, guardando recato, se retira apenada hasta su lugar en un set que parece de concursos. Los invitados festejan la no gracejada y de inmediato el moderador decide relajar la situación haciendo preguntas cuyas respuestas también me valen madres. Dispongo el desayuno sobre una mesita y vuelvo a sorber el café.

Cambio nuevamente de canal y encuentro a un grupo de personas dispuestas a hacer un reto. Formaditos en hilera escolar aprecian un vídeo en una pantalla. En el vídeo se muestra a personas comunes y corrientes jugando hockey con trapeadores. El vídeo me parece inmamable, pero los conductores parecen estar dispuestos a replicar el reto. ¿Reto? ¡No mamen! Mientras ellos se divierten en su desmadre, decido servir otra taza de café y fingir que me la estoy pasando de lujo fuera de la rutina. Desconozco si alguien en su sano juicio tiene como hábito sentarse a ver programas matutinos donde los conductores se divierten haciendo pendejadas como si estuvieran en una reunión familiar sabatina.

El sabor del tocino me recuerda que últimamente no he estado bien, que debí pensármela dos veces antes de romper la dieta. La chistorra es sabrosa, pero una bomba para mi organismo. Termino el desayuno y dispongo de mis pastillas. Las coloco en hilerita, como si esperaran su turno en el patíbulo.

En la pantalla otro grupo de personas juegan en el set. No sé si realmente estén divertidas o fingen que se la están pasando a toda madre como parte de los términos y condiciones que les pusieron en el contrato. Apago el televisor y me dispongo a lavar los trastes, pero antes hago una pausa para terminar el libro que estoy leyendo y que me ha arrancado de todas las responsabilidades pendientes.

¡Qué grato es regresar a la rutina!

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