En algún rincón de mi memoria guardo el momento en que te platiqué de este libro. Puedo asegurar que fue el día de la cita azul y también, estoy seguro, que acaparé tu atención hablándote de su autor, sus libros y un montón de historias que no sé de dónde salen. Recuerdo que encontramos el ejemplar con la historia del gel azul, pero no la del estruendo. Al parecer era un libro agotado. Tiempo después pasamos a una librería y tampoco lo tenían. Me resigné porque he aprendido que el tiempo es más sabio que las ganas y que un día, sin saber cuándo lo iba a encontrar.
Y así pasó. Uno o dos años después, decidimos refugiarnos de la lluvia. Me propusiste entrar a una librería y bobear en los anaqueles. Dijiste que días antes buscaste un obsequio por mi cumpleaños, pero no lo habías encontrado. Guardé silencio para no pensar y a cambio propusiste que preguntara por el del estruendo. Minutos después el ejemplar estaba en mis manos. Me hiciste muy feliz.
Aquella noche no dormí, pero a diferencia de otras noches, terminé de leerlo al alba. Cuando lo cerré pensé en ti, en lo feliz que me hiciste y en las ganas de platicarte de él apenas te volviera a ver, pero eso no pasó.
Ahora, acostado en el sillón, viendo hacia el techo, pienso en cómo algo tan añorado me produce tanto dolor y siento cómo el estruendo de tu silencio me parte en dos.

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