lunes, 11 de noviembre de 2024

Así se siente la nostalgia

Cursaba el 3° de secundaria cuando logré tener mi primera novia formal. Claudia Ivette era una de las tres chicas más hermosas de la escuela. Sólo le hacían mosca Sandrita Peimbert y Rosa Lidia Hernández, quien también fue mi novia, pero ella aún no merece ser el motivo de ninguna de mis memorias.

Para los estudiantes de la Secundaria Oficial No. 420 la única distracción a la mano era un intento de centro comercial que, paradójicamente, por los años ochentas, gozó de éxito al albergar la tienda Blanco, una pizzería llamada la Torre de Pizza y una sucursal de Helados Holanda que además tuvo el buen tino de introducir maquinitas para hacerle competencia a una madre que se llamó Chispas. Sacó a conclusión que éste local fue el que por mucho tiempo sostuvo al resto del edificio pues entre desperdiciar dinero en videojuegos y consumir Raspatitos, Chemisses y Bicolores, la derrama era cuantiosa.

Traigo esto a colación porque cuando uno tiene novia se ve orillado a abandonar ciertas rutinas para darle atención al amor. Entonces, lo primero que hice apenas le di el sí fue abandonar a mis compañeros del camión verde y cambiar a otra ruta que atravesaba el mencionado centro comercial y me llevaba hasta una colonia muy mamalona vetada para nosotros, los pelados de esa secundaria.

Durante seis meses supe lo que era caminar de la mano de mi novia hasta la avenida Jiménez Cantú, avanzar dos calles hasta un enorme árbol situado en la esquina de la calle Venus, abrazar a mi novia sin el menor ánimo de soltarla y tras 15 minutos que parecían un suspiro, acompañarla hasta la puerta de su casa cuidando que su padre no se asomara por la ventana y nos descubriera. Por si acaso, le daba su respectivo beso de piquito porque entonces yo no sabía de esas cosas que involucran lenguas y saliva, y me echaba a correr de regreso a la avenida temiendo no alcanzar la última combi.

* * *

El camión Izcalli 2-3 me escupe frente a una nueva realidad.

Le dije a Claudia que estaría en casa de sus padres a más tardar a las 7:00 de la noche. Lamentablemente, el tráfico citadino no tiene palabra. Faltan doce minutos para las ocho y un dolor de panza me hace sentir una extraña mezcla de nervios y emoción. ¿Hace cuánto no atravieso el centro comercial? ¿15 años? ¿20? Los que sean, ya no importan. La enorme nave ha sido demolida. En su lugar, una reja resguarda los recuerdos de las personas que, al igual que yo, vivieron algo en ese predio.

Iluminado por la luna camino a un costado de la reja. Mi madre siempre me recomendó que nunca atravesara por ahí de noche. Ahora me da risa porque la posibilidad de un asalto es casi del 80% según un estudio que me acabo de inventar.

Llegó a la avenida. El viejo puesto de revistas ya no existe aunque otros armatostes ocupan su lugar. Ahora hay un semáforo. Se pone el rojo para los autos y avanzo. Camino dos calles para llegar al árbol, pero me sorprende enterarme que tampoco existe. Ni siquiera tengo la seguridad que haya estado ahí. Todo está cambiado. Ahora hay comercios iluminados y las calles han sido enrejadas. Avanzo. Llegó hasta la siguiente calle también enrejada. Desorientado, vuelvo los pasos y la mirada tratando de reconocer los sitios de mis andanzas adolescentes. Antes de la reja, hay un pequeño expendio de pan. Dos mujeres me observan traspasarla y con desconfianza vigilan mis pasos con sus miradas clavadas como dagas en mi espalda (pinche lugar común, ya me urgía escribirlo). No reconozco las casas, pero si el andador que te lleva hasta la casa de... Mejor no recordarla. Sigo caminando y llego hasta la calle Luna. Creo que esa es la casa de los padres de Claudia, pero ya no está el árbol que podía ubicarme, ni el pastito, ni la reja blanca. De hecho, todos esos vestigios de naturaleza han cedido el paso al poder expansionista del concreto.

¿Cómo no le pedí la dirección? Mi atraso ya es grosero. Entonces juego un "de tin marín de do pingüe" y me acerco hasta una casa. Toco el timbre, un perrito ladra, pasan tres minutos y se escucha la puerta.

     - ¿Quién?
     - Héctor, señora Teresa. Amigo de Claudia.

La mamá de Claudia abre la puerta y me observa. Algo en su radar le nubla la memoria. Ya no soy ese niño escuálido y con cabello abundante. Le doy la mano y le digo que llevo un libro para su hija. Me pongo nervioso. No lo encuentro. Como un mago meto la mano al fondo de mi mochila y lo siento. Con otro moviendo rápido lo saco y se lo entrego. La señora Teresa me observa con paciencia.

     - Aquí está. Perdón. Todo está muy cambiado y me perdí. Me dio gusto volver a verla. Adiós.

La señora me desea que me vaya bien y cierra la puerta. Mientras avanzo, le envío un mensaje a Claudia Ivette. Le cuento que me perdí, que todo está cambiado. Que ya no está el árbol frente a su casa, ni el árbol donde solíaamos abrazarnos durante quince minutos antes de caminar cuidandonos de su papá. Le cuento todo lo que ustedes han leído lineas arriba y entonces me dan ganas de llorar.

Ahora entiendo que así se siente el pasar del tiempo, que esto que se me hace nudo en la garganta, que se me agolpa en las tripas y me da alegría en el alma, es la nostalgia. Cuento los años que han pasado desde la última vez que vi a Claudia. Más de 30. Pienso que este libro será una forma de abrazarla otra vez.

viernes, 8 de noviembre de 2024

Aquí no pasa nada

En mi comunidad rural pocas veces ocurren sucesos extraordinarios. Alguna vez escuché una hipótesis interesante: lo que pasa es que la gente de aquí trabaja en La Ciudad y nada más viene a dormir. No se enteran si se cae un árbol o se roban una bicicleta. Todo es muy tranquilo. Yo digo que somos aburridos, que si algo relevante pasa, lo minimizamos y le damos nula importancia.

Esta mañana hubo un accidente. Usted, amiga lectora; usted, amigo lector, dirán: todos los días hay accidentes, ¿qué tiene de extraordinario? Pues eso. Pasó algo que rompió la monótona dinámica del lugar donde moramos.

Yo, que soy un hombre de rutinas, me vi afectado porque al igual que ayer y anteayer y la semana pasada y hace seis meses y hace 29 años, invariablemente, salí a las 9:30 de mi casa para ir a trabajar. Abordé la vagoneta de las 9:40 y ¡Oh, sorpresa! El tráfico se encontraba casi detenido desde Los Tulipanes y hasta Las Palomas, lugar emblemático donde se encuentra una glorieta en la que una estatua de José María Morelos y Pavón sirve de muda testigo de las glorias de la selección nacional, los campeonatos del América y las elecciones de los personajes que tras gobernar, se convierten en nuevos ricos a costa del erario.

Inicialmente pensé que se trataba de un bloqueo. Hoy frente a cada injusticia social, se estila cerrar avenidas principales. Justo o no, sirve. Muchas personas hacían filas sobre la banqueta observando algo. Sobre el carril de alta, mínimo tres patrullas esperaban con el motor apagado. Delante de ellas un par de autos y más adelante los vehículos de las aseguradoras. Entendimos que se trataba de un choque. La unidad de los servicios médicos nos alertó. Es más grave de lo que pensamos. Entonces, como si una fuerza extraña nos orillara a actuar, todos los pasajeros sacamos nuestro teléfono celular. Siempre había querido participar del morbo colectivo que produce fotografiar El Suceso. En una de esas me convierto en el sucesor de Enrique Metinides, pensé mientras imaginaba un cuerpo sin vida con las tripas de fuera.

Al pasar junto a los autos, la exclamación fue general. Como buen mexicano, a la mitad de los pasajeros les afloró ese ajustador que llevamos dentro y de inmediato sacaron sus conclusiones. El chófer únicamente se limitó a decir: "así venían."
Sin poner más atención guardé mi teléfono y pensé en lo aburrido que es vivir aquí. Nunca pasa nada interesante y nadie hace algo por provocar que eso suceda. Casi veinte minutos demoramos en atravesar un punto que, en un día normal, recorremos en dos.

Una vez El Tribilín, astuto y conspicuo ladrón de ocasión, se robó una bicicleta, pero metros adelante fue detenido por la policía. El reportero por fin tuvo trabajo y corrió a sacar su cámara para tomar una placa del hurto. Horas después, ya con el periódico impreso, recorrió las calles de la colonia anunciando en su altavoz: "los agarraron, los agarraron. Tenemos las imágenes de la peligrosa banda de ladrones que fue detenida por la policía. Vea las fotos, reconozca a los ladrones..." Y en la última hoja de aquel pasquín local aparecía una solitaria foto de El Tribilín con su aspecto de Nikki Sixx frente a una bicicleta, una Pepsi de vidrio familiar y kilo y medio de tortillas. A las siete de la noche ya nadie se acordaba de lo acaecido y mejor esperaban el Noticiero con Jacobo Zabludovsky. Esas sí eran noticias.

En esta comunidad, reafirmo, no pasa nada. Y si pasa, lo minimizamos. Ya en otra ocasión les contaré de un señor miembro de la ETA que fue detenido a una calle de donde un grupo de adolescentes jugábamos voleibol o de la noche que se fugó el Chapo de Almoloya y tras tomar la autopista, llegó a esta comunidad por el circuito exterior mexiquense. O cuando el EZLN hizo estallar bombas en las torres de luz que están junto Lago de los Lirios o cuando el aire tumbó el emblemático Globo Amarillo. Puros sucesos que a nadie le han importado y por eso nadie los recuerda.

Si nadie se acuerda, es que no pasó.

jueves, 7 de noviembre de 2024

El encuentro de dos Guapos

In memorian, Rafael Nuñez Juan

Me gusta la lucha libre. Hace mucho que no voy a una función, pero de vez en cuando cazo las que pasan en la tele sólo para no desengancharme. Ya no las disfruto tanto. Ya no me sé las rivalidades y no conozco a los nuevos ídolos, salvo al Fresero Jr. (que tenía un puesto a unas calles de mi trabajo) y a los integrantes de la Puerquiza Extrema.

Los luchadores que solía admirar y por lo que pagaba un boleto, ya murieron o están en franca decadencia. Me uno al clamor popular para que se retiren con dignidad, pero la lucha libre al igual que la docencia, son oficios ingratos que no dan para retirarse tranquilamente. Quienes nos dedicamos a ello, lo sabemos. Tenemos que seguir ejerciendo.

Es 14 de septiembre y camino por las calles de mi comunidad. Mis ganas por empaparme del fervor mexicano me hacen caminar hasta el Palacio Municipal. Me gusta ver los adornos y las luces que adornan los espacios públicos. Me gusta caminar entre los juegos mecánicos (no me subo porque soy acrofóbico) y me gusta detenerme en algún puesto a comer uno de los miles antojitos que los marchantes ofertan en honor a la patria.

Camino despacio, embelesado por la alegría de las familias que vienen a mi alrededor. A lo lejos, me percato de un tumulto. Contrario a las sabias recomendaciones de mis mayores, me dirijo decidido a la entrada del auditorio. Un grupo de mujeres jalonea a un sujeto con facha de stripper. Lo reconozco aunque no sé su nombre. Es luchador. Detrás, me percato que un hombre baja con dificultad una escalinata. A él si lo reconozco con nombre, apellido, nombre de guerra y palmarés. Se trata de Rafael Nuñez Juan, Scorpio Jr., pareja luchística de la Bestia Salvaje e integrante de La Universidad de Los Guapos junto con el mencionado Bestia Salvaje y Shocker. Es inevitable reír sólo por recordar esa tercia. Pura belleza difícil de apreciar. Sin pensarlo, me acerco. Scorpio Jr. trata de pasar desapercibido, pero soy fan de ese luchador que en su momento fue uno de mis rudos preferidos. Tenía un físico impresionante aunque después la vida le cobró la factura.

En el siglo pasado tuvo la osadía de retar al Hijo del Santo por las máscaras mientras su pareja Bestia Salvaje (con quien ostentaba el Campeonato Mundial de Parejas) le lanzó un reto por las cabelleras al Negro Casas. Esa lucha fue memorable, de esas que se extrañan. El final fue épico: Negro Casas envuelve a Scorpio Jr. con "la Casita" mientras el Hijo del Santo rinde a Bestia Salvaje con el castigo que inmortalizó a su papá. El sainete para quitarles la tapa y la cabellera a los perdedores fue increíble porque ellos culparon a Roberto "El Güero" Rangel por la derrota. Recuerdo otra lucha donde rapó a Súper Porki y una más donde le quitó la máscara a un tal Black Scorpio.

Recuerdo todo esto mientras me acerco a él y respetuoso le pido una foto.

     - Claro - me dice con su voz rasposa mientras se detiene a mi lado. Me coloco la mano en la barbilla esperando que me secunde. Así le hacia cuando era Guapo.
     - Soy más guapo que tú, Scorpio - digo mientras esboza una sonrisa y me da un par de palmadas en la espalda. 
 
Se aleja. Está cansado y probablemente, muy adolorido. Es evidente que no puede más, que su carrera está en el ocaso, pero entiendo que siga luchando. Además, es más ídolo que muchos de los nuevos valores. Lo veo alejarse caminando con dificultad. La gente sigue pidiéndole fotos al stripper lo que ayuda a que Rafel Nuñez se aleje tranquilo.

Detrás de mi aparece Pedro Ortíz Villanueva, Pirata Morgan. Lo saludo de mano y él corresponde un poco consternado tratando de descifrar si me conoce o por qué lo saludo de forma familiar. Le pido una foto y accede amable. Mientras lo abrazo recuerdo aquella lucha sangrienta contra Rafael Barajas "El Faraón". Algunas personas lo reconocen y también se acercan a solicitar una foto. Atiende a todos sin distingo.

¡Esos son luchadores!, pienso mientras los veo subir al vehículo que, seguramente, los trasladará a otro improvisado ring a rifarse el físico en honor de Hidalgo, Morelos, Allende, Aldama y Josefa Ortíz de Domínguez.


*Texto escrito el 14 de septiembre de 2024