La urgencia apremia. Caminamos por una calle peatonal que, a esa hora, se encontraba desierta. Medité: es la primera vez que paso por aquí de noche y el contraste con los días es abismal. No era tan tarde, preciso. Las 9:15 de la noche. Encontré una ventaja en esa ausencia de gente: mi acompañante y yo podríamos entrar al hotel sin cargar las miradas morbosas de las personas que suelen transitar frente al Castello a todas horas y de paso, toparme con algún conocido que delatara mi visita a aquel sitio ubicado a un par de calles de mi centro de trabajo.
Al doblar la esquina nos percatamos que una camioneta se estacionó en la entrada peatonal del hotel. De ella descendió una mujer portando un abrigo que la cubría de forma elegante.
- Buenas noches, expresó con amabilidad mirando a mi compañera mientras, a un par de metros, un hombre bajaba tres maletas que se percibían pesadas. Más por prudencia que por falta de tacto, respondimos su saludo y seguimos nuestro camino a la entrada. Me llamaron la atención un par de tripiés que el hombre comenzó a bajar de la camioneta.
- ¿Qué ves?
- Nada.
Al cruzar la puerta nos encontramos un mar de gente en el lobby. Evité hacer mi clásico vistazo de reconocimiento y a cambio rogué que entre los presentes no hubiera algún conocido que pudiera delatar mi visita a aquel sitio. El cazador de historias soy yo, pensé. Haciendo gala de un dominio total de la situación, ubiqué a mi pareja en un extremo de la sala mientras yo me enfilé a la recepción.
- ¡Buenas noches! Quiero una habitación.
- Son $480 por seis horas. $600 con jacuzzi por cinco horas– dijo sin despegar la mirada de su teléfono celular.
- Salimos mañana– aclaré mientras sacaba la billetera, dispuesto a pagar el excedente.
- Las estancias completas se registran a partir las 9:30– aclaró señalando el reloj de pared frente a ella y sin despegar la mirada del maldito teléfono celular. Eran las 9:22. Tal vez notó algo en mi cara y aclaró: pregunte quién es el último y fórmese. Acto seguido, volteó a verme esbozando una sonrisa que consideré burlona.
Aquella conversación, sin duda, formaba parte de un script que aquella mujer había repetido durante (calculé la cantidad de personas en el lobby) cuarenta veces, en los últimos minutos. Mientras regresaba con mi compañera noté la risita burlona de algunos de los presentes. Regresé la cortesía con otra sonrisa sintiendo un poco de coraje y embargado por una pizca de alegría, me paré en medio de toda la multitud y con voz decidida me dirigí a todos:
- ¡Buenas noches! ¿Quién es el último para coger?
La multitud estalló en risas y mientras un hombre chaparrito levantaba tímidamente la mano, yo me dirigí a mi acompañante, que festejaba mi ocurrencia riendo a carcajadas. Al final, la tensión se rompió y la chica de la recepción (al parecer) hizo una excepción y comenzó a registrar los ingresos faltando siete minutos para las 9:30 de la noche.
Con la llave de la habitación 216 en mano, mi acompañante y yo nos enfilamos al elevador, donde la mujer del abrigo festejó nuevamente la ocurrencia. Agradecimos con sonrisas y antes de cerrarse la puerta, la mujer lanzó un beso al aire. Sabíamos a quién estaba dirigido aquel detalle, pero ni Koala y yo quisimos platicar del tema esa noche. Teníamos mucho por hacer.


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