viernes, 8 de noviembre de 2024

Aquí no pasa nada

En mi comunidad rural pocas veces ocurren sucesos extraordinarios. Alguna vez escuché una hipótesis interesante: lo que pasa es que la gente de aquí trabaja en La Ciudad y nada más viene a dormir. No se enteran si se cae un árbol o se roban una bicicleta. Todo es muy tranquilo. Yo digo que somos aburridos, que si algo relevante pasa, lo minimizamos y le damos nula importancia.

Esta mañana hubo un accidente. Usted, amiga lectora; usted, amigo lector, dirán: todos los días hay accidentes, ¿qué tiene de extraordinario? Pues eso. Pasó algo que rompió la monótona dinámica del lugar donde moramos.

Yo, que soy un hombre de rutinas, me vi afectado porque al igual que ayer y anteayer y la semana pasada y hace seis meses y hace 29 años, invariablemente, salí a las 9:30 de mi casa para ir a trabajar. Abordé la vagoneta de las 9:40 y ¡Oh, sorpresa! El tráfico se encontraba casi detenido desde Los Tulipanes y hasta Las Palomas, lugar emblemático donde se encuentra una glorieta en la que una estatua de José María Morelos y Pavón sirve de muda testigo de las glorias de la selección nacional, los campeonatos del América y las elecciones de los personajes que tras gobernar, se convierten en nuevos ricos a costa del erario.

Inicialmente pensé que se trataba de un bloqueo. Hoy frente a cada injusticia social, se estila cerrar avenidas principales. Justo o no, sirve. Muchas personas hacían filas sobre la banqueta observando algo. Sobre el carril de alta, mínimo tres patrullas esperaban con el motor apagado. Delante de ellas un par de autos y más adelante los vehículos de las aseguradoras. Entendimos que se trataba de un choque. La unidad de los servicios médicos nos alertó. Es más grave de lo que pensamos. Entonces, como si una fuerza extraña nos orillara a actuar, todos los pasajeros sacamos nuestro teléfono celular. Siempre había querido participar del morbo colectivo que produce fotografiar El Suceso. En una de esas me convierto en el sucesor de Enrique Metinides, pensé mientras imaginaba un cuerpo sin vida con las tripas de fuera.

Al pasar junto a los autos, la exclamación fue general. Como buen mexicano, a la mitad de los pasajeros les afloró ese ajustador que llevamos dentro y de inmediato sacaron sus conclusiones. El chófer únicamente se limitó a decir: "así venían."
Sin poner más atención guardé mi teléfono y pensé en lo aburrido que es vivir aquí. Nunca pasa nada interesante y nadie hace algo por provocar que eso suceda. Casi veinte minutos demoramos en atravesar un punto que, en un día normal, recorremos en dos.

Una vez El Tribilín, astuto y conspicuo ladrón de ocasión, se robó una bicicleta, pero metros adelante fue detenido por la policía. El reportero por fin tuvo trabajo y corrió a sacar su cámara para tomar una placa del hurto. Horas después, ya con el periódico impreso, recorrió las calles de la colonia anunciando en su altavoz: "los agarraron, los agarraron. Tenemos las imágenes de la peligrosa banda de ladrones que fue detenida por la policía. Vea las fotos, reconozca a los ladrones..." Y en la última hoja de aquel pasquín local aparecía una solitaria foto de El Tribilín con su aspecto de Nikki Sixx frente a una bicicleta, una Pepsi de vidrio familiar y kilo y medio de tortillas. A las siete de la noche ya nadie se acordaba de lo acaecido y mejor esperaban el Noticiero con Jacobo Zabludovsky. Esas sí eran noticias.

En esta comunidad, reafirmo, no pasa nada. Y si pasa, lo minimizamos. Ya en otra ocasión les contaré de un señor miembro de la ETA que fue detenido a una calle de donde un grupo de adolescentes jugábamos voleibol o de la noche que se fugó el Chapo de Almoloya y tras tomar la autopista, llegó a esta comunidad por el circuito exterior mexiquense. O cuando el EZLN hizo estallar bombas en las torres de luz que están junto Lago de los Lirios o cuando el aire tumbó el emblemático Globo Amarillo. Puros sucesos que a nadie le han importado y por eso nadie los recuerda.

Si nadie se acuerda, es que no pasó.

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