Cursaba el 3° de secundaria cuando logré tener mi primera novia formal. Claudia Ivette era una de las tres chicas más hermosas de la escuela. Sólo le hacían mosca Sandrita Peimbert y Rosa Lidia Hernández, quien también fue mi novia, pero ella aún no merece ser el motivo de ninguna de mis memorias.
Para los estudiantes de la Secundaria Oficial No. 420 la única distracción a la mano era un intento de centro comercial que, paradójicamente, por los años ochentas, gozó de éxito al albergar la tienda Blanco, una pizzería llamada la Torre de Pizza y una sucursal de Helados Holanda que además tuvo el buen tino de introducir maquinitas para hacerle competencia a una madre que se llamó Chispas. Sacó a conclusión que éste local fue el que por mucho tiempo sostuvo al resto del edificio pues entre desperdiciar dinero en videojuegos y consumir Raspatitos, Chemisses y Bicolores, la derrama era cuantiosa.
Traigo esto a colación porque cuando uno tiene novia se ve orillado a abandonar ciertas rutinas para darle atención al amor. Entonces, lo primero que hice apenas le di el sí fue abandonar a mis compañeros del camión verde y cambiar a otra ruta que atravesaba el mencionado centro comercial y me llevaba hasta una colonia muy mamalona vetada para nosotros, los pelados de esa secundaria.
Durante seis meses supe lo que era caminar de la mano de mi novia hasta la avenida Jiménez Cantú, avanzar dos calles hasta un enorme árbol situado en la esquina de la calle Venus, abrazar a mi novia sin el menor ánimo de soltarla y tras 15 minutos que parecían un suspiro, acompañarla hasta la puerta de su casa cuidando que su padre no se asomara por la ventana y nos descubriera. Por si acaso, le daba su respectivo beso de piquito porque entonces yo no sabía de esas cosas que involucran lenguas y saliva, y me echaba a correr de regreso a la avenida temiendo no alcanzar la última combi.
* * *
El camión Izcalli 2-3 me escupe frente a una nueva realidad.
Le dije a Claudia que estaría en casa de sus padres a más tardar a las 7:00 de la noche. Lamentablemente, el tráfico citadino no tiene palabra. Faltan doce minutos para las ocho y un dolor de panza me hace sentir una extraña mezcla de nervios y emoción. ¿Hace cuánto no atravieso el centro comercial? ¿15 años? ¿20? Los que sean, ya no importan. La enorme nave ha sido demolida. En su lugar, una reja resguarda los recuerdos de las personas que, al igual que yo, vivieron algo en ese predio.
Iluminado por la luna camino a un costado de la reja. Mi madre siempre me recomendó que nunca atravesara por ahí de noche. Ahora me da risa porque la posibilidad de un asalto es casi del 80% según un estudio que me acabo de inventar.
Llegó a la avenida. El viejo puesto de revistas ya no existe aunque otros armatostes ocupan su lugar. Ahora hay un semáforo. Se pone el rojo para los autos y avanzo. Camino dos calles para llegar al árbol, pero me sorprende enterarme que tampoco existe. Ni siquiera tengo la seguridad que haya estado ahí. Todo está cambiado. Ahora hay comercios iluminados y las calles han sido enrejadas. Avanzo. Llegó hasta la siguiente calle también enrejada. Desorientado, vuelvo los pasos y la mirada tratando de reconocer los sitios de mis andanzas adolescentes. Antes de la reja, hay un pequeño expendio de pan. Dos mujeres me observan traspasarla y con desconfianza vigilan mis pasos con sus miradas clavadas como dagas en mi espalda (pinche lugar común, ya me urgía escribirlo). No reconozco las casas, pero si el andador que te lleva hasta la casa de... Mejor no recordarla. Sigo caminando y llego hasta la calle Luna. Creo que esa es la casa de los padres de Claudia, pero ya no está el árbol que podía ubicarme, ni el pastito, ni la reja blanca. De hecho, todos esos vestigios de naturaleza han cedido el paso al poder expansionista del concreto.
¿Cómo no le pedí la dirección? Mi atraso ya es grosero. Entonces juego un "de tin marín de do pingüe" y me acerco hasta una casa. Toco el timbre, un perrito ladra, pasan tres minutos y se escucha la puerta.
- ¿Quién?
- Héctor, señora Teresa. Amigo de Claudia.
La mamá de Claudia abre la puerta y me observa. Algo en su radar le nubla la memoria. Ya no soy ese niño escuálido y con cabello abundante. Le doy la mano y le digo que llevo un libro para su hija. Me pongo nervioso. No lo encuentro. Como un mago meto la mano al fondo de mi mochila y lo siento. Con otro moviendo rápido lo saco y se lo entrego. La señora Teresa me observa con paciencia.
- Aquí está. Perdón. Todo está muy cambiado y me perdí. Me dio gusto volver a verla. Adiós.
La señora me desea que me vaya bien y cierra la puerta. Mientras avanzo, le envío un mensaje a Claudia Ivette. Le cuento que me perdí, que todo está cambiado. Que ya no está el árbol frente a su casa, ni el árbol donde solíaamos abrazarnos durante quince minutos antes de caminar cuidandonos de su papá. Le cuento todo lo que ustedes han leído lineas arriba y entonces me dan ganas de llorar.
Ahora entiendo que así se siente el pasar del tiempo, que esto que se me hace nudo en la garganta, que se me agolpa en las tripas y me da alegría en el alma, es la nostalgia. Cuento los años que han pasado desde la última vez que vi a Claudia. Más de 30. Pienso que este libro será una forma de abrazarla otra vez.




