A María siempre le gustó caminar, recorrer las calles de Cuautitlán, Tultepec, Melchor Ocampo y Tultutlán. Llevar flores, verduras, pan y queso casa por casa. Visitar a sus familiares, a sus amigas y en los últimos años, a sus hijos. Un día, sus piernas ya no pudieron sostenerla. "Puedo moverlas, pero no tienen fuerza para sostenerme." Durante dos años se atendió con un médico del Seguro Popular quien la canalizó a una clínica particular. Con la política de salud de la 4T le fue retirada la atención. Pasó un tiempo para que sus hijas la llevaran con varios médicos particulares. Nadie ha podido solucionar su problema. "A los 67 años conocí el encierro."
Una urgencia financiera me obligó a trasladarme a Cuautitlán. El objetivo era firmar un par de documentos, nada que me tomara más de cinco minutos. En estos días la autopista México-Querétaro se ha convertido en el estacionamiento más grande del Estado de México sin que exista autoridad capaz de resolver el problema. La idea de ir a Cuautitlán a realizar ese trámite me resultó un reto. Formulé los planes B, C y D por si acaso el tráfico me impedía moverme. El plan C, resultó un éxito y un traslado de 25 minutos se convirtió en una caminata de dos horas.
Lo dicho: la firma de los documentos no me tomó más de cinco minutos. Decidí caminar un par de calles y hacer tiempo en el jardín mientras comía un helado. La tranquilidad era indescriptible. Rara. La última vez que vine todo era un caos. Autos, puestos y vendedores. Esta vez se podía disfrutar la sombra de los árboles, la frescura del viento y el trinar de las aves.
Un anciano se acercó con su carrito a ofrecerme una paleta o un helado. Pedí uno grande de nuez. El hombre me habló de esa inusual quietud y de las ventas bajas. El hombre agradeció mi compra y se retiró lentamente seguido de su perro. Entonces, los ví. A mitad de la avenida un hombre pedaleaba un triciclo de carga. Me llamó la atención que llevaba a una mujer sentada en una silita. Pronto los perdí de vista y me concentré en el silencio que reinó.
Minutos después, volvieron a pasar. Esta vez el hombre se estacionó a un costado de la calle y se retiró dejando a la mujer en el triciclo. Cuando regresó traía dos helados enormes, uno se lo entregó a la mujer. Ambos comenzaron a comer. Después el hombre empujó de nuevo el triciclo.
La imagen me hizo recordar una anécdota similar de mi infancia. Miré el reloj. Calculé que si me ponía en marcha, en dos o tres horas podría estar en casa. Me levanté de la banca y caminé hacia el extremo contrario. Antes de llegar a la avenida, encontré a la mujer en el triciclo. Ya había liquidado la totalidad del helado. Cuando pasé frente a ella, me llamó. "¿Me puede ayudar a tirar esta basurita?" Me acerqué y tomé la servilleta. La señora agradeció mientras yo colocaba la basura en un bote a menos de un metro de distancia. Entonces me platicó acerca de su problema en las piernas.
"Nadie me ha podido arreglar las piernas. Y fíjese, a los 67 años conocí el encierro. Afortunadamente mi yerno es muy inteligente y decidió comprar este triciclo. Tres días a la semana me da mi vueltecita y aprovechamos para comprar el mandado. Ahorita fue por la carne, la verdura y las tortillas. de rregreso pasamos por el pan y un refresquito y listo." María tiene una charla amena. Le hago saber que la autopista está detenida y que tal vez yo tenga que caminar un par de horas para llegar a mi casa. "Qué bueno. Fíjese que es muy bonito caminar, mover las piernas. Qué suerte tiene de no estar tullido, así que agradezca a Dios por la dicha de poder caminar."
Le hago saber que estoy muy a gusto platicando con ella, pero tengo que partir si no quiero que las nubes me alcancen."Ándele, apúrese. Parece que va a llover. Si yo pudiera me regresaría caminando a la casa. Cuando podía era bien andariega, nunca me veían en la casa. Bueno, mire, todavía soy, pero ahora dependo de otras personas, de mi yerno y de mis hijas. Espero un día volver a caminar y así correrle a la huesuda." María suelta una carcajada que me contagia. Me despido y camino hasta la avenida dispuesto a caminar. Cuando paso por la base de los camiones me entero que se ha levantado el bloqueo y el transporte puede circular sin problema nuevamente. Evalúo la situación y decido esperar el camión. De todos modos tengo que caminar del paradero a la casa, pienso. El sábado retomaré mis caminatas matutinas y tal vez empiece a correr de nuevo.

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