Hay libros que añoras, que deseas tener en tus manos. Esa ambición te recuerda cuando deseabas un juguete en la infancia. Pensabas tenerlo en tus manos, palparlo, olerlo, jugarlo. Lo cuidabas un tiempo antes de convertirlo en uno más. Igual con los libros. Los piensas en tus manos. Imaginas el aroma de la tinta y el papel hasta saciarte. Cierras los ojos para verte leyéndolo, descubriendo las historias que guarda entre sus páginas. Y lo mantienes un tiempo pegado a ti. Lo llevas contigo, lo sacas a la menor provocación. Regresas sus páginas para reafirmar lo que has leído y seguir hasta que lo terminas. Después, lo dejarás en algún rincón hasta que, igual que pasó con los juguetes, lo lleves a donde lo esperan otros más. A veces para nunca volverlo a hojear, para convertirlo en un recuerdo.
Hay libros que añoras. Libros que consigues después de un tiempo. Libros que te empeñas en conseguir y cuando los tienes, los palpas; inhalas el aroma de la tinta y el papel antes de abrirlos y comenzar la primera línea. Libros que te hacen olvidar que afuera existe un mundo que te exige salir.
También hay libros que duelen. Libros cuya historia no tiene nada que ver con lo que su autor escribió. Libros que te recuerdan el momento en que lo viste en el estante y el dejo de felicidad que compartiste con la persona que te acompañaba. En ese momento entiendes que ese libro no será igual a los otros que reposan en tu librero porque por sí mismo tiene un significado especial. Y ese ejemplar es el que más añoras aunque ni siquiera lo hayas abierto. Lo quieres porque te recuerda un momento, a una persona. Pero por una extraña razón, duele. Y te pesa retirarle el celofán porque evoca cuando en la soledad de una habitación, le despojabas de la ropa. Y evitas olerlo porque recuerdas cuando su perfume te inundaba sutilmente las fosas nasales mientras la suavidad de las hojas te hace sentir nuevamente su piel. Hay libros que sin haber leído te recordarán las palabras que se decían mientras desnudos reposaban el frenesí de un orgasmo.
Hay libros que es imposible leer porque no hay concentración que calme los sofocos de los recuerdos. Porque te hacen pensar en esa persona que se esfumó repentinamente y que hoy no sabes si ese adiós es parte de un sueño o te aterriza en una horrible realidad. En el vacío, en la soledad, en la tristeza, en la rabia, en el dolor.
Hay libros que sin leerlos, te cuentan otra historia. Una que te rompe, que duele.

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