Quienes conocen el centro de Naucalpan, saben que en San Bartolo hay un puesto de comida muy famoso: los tamales fritos del módulo. Se trata de un puestito atendido por un gordo, calvo, cuyo ojo alegre va y viene atento a todo lo que se mueve.
Hoy decidí desayunar ahí. Sé que llevo tres semanas en las que he descuidado mi dieta y en las que he sumado dos borracheras que no le hacen nada bien a mi organismo. Llamo a esos descuidos licencias culinarias. Nada que seis meses de comida balanceada y ejercicio no logren compensar.
Me acerco al puesto y veo que el Gordo está sentado en un banquito. Sobre sus piernas está su novia, una buenona cuyas caderas, cintura y tetas, mueven a preguntar: ¿qué le vio a este cabrón? De inmediato formulo dos hipótesis: la primera, el gordo siempre usa mandil a cuadros y si las teorías no fallan, sus tamales deben tener el sabor de cualquier señora reina de cocina; dos, el billete que ese hombre gana en una mañana debe ser suficiente para mantenerle los gustos a la mujer que, evidentemente, no son pocos ni baratos. Además, ¿quién con gusto elemental tendría la intención de quitarle a semejante esperpento?
— ¿Todavía tiene, patrón? — pregunto mientras veo a seis o siete sujetos degustando sus tamales.
— Verdes y de mole, mi jefe.
— un verde, para empezar...
— ¿Café, champurrado o atole de arroz?
— Champurrado
Muy a su pesar, el Gordo levanta a su novia. Ella sonríe pícara y coqueta. Sin excepción, todos respondemos con otra sonrisa y una miroleada mientras el gordo, de inmediato, le da una nalgada marcando el territorio.
Los tamales están buenos. No importa que hayan sido sumergidos en una cazuela con manteca, el sabor es exquisito. No bien me termino el primero cuando pido otro. Uno de mole. El gordo se levanta nuevamente de su banquito mientras la buenona me dirige una sonrisa. Coqueta, justo lo que yo no soporto de una mujer. El primer grupo de hombres pide la cuenta y la mujer de inmediato grita el monto: $350. ¡Ah, cabrón!
— ¡Si le empacamos! — dice uno mientras el resto le festeja la no gracejada. La buenona recibe dos billetes que se guarda en el brasier mientras busca en la cajita del dinero otro billete para dar el cambio.
El Gordo no pasa desapercibida la acción y apenas coloca mi tamal sobre el plato, se arrima a su mujer para meterle la mano bajo el brasier y sacar los billetes.
— ¡Te vi, cabrona!
La mujer se carcajea fingidamente mientras le aprisiona la mano contra su cuerpo impidiéndole sacar la mano. El gordo le aprieta la teta hasta que ella se queja y lo suelta.
— Me pones otro verde — pide otro cliente.
El hombre de inmediato sirve el tamal. Observo esa rutina con gracia, mascando lentamente mi desayuno. De verdad están sabrosos los tamales. ¿Será mucho pedir otro? Me prometo no comer nada dañino hasta el domingo. Pido otro verde. El gordo juguetea con el trasero de su nalgona sin recato. A la mujer parece no incomodarte. El hombre ya tiene callo porque parece no quemarse los dedos mientras la masa crujiente va del cazo a mi plato.
Pido la cuenta y la mujer de inmediato me cobra $100. Cuando le extiendo el billete me guiña el ojo y nuevamente se lo lleva al brasier mientras se coloca el dedo índice a la mitad de la boca. El gordo se acerca y me advierte: "todo esto es mio, jefe..."
— Sin bronca, patrón — aclaro mientras le echo la última miroleada a su mujer. De verdad está sabrosa ella también.
— Yo nomás les advierto porque luego se les indigesta y me la quieren regresar — dice mientras suelta una carcajada.
La mujer hace un puchero. Doy las gracias y me retiro. Ya en la esquina me detengo y volteo la mirada para observarlos. El hombre le masajea las nalgas como si fuera masa para tamales. ¡Demonios! Ya encontré el secreto a su sazón, pienso.
El reloj marca las 11:00. Ya debería estar en la escuela.
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