A diferencia de la mayoría de rockeros que conozco y cuya historia de cómo se decantaron por el rock, yo no tuve hermanos mayores que me heredaran sus gustos musicales. Tampoco fui un ávido escucha Radio Éxitos o La Pantera, estaciones de radio que programaban música para jóvenes. Llegado el momento descubrí Rock 101 que logró instalarme un gusto hasta ahora incondicional por Depeche Mode, The Cure y U2.
Fue hasta finales de la década de los ochenta cuando Edgar Corona, un compañero de la secundaria, inoculó mis oídos con grupos que realmente llamaron mi atención: Aerosmith, Guns and Roses, Poison, Faith No More, Stormtroopers of Death y Slayer. Un par de años después, cuando cursaba la preparatoria, influenciado por mis compañeros de clase y la rotación de vídeos de MTV, encontré un placer feroz por grupos machacones: Metallica, Anthrax, Pantera, Cannibal Corpse, Morbid Angel y una mítica banda llamada Brujería. Entonces sucedió. El 24 de noviembre de 1991 la muerte alcanzó a uno de los cantantes más grandes del rock mundial: Freddie Mercury, paradójicamente, ídolo de muchos metaleros con los que compartía aventuras por aquellos días.
El 20 de abril de 1992 la mitad de mis compañeros decidieron volarse las clases. La razón: el concierto tributo al cantante de Queen sería transmitido a través de la televisión por cable. Aprovechando que el padre de Guillermo pagaba el servicio de MVS, se organizó una tremenda fiesta matutina. Reconozco que a pesar de ser Queen una de las primeras bandas que escuché, nunca gozó totalmente de mi gusto, por lo que decliné la invitación. Sin embargo, un par de días después, el mismo Guillermo me pasó un VHS con algunos fragmentos del concierto. No es difícil adivinar que me deleité con Metallica, Def Leppard y Guns and Roses. Salté a Extreme, Robert Plant y Succero, pero extrañamente me concentré en Seal y George Michael. Hasta hoy, en todos mis dispositivos procuro descargar las participaciones de James Hetfiel y Tommy Iommi, así como la de Joe Elliot y Slash, pero reconozco que uno de mis mayores gustos musicales es la interpretación de Bohemian Rapsody por parte del Eltón John y Axl Rose. No niego que más de una vez la he escuchado hasta las lágrimas.
Siempre agradecí que Guillermo tuviera aquel gesto conmigo. Como pacto de amistad nos prometimos asistir juntos a un festival de rock, promesa que hasta hoy no se ha cumplido.
Black Sabbath
Cuando hablo con mis hijos de mis sueños de juventud, la pregunta siempre es la misma: ¿te arrepientes, papá? Nunca, respondo con firmeza.
A los catorce años mi propósito de vida era claro: trabajar y gastar gran parte de mis ganancias en conciertos. Nunca lo cumplí. Apenas me convertí en padre, mis ingresos fueron destinados casi en su totalidad al bienestar de mis hijos, así que reformulé mi propósito: cuando crezcan, voy a gastar todo mi dinero en conciertos. Actualmente, no me gustan los festivales, detesto a las masas, pero más a quienes le ponen precio a los boletos.
Transcurría el segundo mes del año cuando encontré una noticia: un último concierto para Ozzy Osbourne con Black Sabbath. Sería un concierto con la realeza del heavy metal. La mera noticia me voló la cabeza y el deseo de estar ahí. El día que se anunció la preventa de boletos, ingresé a la fila virtual por mera curiosidad, sin embargo, en las noches pensaba que si la fortuna me sonreía mi tarjeta no tenía saldo para cubrir el costo de las entradas. No dejaba que eso me quitara el sueño, pero tampoco descartaba la posibilidad. En las madrugadas pensaba en vender un riñón, un pulmón, la mitad del hígado o vender la casa. Volvía a dormir.
Las entradas se agotaron en tiempo récord y ni Jason Momoa logró conseguir una entrada por lo que tuvo que llamarle a sus amigos Phil Anselmo y Scott Ian para lograr lo imposible. Tampoco lo consiguió. Si eso le pasó a una estrella mundial, ¿qué podía esperar yo, un profesor de educación para jóvenes y adultos? Sin embargo, a Jason la fortuna le sonrió y no sólo pudo estar en el concierto sino que fue invitado como presentador.
El 14 de junio, antes de salir por un viaje de trabajo, mi hijo me sorprendió: "aún no puedo pagarte un viaje a Europa y menos la entrada al concierto de despedida de Ozzy, pero lo vas a ver streaming.” Mis hijos son usuarios expertos de las plataformas digitales, lo que me ha permitido gozar de contenido que por mí mismo, jamás hubiera podido encontrar. Simplemente me conmovió.
Regreso al origen
Desperté temprano. Aún estaba oscuro. Extendí el brazo para alcanzar el teléfono. Después de ver la hora, abrí el mensaje que me envió mi hijo con las instrucciones precisas para entrar al concierto. Él no estaría en casa, Mi hija Tampoco. Entonces entendí que crié personas responsables. Volví a revisar el teléfono y tras ver la hora, verifiqué el día y releí el mensaje con las instrucciones. Me cobijé nuevamente sin intenciones de volver a dormir, pero sí de soñarme en otra realidad.
Me levanté contento. Tras ducharme y cumplir con algunos quehaceres, comencé a preparar el desayuno. Con ocho años menos y una mejor salud, hubiera preparado bebidas y snakcs, pero el cuerpo exige algo nutritivo para iniciar el día, más una cantidad generosa de medicamentos para evitar un susto. Considerando que la jornada sería larga, preparé un par de colaciones que guardé en el refrigerador antes de volver a sacar el teléfono de mi bolsillo y seguir las instrucciones de mi hijo. No fue difícil.
No puedo describir lo que sentí al escuchar a Mastodom. ¿Qué estaba presenciando? La despedida de Ozzy Osbourne de los escenarios o su funeral de cuerpo presente. El ideal de cualquier artista: despedirse de esta vida rodeado de amigos, familiares y fanses. Rival Sons cumplieron. Entonces vino mi primer sobresalto. Anthrax es de mis bandas preferidas, por eso aunque sabía que su actuación apenas duraría doce minutos, la disfruté cantando. Mi sala quedó calientita para escuchar a Lamb of God. Hasta ese momento se me ocurrió vincular la pantalla con las bocinas y tener una mejor experiencia. Children of the Grave me hizo recordar que en el librero reposan dos discos compactos llamados Nativity in Black: A tribute to Black Sabbath. El negro y el rojo. Una de las mejores versiones la hizo White Zombie y es precisamente de esa canción. Subí el volumen sin importar la molestia que provocaría a mis vecinos. ¡Qué pedazo de actuación!
Vi a Lizzy Hale con Hailstorm en 2019 y desde entonces la sigo. Su participación me encantó. Necesitaba un respiro. Para entonces, en mi teléfono había decenas de mensajes preguntando cosas obvias. Aproveché la presencia sobre el escenario del primer supergrupo para responder algunos mensajes y comer la primera colación que se prolongó hasta que terminó la actuación de Alice in Chains. Hago una pausa para decir que me gustó ver a Whitfiled Crane, de Ugly Kid Joe formando parte del cartel. Ugly es otra de mis bandas queridas de juventud por lo que agradecí esa representación. Para ese momento me encontraba emocionado sabiendo que todavía no llegaba lo mejor. Cuando vi la aparición de Steven Tyler y K.K. Donging casi me viene un infarto al miocardio. Canté junto a Steven recordando el 24 de enero de 1994 cuando los vi en el Palacio de los Deportes.
Jason Momoa siempre me ha caído bien. Alguna vez hasta escribí una reseña de Aquaman simplemente porque el tipo me resulta agradable. Mi momento esperado llegó. Ver a Pantera sobre el escenario me emocionó. Y aunque después de la euforia le puse muchos peros a su presentación, saber que Jason Momoa y yo estuvimos en el mismo mood, me dejó satisfecho. "¿Ya viste que Aquiaman se metió al slam cuando tocó Pantera?" A nadie le he respondido porque la respuesta es obvia.
Nunca me ha gustado Tool, lo siento. Me repliqué en silencio la broma de que ni siquiera alcanzarían a interpretar una canción completa considerando el tiempo que se le dio a cada banda. En ese momento llegaron el consomé y los tacos de barbacoa. ¿Qué más se puede pedir un sábado en la mañana? Me animé y destapé una
Trooper para acompañar ese segundo desayuno que suspendí cuando en la pantalla apareció Slayer. Brutalidad total. Para entonces no sabía que más vendría, la realeza del metal le estaba rindiendo pleitesía a Ozzy y yo lo estaba viviendo en vivo al otro lado del mundo, en la comodidad de mi sillón.
Guns and Roses me representó nostalgia y Metallica me recordó que apenas hace unos meses mi hijo y yo los vimos en el Foro Sol. No pasé desapercibido la botonadura en el pantalón de James y recordé la foto que circuló en redes sociales en la que se le ve en una tienda de charros en la Ciudad de México.
El final estaba cerca. No sabía si acostarme, sentarme o quedarme parado frente a la pantalla. Decidí lo último para no perder el menor detalle. No miento cuando afirmo que ver a Ozzy emerger del escenario sentadito en su trono, me hizo derramar un par de lagrimones. Siempre he considerado que Ozzy es como el Profesor H. M. Memelovsky de las Tinieblas por lo que me provoca cierta ternura. Entonces aparecieron también Zakk Wilde, Tommy Cufletos, Mike Inez y Adan Wakeman para arropar al Principe y despedirlo como se debe.
Aquí tengo que hacer una pausa para confesar que no soy fiel seguidor de la carrera de Ozzy como solista, pero eso no fue impedimento para cantar Crazy Train a grito pelado. También aclaro que no me quebré con Mama, I´m coming Home como sí lo hicieron un 99% de los que escuchaban a Ozzy. Guardé silencio y disfruté.
Black Sabbath no fue la primera banda que escuché para afirmar mi gusto por el rock duro. Black Sabbath, simplemente, es la banda que me ayudó a entender por qué me gusta el heavy metal. Ver a Ozzy, Gezzer, Bill y Tommy juntos en el escenario me reafirmó como uno más de los guerreros que, para ese momento, y desde tierras lejanas, se arrodillaba frente a quienes impulsaron todo un capítulo en la historia de la música a nivel planetario. Wars Pig me recordó cuando salía a beber con mis compañeros de preparatoria y poníamos esa canción a todo volumen mientras recorríamos las calles de la colonia. Nativity in Black me llevó a mis primeros días de padre, cuando cargaba a mi hija en brazos para que se quedara dormida. Iron man me aterrizó a una realidad que me hizo formular decenas de preguntas sobre mi presente y mi futuro, y Paranoid me regresó al inicio, cuando siendo joven, buscaba problemas para no sentirme solo. Y aunque para ese momento las ausencias me pesaban, estaba feliz de ver que Black Sabbath tocaba por última vez y que Ozzy estaba diciendo los espero en el infierno.