miércoles, 13 de abril de 2022

El trágico accidente del pastel

Hoy tuve mi primera asamblea sindical como representante de mi zona. Supe lo que es ser extranjero en mi propia tierra y entendí cómo el poder político ciega las entendederas de quienes un día consideré los seres más lúcidos en mi gremio. Pero todo eso me valió rete harta madre cuando reparé en la fuerte lluvia y en qué no traía suéter.

Mientras los delegados intentaban dirimir minucias del siglo pasado a través de una lamentable votación aún más caduca que las ideas democráticas que dicen combatir, mis pensamientos se concentraron en las goteras que aparecieron en los plafones. ¡Vale madres, justo hoy! Amo las lluvias, pero no cuando cargo documentos del trabajo en una mochila sin nailon.

Tras un par de horas de ríspidos alegatos, mi compañera delegada me tomó de la mano y con evidente nerviosismo pregunto: ¿cómo me voy a ir? La respuesta se me dejó absorto pues repentinamente reparé que ella es quien trae automóvil. Dudé.

-Es que me da miedo manejar cuando llueve. Me pongo muy nerviosa.

En ese momento los nervios me llovieron a mí. Esperando que la lluvia amainara, pensé en decenas de posibilidades para no mojarme. Para nublar mi preocupación ocupé dos de mis sentidos en los asuntos generales que ya se leían.

Mi compañera me pidió manejar. ¿Acaso está mujer no sabe lo que me está pidiendo? Calculé en días y semanas el tiempo que llevo sin agarrar un carro por obligación. La última vez puse en riesgo la vida de todos aquellos que tuvieron la desdicha de cruzarse en mi camino. Al ver su carilla al borde del llanto, quise llorar también. "Dame las llaves." Y como cualquier pelagatos que no tiene la mínima intención de quedar mal, ajusté el asiento, acomodé el cinturón de seguridad, moví espejos laterales y retrovisor, calculé mis movimientos como si fuera un piloto aviador y encendí el motor. No acostumbro a santiguarme, pero si sugerirle al copiloto que, como parte de su seguro de vida, se haga la señal de la santa cruz. Una hora después dejé a mi compañera frente a casa de su hermana y yo me dispuse a recorrer un trayecto de media hora de regreso para poder abordar el transporte a casa. Hasta la copiosa llovizna se me olvidó.

Con un atraso de una hora abordé la combi hacia mi comunidad. Las señoritas que trabajan en Plaza Satélite inundaron de perfume el interior de la vagoneta mientras un hombre subió cargando dos panqués y un hermoso pastel que no omito decir, me hizo salivar.

Tal vez el pastel era un obsequio porque además de bonito y apetitoso, iba coronado con un moñito de dulce igual de antojable. Mientras escribía mensajes y repasaba los memes del día, de vez en cuando echaba una ojeada a esa torta que supuse rellena de frutas frescas y bañado en la cantidad de leches necesarias para darle el toque mágico. La desesperación en que nos sumió el tráfico hizo que pronto me olvidará de saborearlo, aunque reconozco que mis tripas ya fraguaban una protesta que no pasaba desapercibida para mí compañera de asiento.

Y entonces ocurrió: el hombre que cargaba los panqués y el pastel osó dormitar y en algún momento la reacción de su cuerpo lo hizo aflojar la mano derecha lo que generó que el pastel fuera a estrellarse contra el piso del vehículo. La reacción de todos fue un lastimoso "¡ah!" El hombre observó la consecuencia de su descuido y de inmediato intento limpiar el desaguisado. Mientras una mujer le ayudaba sosteniendo los panqués y otra le daba una bolsa, yo no podía dejar de lamentar el accidente.

Después de ese momento, todos en la combi (que no es combi, pero así le decimos) nos limitamos a observar la huella de crema, nueces y fruta que quedó en el piso, tal vez imaginando una mejor suerte para ese pastel de haber sido nosotros los responsables de su cuidado.

Ni modo.

La vida no siempre es justa y en casos como este es cuando creo en las palabras de mi abuelita cuando decía que no viéramos lo que no nos pertenecía, pues la envidia era más poderosa y siempre traía tragedias.

¿Qué hay más trágico que un pastel en el suelo a causa de una dormitada? Tal vez ustedes no lo entiendan, pero yo sí.

Sé que les vale madre, pero se los quería contar.



martes, 4 de enero de 2022

Roscas


De nuez, nata, de zarzamora con queso, crema de avellanas, gourmet (sea lo que eso signifique), la tradicional; con muñecos de plástico blancos, ahora también de colores, con el niño Jesús; con los personajes del nacimiento, con Baby Yoda, con los reyes magos y sus respectivos animales; de la panificadora del barrio, de la panificadora de cadena, de tienda departamental, de súper mercado, casera, la que revenden en el camellón…

El año comenzó y como se ha hecho costumbre en nuestra pobretona nación, una crisis económica nació con el 2022. Sin embargo, eso no es impedimento para que millones compatriotas se den un último gusto culinario y el próximo día 6 mantengan viva una de las tradiciones más hermosas: el convivio para partir y repartir la rosca de reyes.

Gustoso de las tradiciones y gozoso de la comida de temporada, aunque ahora se encuentre todo el año, decidí salir a buscar una rosca capaz de satisfacer mi gula. Mi primera parada fue en la panadería de los ricos, nombrada así por los vecinos de la colonia que hace años consideraron que el pan expedido en dicho local era costeable únicamente para quienes gozaban de cierto nivel adquisitivo. Si bien, con el tiempo y sabiendo que el negocio vislumbraba una muerte por abandono, los dueños del lugar decidieron bajar el precio del pan sacrificando la calidad de los insumos. Actualmente es la panadería más visitada de la comarca, pero una rosca familiar de $380, con los ingredientes tradicionales y sin un atractivo extra, invita a caminar un kilómetro más y buscar otras opciones.

Ansioso me dirigí hasta la zona que alberga los centros comerciales. Parece que se ponen de acuerdo. Rosca individual entre $40 y $70. Las pequeñas que se fraccionan en cuatro porciones entre $120 y $180, las medianas en $200 y las grandes arriba de los $350. ¿Qué privilegio tiene una rosca de reyes para tener ese costo? La inflación, me respondo de rebote. La temporada, corrijo para no sentirme un analista mamón de redes sociales y con ello agriar mi paseo.

En mi niñez me gustaba el 6 de enero más por la rosca que por los obsequios. Nunca faltó una buena porción acompañada de una taza de chocolate caliente. Entonces, además del área azucarada, la rosca tenía acitrón. Lo odiaba. Persiste mi sentimiento de culpa por no haberme comido jamás ese derivado de la bisnaga y que gracias a nuestras incorruptibles autoridades, hoy la PROFEPA tiene prohibido comerciar. Pienso entonces en los ingredientes actuales de una rosca. ¿A quién se le ocurrió rellenarla de nata? ¿Qué eso no era propio de las conchas? ¿Por qué de zarzamora con queso? ¿Qué no existen ya pasteles con esa horrible mezcla? ¿Por qué crema de avellanas? En una tienda departamental venden una rosca que anuncian como gourmet. Mi imaginación viaja hacia una galaxia insospechada. La imagino rellena de ingredientes que no se acoplan a mi paladar corriente, aunque también pienso en apenas unos gramos más de mantequilla, huevos de avestruz, nueces de la india, avellanas, piñones y algún dulce cristalizado derivado de alguna cactácea del desierto de Gobi. Mi curiosidad me lleva a investigar al respecto y me encuentro con que es un pan normal, con los ingredientes normales y cuyo precio es menor que el de las tiendas de cadena por todos conocidas.

Reparo que me encuentro cerca de dos panificadores de moda entre la pelagatancia aspiracional. Llego a la del Elefantito y por poco y muero de un infarto al miocardio. Pero en la restitución de mis signos vitales, observo que no soy el único sorprendido. Salí del lugar estudiando los rostros de las personas que, en un afán por distraer a las señoritas demostradoras, justificaban su visita al lugar con un amable: “vengo por bolillos”. Pasos más adelante y aún con la risa contenida, entré a la competencia. De otra era. Ahí no podía esperar más que poses y roscas que definitivamente compraría si careciera de neuronas. Sus innovaciones se limitan a ofrecer panes rellenos de nata y conejitos de chocolate. ¡Qué ingenio! ¿Ofrecerán una dosis de insulina en la compra de la rosca? ¡Ni pensarlo!

Sintiendo el fracaso en cada paso y pensando que lo mejor será sustituir la rosca anual por un par de conchas de chocolate, llevo mis despojos hacia mi hogar. En el camino veo una panificadora pequeña, de esas que hasta hace unos años llamábamos de chinos, pero que los años trajeron nuevamente a manos de una familia mexicana. En la vitrina se exhiben roscas de tres tamaños. El aroma invita a preguntar que ofrecen a cambio de los billetes de mi cartera. Tras recibir una pruebita, tradición que también se ha perdido con el pasar del tiempo, merco una tamaño familiar.

Dispuesto a comer un gran trozo acompañado de una taza de chocolate caliente, recuerdo que apenas es 3 de enero y que no he escrito mi carta a los santos reyes. Eso si es un sacrilegio. Abandono mi intención y me siento frente a la computadora:

 

¨Queridos Reyes Magos…”

 

Entonces recuerdo que no pensé en las deliciosas aberraciones de la rosca de tacos, la rosca de tortas y mi preferida: la chicharrosca de chicharrón norteño. Pero ahora tengo una encomienda importante y dejaré ese importante análisis socio-gastronómico para el siguiente año.

 

Nota final: Por favor, no compren roscas de más de quinientos pesos. No sean mamones.

sábado, 1 de enero de 2022

Una canción

Hace un par de semanas acudí a un brindis con La Jauría. Tenía meses sin salir por lo que fue la mejor oportunidad para atravesar la ciudad y convivir con mis hermanos borders. Además de la comida, la bebida y las pláticas, lo que más me gusta de estas reuniones es la música pues siempre existen posibilidades infinitas para descubrimientos. Esa noche conocí a Coven y a Warpaint. La dinámica para colocar canciones es simple: los convidados sugerimos una canción la cual suena de acuerdo con el orden en que nos acodamos en la mesa. Las sugerencias son grandiosas. Así, entre anécdotas relacionadas con la canción, las risas, el enojo o la sorpresa, el poeta Henry D. Luke sugirió One, de U2. Tiemblo cada vez que alguien me pregunta acerca de mis gustos musicales, ya que son reducidos y de gusto pormenorizado. Ante mi pasividad por la sugerencia, D. Luke fue directo: “¿Te gusta U2?” Tragué saliva y respondí.

U2 no gozó de mi gusto en mis mocedades, opinión que compartí con millones de coterráneos. Sencillamente no conecté con ellos y eso es suficiente para omitirlos en mis playlist y sugerencias musicales durante muchos años. Además, una de las canciones que siempre odié fue One. ¿La razón? No hay razón. Solo la odié.

*   *   *

A finales de 1992 realicé un viaje a San Luis Potosí. Para entretenerme en el autobús, hice una parada en el puesto de revistas. Entre otras, llevé un ejemplar de Conecte. En la portada aparece Axl Rose quien, en entrevista, menciona que le gusta escuchar música industrial y a U2. No recuerdo si elogia el álbum Achtung Baby, pero sí reconoce que One es una canción que le gusta mucho y que piensa escribirle una carta a Bono para agradecerle haberla escrito. A mí, reitero, me cagaba U2 y entonces también Axl cayó de mi gracia.

Años después cuando mis gustos musicales estaban más arraigados, aunque solía tener devaneos culposos esporádicos, una canción se clavó en mi gusto: Numb, tercera en la lista del álbum Zooropa, interpretada por The Edge. Tampoco tengo una razón que justifique ese gusto, pero suavizó mi postura hacia los irlandeses. Lo anterior se hizo patente hace unos años cuando, con la misma Jauría, disfruté algunas canciones de esa banda en el mítico Allende Red. ¡Qué buenos recuerdos de aquella noche!

*   *   *

Por alguna circunstancia mi mañana transcurre con una playlist cortesía de Bono y sus muchachos. No sé cómo ocurrió, pero aquí estoy, repitiendo algunas canciones a las que hoy otorgo un justo valor. Además de Sunday bloody sunday, he repetido One incansablemente. Quince veces al momento de escribir estas líneas.

Me es imposible borrar la imagen de Henry D. Luke e Israel Miranda cantando:


"Have you come here for forgiveness?
Have you come to raise the dead?
Have you come here to play Jesus?
To the lepers in your head…"

Uno de mis mayores defectos consiste en prejuzgar todo. Eso me ha impedido disfrutar ciertos placeres cuando debí hacerlo. Sin embargo, he llegado a una edad donde me tomo las cosas más ligeras y antes de negarme a algo, hago una pausa para darle una oportunidad. Observo las caras de Braulio, Sara, Fausto y Rocío. Observo a Rodrigo y Elizabeth, y regreso hasta donde Henry e Israel sentencian:

"You say love is a temple, love a higher law
Love is a temple, love the higher law
You ask me to enter but then you make me crawl
And I can't be holdin' on to what you got
When all you got is hurt…"

Transcurro por una etapa en la que únicamente deseo paz, tranquilidad y goce por la vida. Este año dejé ir a personas en las que sombré mis expectativas. Fracasé notablemente en aspectos que consideré vitales para mi futuro. Desafortunadamente, no soy quien tiene la última palabra y tuve que liberar. Decido que One será parte de mi soundrtrack en 2022 y una vez más agradezco a la vida ponerme en la misma mesa con mis hermanos borders.

Pienso escribirle una carta a Bono para agradecerle por esa canción y una más a Axl ofreciéndole una disculpa.

Sé que les vale madres, pero se los quería contar.




A mis hermanos Borders, con cariño: Israel, Sara, Lorena, Fausto, 
Rodrigo, Rocío, Henry, Braulio, Sergio, Elizabeth, Julio y Aleida...

sábado, 27 de noviembre de 2021

Almudena Grandes, la mujer que cambió mi vida

 

Ingresé a la universidad devorando best sellers y lecturas menores. Me ahorro los ejemplos más por culpa que por vergüenza. Mi biblioteca no conocía a Bukowski, ni Burroughs y no tenía un solo libro de poesía o ensayo. A decir verdad, el noventa por ciento de esa biblioteca se componía de materiales escolares. Por esa razón, en septiembre de 1998, ingresé a la librería de la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán con la finalidad de conseguir una antología de textos sociológicos que urgía para reforzar las lecciones de la materia. La antología verde, conocida por todos los estudiantes de pedagogía, era un material fácil de conseguir. Del costo, ni hablar pues luego de pagarla me percaté que me sobraba algo de dinero. Decidí recorrer las mesas tratando de encontrar algo diferente. En pocos minutos un libro llamó mi atención: Las Edades de Lulú. Esa tarde comencé un hábito que hasta la fecha conservo: aprovechar los viajes en transporte público para leer. La historia hizo una explosión en mi cabeza y pronto me dediqué a buscar historias similares.

Afortunadamente los pasillos de la universidad permiten interactuar con personajes que pueden darle vuelcos a la existencia y fue gracias a uno de ellos que conocí los libros de la colección La Sonrisa Vertical. Gracias a esa colección comencé a escribir mis primeros relatos, uno de ellos derivó en la historia Mariana en las rocas que en 2003 me permitió recibir la invitación del editor de PalabrasMalditas.net para colaborar mensualmente con una columna. Coitidianidades surgió con la idea de escribir historias eróticas. Al hacerlo siempre tuve en cuenta los pasajes de la novela de Grandes.

La vida es una broma que te coloca en los lugares y con las personas adecuadas. A mediados del año 2004 había leído muchos títulos de la colección erótica de Tusquets. Sin embargo, me faltaba leer una buena parte que me resultó imposible conseguir. A pesar de esas limitaciones me aventuré a redactar un texto extenso acerca de La Sonrisa Vertical que al final generó una controversia y un amable reclamo por parte de Dante Bertini, autor El hombre de sus sueños y Salvajes mimosas. Esa anécdota provocó que la editorial Tusquets me enviara algunos libros que sirvieron para completar mi colección.

Con el paso de los años abandoné mi obsesión por publicar en dicha colección y a cambio me conformé con ver mi texto como única referencia de La Sonrisa Vertical en Wikipedia. También, con el paso de los años, abandoné la idea de hacerle llegar una carta a Almudena Grandes en donde pretendía compartirle esta anécdota que para mí tiene enorme importancia por la forma en que cambié mis gustos literarios y mis inicios en la escritura. También esa idea me pareció intrascendente.

Hoy me entero que Almudena Grandes, también autora de Atlas de geografía humana (1998), Inés y la alegría (2010) y La madre de Frankenstein (2020), entre otros libros, ha fallecido. El cáncer terminó con ella.

No puedo evitar sentir cierta tristeza al enterarme de la noticia. A Almudena Grandes le debo mi gusto por la literatura para leerse con una sola mano.

Descanse en paz.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Crónicas en la Sputnik Dos

A principios de mes encontré que mi libro Crónicas pestilentes fue reseñado en la revista Sputnik Dos, gracias a la mano privilegiada de Ivanna Martínez.
Échenle un lente y anímense a comprar un ejemplar. Van: Sputnik dos



miércoles, 1 de septiembre de 2021

Ansiedad

 

No sé definir qué es un día normal, pero lo asocio con despertar temprano y dar vueltas en la cama durante unos minutos antes de saltar directo a darme una ducha. No sé qué tan normal es tomar un desayuno como si fuera la comida y después salir a trabajar durante las siguientes diez horas. He repetido esa rutina los últimos 25 años, con excepción de las temporadas de vacaciones y para mí no hay nada extraordinario. Vivir implica estar satisfecho con lo que se hace, no tener sobresaltos y cubrir todas las necesidades básicas sin tener que tronarse los dedos. Apegado a esas premisas, mi vida es simple y normal. 

Mientras lo pienso, observo el reloj. Son las 3.00 a.m. Visualizo bosques y pajaritos, como lo sugirió Johana, y hago ejercicios de respiración como lo aprendí en terapia. Nunca he logrado poner la mente en blanco y cada que lo intento pasan todo tipo de imágenes que forman un collage. Soy géminis, me exculpo, mientras me enrollo una mantita en la cabeza como si se tratara de un turbante. El turbante ha sido la solución más práctica para quedarme dormido en momentos como este. Tal vez se trate de figuraciones personales, pero pienso que la mantita impide que mi sueño se escabulla por la ventana. No sé qué factores intervengan, pero ese calorcito atrapado me genera sopor y en consecuencia sueño. Ocurre lo mismo en temporadas de calor, en mayo o junio cuando las temperaturas hacen que la gente tenga sueño cuando se alcanzan los 31 grados.

Con la pandemia mis hábitos más elementales y en los que depositaba mi mayor disciplina se fueron al carajo. Dejé de caminar, de estirar mi cuerpo y de comer a mis horas. A cambio vinieron días enteros sentado frente a tres dispositivos electrónicos diferentes, encerrado en un espacio de 9 metros cuadrados, atendiendo a personas a quienes únicamente les conocía la voz y la foto de perfil. No importaba si dormía tarde o si se me interrumpía el sueño a las 3:00 a.m., la mayoría de las veces encendía la televisión para ver una película con la certeza que al otro día podía cumplir con mi trabajo aún en la cama. Poco a poco se me fueron desarrollando otras costumbres a las que no puse atención pues lo que inicialmente pintaba para ser una cuarentena se fue extendiendo hasta consolidar una nueva normalidad de la que todavía muchos no hemos logrado salir.

En un día normal solía cubrir rutinas casi inquebrantables y eso hablaba de la persona que solía ser. A veces hacia pausas procurando no alterar lo programado. Un día podía salirme temprano del trabajo para sentarme unos minutos en la banca del parque a ver a los niños jugar. Otro, no tenía empacho en meterme a una cantina a beber un par de cervezas mientras bromeaba con la mesera. Solía bajarme del camión un par de kilómetros antes y caminar hasta mi casa con la finalidad de cansarme un poco. De paso, compraba el pan o un pastel para compartir con mi familia. En un día normal podía llegar a casa a disfrutar de una whisky mientras leía un libro o escuchaba un compac disc. Si por alguna razón estaba enganchado con una serie o una telenovela, me apostaba frente a la pantalla en el horario convenido. En un día normal no se piensa que hay lobos acechándote y que esperan un descuido para lanzarse y hacerte presa.

Para mí los días normales no terminaron con la pandemia sino años antes cuando no le hice caso a las señales que daba mi cuerpo. ¿Qué puede tener de malo despertar con el sabor a moneda en la boca? Al final te acostumbras e incluso aprendes cómo confundir ese sabor por uno dulce o agrio. ¿Qué puede tener de malo presentar moretones en el cuerpo si al final terminan por desaparecer sin aplicarles remedio alguno? Al decirlo, recuerdo la cantidad de veces que afirmé que se me subía la muerta y me hacía chupetones mientras notaba la incredulidad y risas de quienes veían las marcas en el cuerpo. Nunca puse atención a esas señales que no tenían origen paranormal.

No sabía de días anormales hasta la primera vez que me desconecté del mundo. Había pasado mi cumpleaños y aún quedaban algunos festejos y brindis pendientes. Aquella tarde de junio de 2019 decidí salirme temprano del trabajo y encontrarme con Susana en el único bar que ella conoce: el Héctor & Joe. Como cada año, desde hacía cuando menos quince, nos abrazamos, recibí mi obsequio, nos pusimos al tanto de nuestras vidas y brindamos por el futuro. Aquella tarde reímos y hasta nos tomamos algunas selfies. Hasta entonces todo transcurrió de acuerdo con lo planeado, incluso su tradicional, previsible e intempestiva huida. El reloj marcaba las 4:00 de la tarde y apenas le daría tiempo de regresar a su realidad. Despedí a Su entre bromas mientras pedía un par de tragos para mí. En algún momento comencé a sentirme mal, pedí la cuenta y salí del bar. Desde ahí sólo recuerdo episodios aislados y sin saber cómo llegué a casa, desperté hasta el siguiente día golpeado por una mirada inquisidora que me recriminaba la borrachera del día anterior. Concluí que la urgencia con la que tomé los tragos y tal vez alguna bebida adulterada habían ocasionado tremendo black out.

Lo único cierto es que un desconecte similar ocurrió un par de meses después, en agosto, mientras me encontraba trabajando. Cuando desperté me encontraba en mi casa, padeciendo la sacudida que genera una fiebre superior a los 40 grados. La tercera vez que experimente aquella sensación fue en noviembre. Al black out y la fiebre se sumó un dolor de huesos. Los médicos concluyeron que se trataba de un resfriado. Nada de qué preocuparse. En enero del siguiente año vino un nuevo apagón de mi cuerpo. En esta ocasión fue necesario recurrir al médico. La cosa se puso seria pues ya no se trataba de un resfriado. Concluyeron que era agotamiento físico y estrés. 

A pesar de las circunstancias he forzado que mis días sigan siendo normales, sin embargo, sé que esa normalidad no existe más. Despertar diariamente, a la misma hora, con la playera y la sábana mojadas profusamente por el sudor, está fuera de lo común.

Ahora sé que mi cuerpo encontró alteraciones que se manifestaron desde la infancia, pero que nadie atendió. Ni yo. Las personas procuran normalizar aquello que ocurre con frecuencia, incluidas las alteraciones de salud. Nadie piensa en que existen lobos acechando y esperan un mínimo descuido para lanzarse y hacerte presa. Es entonces que nos vemos forzados a hacer una pausa para entender que nuestro cuerpo carga con esos lobos que te están mullendo la energía mientras te carcomen los huesos, los músculos y los tendones, al tiempo que te engrosan la sangre. Es complicado aceptar que somos la consecuencia de un sinfín de omisiones y que esa es la diferencia entre acercarse de a poco al infierno o asirse a una vida normal, sin contratiempos, haciendo de la vida algo simple y normal.

Esta noche ha desaparecido la incertidumbre de no saber qué me pasaba. He abandonado el miedo generado por la especulación y por las historias del pasado. Ahora sé que estoy descompuesto y los padecimientos que me aquejan no son cosa menor. Desafortunadamente, entre el deseo por dejar todo atrás y las ganas de incorporarme a mi vieja realidad, la ansiedad me impide hacer las cosas como las deseo.

Y ya que decidí no tratar este tema con quienes no se encuentren dispuestos a apoyarme, tal vez lo mejor sea escribirlo, pero ahora ya casi son las 6:00 de la mañana y necesito dormir un poco antes de ir a trabajar.

martes, 3 de agosto de 2021

Miedo

 

Busca entre docenas de hojas mientras yo intento descifrar su mirada. Su expresión es compleja, aunque las arrugas que coronan sus ojos y cortan su frente me hacen pensar en miles de noticias que posiblemente han salido de su boca para alivio o desgracia de quienes se ven obligados a desfilar frente a ella. Reparo en mi corazón. Palpita acelerado. Si contengo la respiración, mi corazón parece detenerse. Juego con esa sensación un par de veces. El sudor que brota de mi cabeza resbala por mi frente. Siento algunas gotas que caen pesadamente. No hace calor, al contrario, el clima dentro del consultorio es tan frío como la sensación que me nace en la nuca y me invade la espalda.

He vivido esta escena antes. ¿Seis veces? Nueve, me corrijo mientras hago un recuento de las personas que me han recomendado un médico muy bueno. “Cobra caro, pero es muy bueno”, advierten para malestar de mi bolsillo que cada vez que escucha esa frase exige que esta vez el médico sea sincero y reconozca su incapacidad de descifrar lo que ve en el historial médico. A cambio, me he acostumbrado a que formulen posibilidades cuyos porcentajes de exactitud aumentan o disminuyen en la medida que mi cuenta de ahorros se extingue. Pero aquí estoy de nuevo, estoico, con la respiración contenida una vez más.

 

Conozco otra escena que también he vivido nueve ocasiones anteriores: la persona que se encuentra frente a mí y que ostenta una especialidad en alguna área médica, se echa para atrás, llena sus pulmones de aire, lo contiene, resopla dramáticamente y tras un silencio breve que a mí me parece de mil años, comienza un sermón lleno de incertidumbre. Es en ese momento que mi mente se convierte en una cámara de luz blanca que ofusca todo pensamiento.

    *     *     *

“Estás muy flaco”, escucho por enésima ocasión. Últimamente me he vuelto partidario del silencio de las personas frente a lo evidente. Si vas a decir lo que el otro ya sabe, calla. Hay cosas que a nadie le gusta escuchar y la razón es simple: todo comentario obliga a una explicación y a veces, a los aludidos, no les apetece explicar. Así que aprende una regla: frente a lo evidente, calla. ¨La dieta”, respondo mientras esbozo una sonrisa que me sale muy bien. Con ella he aprendido a evadir toda posible realidad.

Pero es cierto, en los últimos meses he reparado en un repentino adelgazamiento que me hizo bajar más de veinte kilos. Lo anterior, sumado al cansancio y a las imperiosas ganas de dormir, me llevaron a realizar estudios básicos que no arrojaron lo que en estos casos es evidente para alguien cuya dieta y hábitos sedentarios son terribles.

Nadie, en cambio, sabe que mi cuerpo lleva experimentando fiebres repentinas y dolor de huesos que, con el paso del tiempo, me impiden siquiera cambiar de posición al dormir. Le confié eso a quienes inicialmente se mostraron interesados en ayudarme y al final terminé por arrepentirme. Los humanos gozamos de una confianza que nos lega una supina autoridad para emitir juicios que otros tenemos que atender como diagnósticos. Si alguien sabe lo que es el dolor de huesos podría también entender que las frases de dominio popular no alivian, al contrario, fatigan.

*     *     *

Por novena ocasión salgo del consultorio con más pesar que alivio. Hago cálculos acerca de los gastos y del tiempo que me llevó ahorrar la cantidad de dinero que estoy por gastar. Podría invertirlo en un viaje o un carro nuevo.

Pensar en una enfermedad es un obstáculo que paraliza. No importa que la vida te ponga distractores, los escenarios pasan por tu mente de forma continua mientras las posibilidades para un final feliz se ven opacadas por un final fatídico. Casi nadie quiere morirse. Todos, al final, poseemos un instinto de supervivencia que nos orilla a buscar el origen de lo que nos está afectando. Si la situación se agrava hay quien peleará. Si alguien decide rendirse cuando menos estará satisfecho de saber qué es lo que va a matarlo.

Pienso en eso mientras observo a un grupo de jóvenes que se divierten con el agua sucia de una fuente. Algunos de ellos seguramente presentarán sarpullido en algunas horas. Otros tendrán fiebre y diarrea. La mayoría seguramente fortalecerá su sistema inmunológico y ya tendrá tiempo de burlarse de quienes no tuvieron mejor suerte. Pienso en lo que aqueja a mi cuerpo mientras intento ponerme de pie para continuar mi camino.

La doctora fue muy clara y ni siquiera me atrevo a pronunciar las seis letras de su diagnóstico como si con ello bastara para alejar su mal agüero. Una sensación de frío que me nace en la nuca y se riega por toda la espalda como si se tratara de un latigazo eléctrico, me invade. Es el miedo y así lo manifiesta mi cuerpo como una forma de resistencia a lo que acabo de escuchar.

Un par de lagrimones me resbalan por las mejillas, pero tengo esperanzas. “Hay gente que está peor que yo”, pienso mientras decido que no hablaré de esto con nadie. Será lo mejor.

jueves, 15 de julio de 2021

Incertidumbre

 

En mayo de 1957 el padre de Manuel agonizaba en una habitación de la casa materna. Cuando se supo que Antero había caído en cama, la familia entera se volcó a su casa de la misma forma en que otrora lo hicieran para alguna celebración. La diferencia era el ánimo. La tensión reinaba en las habitaciones y pasillos de la casona situada a un par de kilómetros de la costa guerrerense. Tal parecía que todos estaban esperando a la muerte. Durante las primeras horas, las oraciones fueron dichas en silencio y de forma individual, pero conforme pasaron las horas las plegarías adquirieron una sola voz, una muy tétrica que se transformó en llanto.

El médico familiar, Don Pedro Amonario, no había logrado realizar un diagnóstico exacto del mal que terminó con la vida de Antero. “Achaques de la edad”, dijo mientras Manuel observó como todos movieron la cabeza afirmativamente aprobando las palabras del médico.

Antero recién había cumplido 43 años.

*   *   *

Veintiséis años después, pero en el mes septiembre, Manuel recordó el día que Antero murió. El Hospital General La raza se había convertido en su segundo hogar. Tenía más de setenta días internado y la opción de permanecer otros treinta se mostraba cada vez más latente.

Para entonces se había acostumbrado a los humores que dejan las malas noticias, al llanto de quienes con sus lágrimas pretenden aferrarse a la vida unas horas o unos días. Algo en su interior lo volvió inmune a la desesperación que embarga a aquellos que se saben desahuciados. A diferencia de su padre, él a sus 42 años sabía muy bien qué era aquello que le estaba maltratando el cuerpo, pero también a diferencia de su padre, sabía que no había medicina que pudiera salvarlo de la muerte. La única posibilidad consistía en prolongar su vida unas semanas o unos meses.

A Manuel no le gustaba el hospital. Hubiera preferido pasar sus últimos días en la casa de Antero, sintiendo el calor de la costa, rodeado de familiares y amigos que pasarían a saludarlo diariamente. Sabía que su esposa, sus hijas y sus dos hermanos se turnaban para no abandonarlo, que estaban abajo pendientes de los partes médicos y las horas de visita, sin embargo, le aquejaba saberlos desprotegidos, cansados, fastidiados de una rutina que les había trastocado la vida. A veces sus hermanos faltaban al trabajo y sus hijas no iban a la escuela.

En los momentos más pesimistas, Manuel imaginaba cómo sería la vida sin él. No le gustaba, pero prefería que todo terminara y sus seres queridos pudieran regresar a su vida normal.

*   *   *

Apelo a mi memoria para recordar el día en que murió el abuelo Manuel, a quien no conocí. Ese día fue poco más que desastroso en la escuela pues estuve más distraído de lo normal, me gané varios cincos en los cuadernos, e incluso, peleé a golpes con un compañero en el recreo. A diferencia de otras ocasiones no hubo regaños, ni castigos. “Parece que lo sintió”, confió mi madre a mi tía casi en secreto, mientras la ponía al tanto de lo ocurrido el día anterior. Recuerdo aquella escena mientras espero una nueva ronda de estudios. Me observo al espejo y me centro en mi rostro luego en mi cuerpo disminuido. Es el reflejo de lo que siento: fastidio y cansancio.

Decir que todo comenzó con la vacuna CanSino, que recibí en días pasados, sería falso. En realidad, comenzó en marzo o abril de 2019 cuando una extraña fiebre me atacó de forma sorpresiva hasta hacerme perder el conocimiento. Ocurrió en el trabajo y cuando desperté me encontraba en casa, en mi cama. No supe cómo llegué, pero las versiones coinciden en que lo hice por mi propio pie. La segunda vez ocurrió en junio, días después de mi cumpleaños. Luego en septiembre y noviembre del mismo año y en enero del 2020. En abril y mayo de ese año, las fiebres se hicieron constantes, una o dos veces a la semana, hasta llegar al 3 de mayo. Esta ocasión resultó preocupante porque tuvieron que llevarme al hospital de donde no me dejaron salir por varios días. Por esos días todo lo que le aquejaba a una persona se traducía en coronavirus, así que el primer ingreso fue al área covid aunque horas después y poco antes de intubarme, los médicos tuvieron que corregir.

Siguiendo la misma suerte que Antero, los médicos no lograban ponerse de acuerdo para determinar qué ocurría dentro de mi cuerpo. Alguno dijo que me estaba atacando una bacteria, pero no fue capaz de descubrir cuál y como consecuencia me hizo gastar una buena suma de dinero en estudios y medicamentos. Otra dijo que era algo que comía y me hacía mal al estómago. Me envió con una nutrióloga que me enseñó a comer. Por un tiempo su hipótesis resultó cierta y únicamente consiguió que se me antojara más la mala comida. Quienes no eran médicos le atribuyeron mis males a asuntos relacionados con el alma e insistieron en curaciones alternativas. Lo cierto es que nada funcionaba. Mi cuerpo manifestaba un malestar que no tenía un origen concreto.

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¿Qué es lo peor que puede ocurrirle a una persona cuando enferma y no sabe de qué? La incertidumbre.

¿Qué es lo peor que puede pasarle a una persona cuando le informan qué provoca sus males? El miedo.

¿Qué es lo peor que puede sentir a una persona cuando tiene que iniciar un tratamiento? La ansiedad.

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Existen enfermedades que a pesar de ser tratables nadie quiere tener. Las mismas palabras con que se definen suelen callarse a veces por miedo y otras por vergüenza. En mi caso, decidí callar para no provocar lástima. Las pocas personas que lo supieron no alcanzaron a entenderlo. Lo cierto es que el significado de algunas palabras es sinónimo de muerte y por eso las evitamos, como si con ello alejáramos cierto karma.

Manuel murió de cáncer en octubre de 1982 mientras que Antero, su padre, falleció en mayo de 1957. Aunque el médico del pueblo, el Dr. Amonario, nunca pudo determinar qué era aquello que lo estaba matando de forma lenta y dolorosa, en las reuniones familiares que sus nietos realizaron años después, se llegó a esa conclusión.

Pienso en eso mientras entiendo de qué se trata una MRI, término que ni Antero ni Manuel conocieron. Tal vez fue mejor que no lo supieran. Ahora, la incertidumbre y el miedo me invaden y únicamente repito frases a manera de mantras que me ayuden a ahuyentar la mala vibra o a hacer menos pesado el futuro.

Pienso en que no quiero dar molestias a nadie, ni orillar a las personas a que finjan un cariño que no sienten. Prefiero que la vida siga su curso y que únicamente sea yo quien transite por esta experiencia. No quiero depender de nadie. Lo peor que podría pasarme es que las personas me miren con lástima, eso lo tengo claro. Aún estoy lejos de entender qué es lo que he cultivado a lo largo de varios años y sólo puedo prepararme para esa recibir esa sorpresa.

Cierro los ojos y aprieto los puños. Todo se torna blanco. Se siente el miedo.

Es inevitable sentir un par de lagrimones resbalando por mi cara mientras pienso en dónde y con quién me gustaría estar ahora.

viernes, 19 de febrero de 2021

LAS TURBIAS PROFUNDIDADES DEL PASADO*


El tiempo no es sino la corriente

en la que estoy pescando.
Henry David Thoreau


El presente es la balsa a la que nos aferramos para no naufragar, igual que el silencio, pero es frágil, casi cualquier cosa puede perturbarlo, el voluptuoso aroma que nos lleva a los rincones de la inocencia perdida, la melodía salvaje que nos retorna a nuestras tardes de euforia y éxtasis, el ardoroso licor que nos recuerda el suave tacto de unos labios trasnochados y, de pronto, uno se encuentra sumergido en las aguas sempiternas del tiempo, donde los rostros de antaño se desdibujan o se confunden con los de ahora, donde las amistades se incineran junto con todos los cigarrillos arrojados a las callejas del mundo, donde el amor, aunque muchas veces ido, permanece, porque siempre es el mismo, el propio. Entonces, caemos en cuenta de que no hemos desperdiciado el tiempo, pues lo hemos colmado de experiencias insólitas, promesas incumplidas, actos fallidos, fracasos hilarantes y vida, torpe, trastabillante y desquiciada vida.


Héctor A. Ortega, como buen adicto al peligro y absolutamente inconsciente de sus consecuencias, se zambulle en las turbias profundidades del pasado para pescar, armado únicamente con el arpón de su ingenio y desgarbada escritura, una docena de crónicas pestilentes, directas, bragadas y, de tan oscuras, luminosas. El autor nos entrega, sin edulcorantes ni falsos heroísmos, una paradójica colección de los más variados hedores que pueden destilarse de los tiempos ya idos. Así, encontramos entre las líneas de este libro, el primero de Héctor, olores que van desde el penetrante y empalagoso perfume del amor adolescente, hasta el tufo a garnachas y fritangas de las oficinas de gobierno; los penetrantes efluvios del trasporte público y las cantinas del bajo mundo, hasta la deliciosa emanación que proviene de la lencería de la vecina acomedida. No pueden faltar, porque así nos ha sucedido a todos o, por lo menos, a todos los canallas irredentos, la lúbrica emanación emergida del incienso y el sexo de ocasión en día de muertos, o la pestilente culpa que le sobreviene a las fechorías de la pubertad. En fin, que tiene entre sus manos, amable lector, un buen conjunto de relatos de lectura ágil y ligera, que lo remontarán a sus tiempos de escolapio con problemas de acné y actitud, lo llevarán sin pudor a su primer trabajo mal pagado, el cual desempeñaba con absoluta incompetencia, y a su primer matrimonio, sí, ese del que preferiría no guardar memoria alguna y que se encargó de arruinar tan eficazmente. Adéntrese, pues, sin reservas, a esta colección de textos sucios, mal portados y tremendamente divertidos.


Conozco a Ortega desde hace varios años, veinte para ser inexactos, y ya escribía recio, así que me sorprende mucho que este sea su primer libro, el primero de muchos, espero, pero igualmente me emociona que por fin, mi muy querido y entrañable amigo, se haya animado a publicar en solitario. Eso es de celebrarse, y en tiempos como estos, más. Siempre he dicho que la escritura no es para cobardes, así que no esperaba menos de mi amigo, pues si algo le conozco, es su ánimo, su cinismo y su arrojo a prueba de todo.


Enhorabuena, Héctor, por tu ópera prima, y muchas gracias por otorgarme el grandísimo honor de escribir esta breve presentación. Sólo nos resta disfrutar de tu obra, y brindar por la amistad y la vida.


R. Israel Miranda Salas

Iztapalapa, CDMX. 2021 *Prólogo del libro Crónicas pestilentes.