sábado, 26 de julio de 2025

Andariega

A María siempre le gustó caminar, recorrer las calles de Cuautitlán, Tultepec, Melchor Ocampo y Tultutlán. Llevar flores, verduras, pan y queso casa por casa. Visitar a sus familiares, a sus amigas y en los últimos años, a sus hijos. Un día, sus piernas ya no pudieron sostenerla. "Puedo moverlas, pero no tienen fuerza para sostenerme." Durante dos años se atendió con un médico del Seguro Popular quien la canalizó a una clínica particular. Con la política de salud de la 4T le fue retirada la atención. Pasó un tiempo para que sus hijas la llevaran con varios médicos particulares. Nadie ha podido solucionar su problema. "A los 67 años conocí el encierro."

Una urgencia financiera me obligó a trasladarme a Cuautitlán. El objetivo era firmar un par de documentos, nada que me tomara más de cinco minutos. En estos días la autopista México-Querétaro se ha convertido en el estacionamiento más grande del Estado de México sin que exista autoridad capaz de resolver el problema. La idea de ir a Cuautitlán a realizar ese trámite me resultó un reto. Formulé los planes B, C y D por si acaso el tráfico me impedía moverme. El plan C, resultó un éxito y un traslado de 25 minutos se convirtió en una caminata de dos horas. 

Lo dicho: la firma de los documentos no me tomó más de cinco minutos. Decidí caminar un par de calles y hacer tiempo en el jardín mientras comía un helado. La tranquilidad era indescriptible. Rara. La última vez que vine todo era un caos. Autos, puestos y vendedores. Esta vez se podía disfrutar la sombra de los árboles, la frescura del viento y el trinar de las aves.

Un anciano se acercó con su carrito a ofrecerme una paleta o un helado. Pedí uno grande de nuez. El hombre me habló de esa inusual quietud y de las ventas bajas. El hombre agradeció mi compra y se retiró lentamente seguido de su perro. Entonces, los ví. A mitad de la avenida un hombre pedaleaba un triciclo de carga. Me llamó la atención que llevaba a una mujer sentada en una silita. Pronto los perdí de vista y me concentré en el silencio que reinó.

Minutos después, volvieron a pasar. Esta vez el hombre se estacionó a un costado de la calle y se retiró dejando a la mujer en el triciclo. Cuando regresó traía dos helados enormes, uno se lo entregó a la mujer. Ambos comenzaron a comer. Después el hombre empujó de nuevo el triciclo.

La imagen me hizo recordar una anécdota similar de mi infancia. Miré el reloj. Calculé que si me ponía en marcha, en dos o tres horas podría estar en casa. Me levanté de la banca y caminé hacia el extremo contrario. Antes de llegar a la avenida, encontré a la mujer en el triciclo. Ya había liquidado la totalidad del helado. Cuando pasé frente a ella, me llamó. "¿Me puede ayudar a tirar esta basurita?" Me acerqué y tomé la servilleta. La señora agradeció mientras yo colocaba la basura en un bote a menos de un metro de distancia. Entonces me platicó acerca de su problema en las piernas.

"Nadie me ha podido arreglar las piernas. Y fíjese, a los 67 años conocí el encierro. Afortunadamente mi yerno es muy inteligente y decidió comprar este triciclo. Tres días a la semana me da mi vueltecita y aprovechamos para comprar el mandado. Ahorita fue por la carne, la verdura y las tortillas. de rregreso pasamos por el pan y un refresquito y listo." María tiene una charla amena. Le hago saber que la autopista está detenida y que tal vez yo tenga que caminar un par de horas para llegar a mi casa. "Qué bueno. Fíjese que es muy bonito caminar, mover las piernas. Qué suerte tiene de no estar tullido, así que agradezca a Dios por la dicha de poder caminar."

Le hago saber que estoy muy a gusto platicando con ella, pero tengo que partir si no quiero que las nubes me alcancen."Ándele, apúrese. Parece que va a llover. Si yo pudiera me regresaría caminando a la casa. Cuando podía era bien andariega, nunca me veían en la casa. Bueno, mire, todavía soy, pero ahora dependo de otras personas, de mi yerno y de mis hijas. Espero un día volver a caminar y así correrle a la huesuda." María suelta una carcajada que me contagia. Me despido y camino hasta la avenida dispuesto a caminar. Cuando paso por la base de los camiones me entero que se ha levantado el bloqueo y el transporte puede circular sin problema nuevamente. Evalúo la situación y decido esperar el camión. De todos modos tengo que caminar del paradero a la casa, pienso. El sábado retomaré mis caminatas matutinas y tal vez empiece a correr de nuevo.

martes, 22 de julio de 2025

Adiós, Ozzy...

Decir que la muerte de Ozzy Osbourne nos tomó por sorpresa, es mentir.



Back to the Beginning fue más que un tributo: fue un funeral en vida. Rodeado de amigos músicos, seres queridos y fans, Ozzy invitó a todos a despedirlo y así pudimos hacerlo.

Descasa en rock.

miércoles, 16 de julio de 2025

Tamales sazonados

Quienes conocen el centro de Naucalpan, saben que en San Bartolo hay un puesto de comida muy famoso: los tamales fritos del módulo. Se trata de un puestito atendido por un gordo, calvo, cuyo ojo alegre va y viene atento a todo lo que se mueve.

Hoy decidí desayunar ahí. Sé que llevo tres semanas en las que he descuidado mi dieta y en las que he sumado dos borracheras que no le hacen nada bien a mi organismo. Llamo a esos descuidos licencias culinarias. Nada que seis meses de comida balanceada y ejercicio no logren compensar.

Me acerco al puesto y veo que el Gordo está sentado en un banquito. Sobre sus piernas está su novia, una buenona cuyas caderas, cintura y tetas, mueven a preguntar: ¿qué le vio a este cabrón? De inmediato formulo dos hipótesis: la primera, el gordo siempre usa mandil a cuadros y si las teorías no fallan, sus tamales deben tener el sabor de cualquier señora reina de cocina; dos, el billete que ese hombre gana en una mañana debe ser suficiente para mantenerle los gustos a la mujer que, evidentemente, no son pocos ni baratos. Además, ¿quién con gusto elemental tendría la intención de quitarle a semejante esperpento?

— ¿Todavía tiene, patrón? — pregunto mientras veo a seis o siete sujetos degustando sus tamales.
— Verdes y de mole, mi jefe.
— un verde, para empezar...
— ¿Café, champurrado o atole de arroz?
— Champurrado

Muy a su pesar, el Gordo levanta a su novia. Ella sonríe pícara y coqueta. Sin excepción, todos respondemos con otra sonrisa y una miroleada mientras el gordo, de inmediato, le da una nalgada marcando el territorio.

Los tamales están buenos. No importa que hayan sido sumergidos en una cazuela con manteca, el sabor es exquisito. No bien me termino el primero cuando pido otro. Uno de mole. El gordo se levanta nuevamente de su banquito mientras la buenona me dirige una sonrisa. Coqueta, justo lo que yo no soporto de una mujer. El primer grupo de hombres pide la cuenta y la mujer de inmediato grita el monto: $350. ¡Ah, cabrón!

— ¡Si le empacamos! — dice uno mientras el resto le festeja la no gracejada. La buenona recibe dos billetes que se guarda en el brasier mientras busca en la cajita del dinero otro billete para dar el cambio.

El Gordo no pasa desapercibida la acción y apenas coloca mi tamal sobre el plato, se arrima a su mujer para meterle la mano bajo el brasier y sacar los billetes.

— ¡Te vi, cabrona!

La mujer se carcajea fingidamente mientras le aprisiona la mano contra su cuerpo impidiéndole sacar la mano. El gordo le aprieta la teta hasta que ella se queja y lo suelta.

— Me pones otro verde — pide otro cliente.

El hombre de inmediato sirve el tamal. Observo esa rutina con gracia, mascando lentamente mi desayuno. De verdad están sabrosos los tamales. ¿Será mucho pedir otro? Me prometo no comer nada dañino hasta el domingo. Pido otro verde. El gordo juguetea con el trasero de su nalgona sin recato. A la mujer parece no incomodarte. El hombre ya tiene callo porque parece no quemarse los dedos mientras la masa crujiente va del cazo a mi plato.

Pido la cuenta y la mujer de inmediato me cobra $100. Cuando le extiendo el billete me guiña el ojo y nuevamente se lo lleva al brasier mientras se coloca el dedo índice a la mitad de la boca. El gordo se acerca y me advierte: "todo esto es mio, jefe..."

— Sin bronca, patrón — aclaro mientras le echo la última miroleada a su mujer. De verdad está sabrosa ella también.
— Yo nomás les advierto porque luego se les indigesta y me la quieren regresar — dice mientras suelta una carcajada.

La mujer hace un puchero. Doy las gracias y me retiro. Ya en la esquina me detengo y volteo la mirada para observarlos. El hombre le masajea las nalgas como si fuera masa para tamales. ¡Demonios! Ya encontré el secreto a su sazón, pienso.

El reloj marca las 11:00. Ya debería estar en la escuela.

jueves, 10 de julio de 2025

Electric funeral

"Warn you you're gonna die"

Mi primer contacto con el rock fue a los siete u ocho años cuando un vecino, un par de años mayor, gustaba de agarrar sin permiso los cassettes de sus hermanos y poner a Queen y los Rolling Stones. Crazy Little Thing Called Love fue la primera canción que recuerdo haber cantado en inglés, si es que así se le puede llamar a la pantomima vocal que hacíamos en el momento en que Freddie Mercury cantaba. En cambio, reconozco que (I Can't Get No) Satisfaction nunca me provocó el mismo efecto y hasta hoy dicha canción no es parte de mis preferencias.

A diferencia de la mayoría de rockeros que conozco y cuya historia de cómo se decantaron por el rock, yo no tuve hermanos mayores que me heredaran sus gustos musicales. Tampoco fui un ávido escucha Radio Éxitos o La Pantera, estaciones de radio que programaban música para jóvenes. Llegado el momento descubrí Rock 101 que logró instalarme un gusto hasta ahora incondicional por Depeche Mode, The Cure y U2.

Fue hasta finales de la década de los ochenta cuando Edgar Corona, un compañero de la secundaria, inoculó mis oídos con grupos que realmente llamaron mi atención: Aerosmith, Guns and Roses, Poison, Faith No More, Stormtroopers of Death y Slayer. Un par de años después, cuando cursaba la preparatoria, influenciado por mis compañeros de clase y la rotación de vídeos de MTV, encontré un placer feroz por grupos machacones: Metallica, Anthrax, Pantera, Cannibal Corpse, Morbid Angel y una mítica banda llamada Brujería. Entonces sucedió. El 24 de noviembre de 1991 la muerte alcanzó a uno de los cantantes más grandes del rock mundial: Freddie Mercury, paradójicamente, ídolo de muchos metaleros con los que compartía aventuras por aquellos días.

El 20 de abril de 1992 la mitad de mis compañeros decidieron volarse las clases. La razón: el concierto tributo al cantante de Queen sería transmitido a través de la televisión por cable. Aprovechando que el padre de Guillermo pagaba el servicio de MVS, se organizó una tremenda fiesta matutina. Reconozco que a pesar de ser Queen una de las primeras bandas que escuché, nunca gozó totalmente de mi gusto, por lo que decliné la invitación. Sin embargo, un par de días después, el mismo Guillermo me pasó un VHS con algunos fragmentos del concierto. No es difícil adivinar que me deleité con Metallica, Def Leppard y Guns and Roses. Salté a Extreme, Robert Plant y Succero, pero extrañamente me concentré en Seal y George Michael. Hasta hoy, en todos mis dispositivos procuro descargar las participaciones de James Hetfiel y Tommy Iommi, así como la de Joe Elliot y Slash, pero reconozco que uno de mis mayores gustos musicales es la interpretación de Bohemian Rapsody por parte del Eltón John y Axl Rose. No niego que más de una vez la he escuchado hasta las lágrimas.

Siempre agradecí que Guillermo tuviera aquel gesto conmigo. Como pacto de amistad nos prometimos asistir juntos a un festival de rock, promesa que hasta hoy no se ha cumplido.


Black Sabbath

Cuando hablo con mis hijos de mis sueños de juventud, la pregunta siempre es la misma: ¿te arrepientes, papá? Nunca, respondo con firmeza.

A los catorce años mi propósito de vida era claro: trabajar y gastar gran parte de mis ganancias en conciertos. Nunca lo cumplí. Apenas me convertí en padre, mis ingresos fueron destinados casi en su totalidad al bienestar de mis hijos, así que reformulé mi propósito: cuando crezcan, voy a gastar todo mi dinero en conciertos. Actualmente, no me gustan los festivales, detesto a las masas, pero más a quienes le ponen precio a los boletos.

Transcurría el segundo mes del año cuando encontré una noticia: un último concierto para Ozzy Osbourne con Black Sabbath. Sería un concierto con la realeza del heavy metal. La mera noticia me voló la cabeza y el deseo de estar ahí. El día que se anunció la preventa de boletos, ingresé a la fila virtual por mera curiosidad, sin embargo, en las noches pensaba que si la fortuna me sonreía mi tarjeta no tenía saldo para cubrir el costo de las entradas. No dejaba que eso me quitara el sueño, pero tampoco descartaba la posibilidad. En las madrugadas pensaba en vender un riñón, un pulmón, la mitad del hígado o vender la casa. Volvía a dormir.

Las entradas se agotaron en tiempo récord y ni Jason Momoa logró conseguir una entrada por lo que tuvo que llamarle a sus amigos Phil Anselmo y Scott Ian para lograr lo imposible. Tampoco lo consiguió. Si eso le pasó a una estrella mundial, ¿qué podía esperar yo, un profesor de educación para jóvenes y adultos? Sin embargo, a Jason la fortuna le sonrió y no sólo pudo estar en el concierto sino que fue invitado como presentador.

El 14 de junio, antes de salir por un viaje de trabajo, mi hijo me sorprendió: "aún no puedo pagarte un viaje a Europa y menos la entrada al concierto de despedida de Ozzy, pero lo vas a ver streaming.” Mis hijos son usuarios expertos de las plataformas digitales, lo que me ha permitido gozar de contenido que por mí mismo, jamás hubiera podido encontrar. Simplemente me conmovió.


Regreso al origen

Desperté temprano. Aún estaba oscuro. Extendí el brazo para alcanzar el teléfono. Después de ver la hora, abrí el mensaje que me envió mi hijo con las instrucciones precisas para entrar al concierto. Él no estaría en casa, Mi hija Tampoco. Entonces entendí que crié personas responsables. Volví a revisar el teléfono y tras ver la hora, verifiqué el día y releí el mensaje con las instrucciones. Me cobijé nuevamente sin intenciones de volver a dormir, pero sí de soñarme en otra realidad.

Me levanté contento. Tras ducharme y cumplir con algunos quehaceres, comencé a preparar el desayuno. Con ocho años menos y una mejor salud, hubiera preparado bebidas y snakcs, pero el cuerpo exige algo nutritivo para iniciar el día, más una cantidad generosa de medicamentos para evitar un susto. Considerando que la jornada sería larga, preparé un par de colaciones que guardé en el refrigerador antes de volver a sacar el teléfono de mi bolsillo y seguir las instrucciones de mi hijo. No fue difícil.

No puedo describir lo que sentí al escuchar a Mastodom. ¿Qué estaba presenciando? La despedida de Ozzy Osbourne de los escenarios o su funeral de cuerpo presente. El ideal de cualquier artista: despedirse de esta vida rodeado de amigos, familiares y fanses. Rival Sons cumplieron. Entonces vino mi primer sobresalto. Anthrax es de mis bandas preferidas, por eso aunque sabía que su actuación apenas duraría doce minutos, la disfruté cantando. Mi sala quedó calientita para escuchar a Lamb of God. Hasta ese momento se me ocurrió vincular la pantalla con las bocinas y tener una mejor experiencia. Children of the Grave me hizo recordar que en el librero reposan dos discos compactos llamados Nativity in Black: A tribute to Black Sabbath. El negro y el rojo. Una de las mejores versiones la hizo White Zombie y es precisamente de esa canción. Subí el volumen sin importar la molestia que provocaría a mis vecinos. ¡Qué pedazo de actuación!

Vi a Lizzy Hale con Hailstorm en 2019 y desde entonces la sigo. Su participación me encantó. Necesitaba un respiro. Para entonces, en mi teléfono había decenas de mensajes preguntando cosas obvias. Aproveché la presencia sobre el escenario del primer supergrupo para responder algunos mensajes y comer la primera colación que se prolongó hasta que terminó la actuación de Alice in Chains. Hago una pausa para decir que me gustó ver a Whitfiled Crane, de Ugly Kid Joe formando parte del cartel. Ugly es otra de mis bandas queridas de juventud por lo que agradecí esa representación. Para ese momento me encontraba emocionado sabiendo que todavía no llegaba lo mejor. Cuando vi la aparición de Steven Tyler y K.K. Donging casi me viene un infarto al miocardio. Canté junto a Steven recordando el 24 de enero de 1994 cuando los vi en el Palacio de los Deportes.

Jason Momoa siempre me ha caído bien. Alguna vez hasta escribí una reseña de Aquaman simplemente porque el tipo me resulta agradable. Mi momento esperado llegó. Ver a Pantera sobre el escenario me emocionó. Y aunque después de la euforia le puse muchos peros a su presentación, saber que Jason Momoa y yo estuvimos en el mismo mood, me dejó satisfecho. "¿Ya viste que Aquiaman se metió al slam cuando tocó Pantera?" A nadie le he respondido porque la respuesta es obvia.

Nunca me ha gustado Tool, lo siento. Me repliqué en silencio la broma de que ni siquiera alcanzarían a interpretar una canción completa considerando el tiempo que se le dio a cada banda. En ese momento llegaron el consomé y los tacos de barbacoa. ¿Qué más se puede pedir un sábado en la mañana? Me animé y destapé una Trooper para acompañar ese segundo desayuno que suspendí cuando en la pantalla apareció Slayer. Brutalidad total. Para entonces no sabía que más vendría, la realeza del metal le estaba rindiendo pleitesía a Ozzy y yo lo estaba viviendo en vivo al otro lado del mundo, en la comodidad de mi sillón.

Guns and Roses me representó nostalgia y Metallica me recordó que apenas hace unos meses mi hijo y yo los vimos en el Foro Sol. No pasé desapercibido la botonadura en el pantalón de James y recordé la foto que circuló en redes sociales en la que se le ve en una tienda de charros en la Ciudad de México.

El final estaba cerca. No sabía si acostarme, sentarme o quedarme parado frente a la pantalla. Decidí lo último para no perder el menor detalle. No miento cuando afirmo que ver a Ozzy emerger del escenario sentadito en su trono, me hizo derramar un par de lagrimones. Siempre he considerado que Ozzy es como el Profesor H. M. Memelovsky de las Tinieblas por lo que me provoca cierta ternura. Entonces aparecieron también Zakk Wilde, Tommy Cufletos, Mike Inez y Adan Wakeman para arropar al Principe y despedirlo como se debe.

Aquí tengo que hacer una pausa para confesar que no soy fiel seguidor de la carrera de Ozzy como solista, pero eso no fue impedimento para cantar Crazy Train a grito pelado. También aclaro que no me quebré con Mama, I´m coming Home como sí lo hicieron un 99% de los que escuchaban a Ozzy. Guardé silencio y disfruté.

Black Sabbath no fue la primera banda que escuché para afirmar mi gusto por el rock duro. Black Sabbath, simplemente, es la banda que me ayudó a entender por qué me gusta el heavy metal. Ver a Ozzy, Gezzer, Bill y Tommy juntos en el escenario me reafirmó como uno más de los guerreros que, para ese momento, y desde tierras lejanas, se arrodillaba frente a quienes impulsaron todo un capítulo en la historia de la música a nivel planetario. Wars Pig me recordó cuando salía a beber con mis compañeros de preparatoria y poníamos esa canción a todo volumen mientras recorríamos las calles de la colonia. Nativity in Black me llevó a mis primeros días de padre, cuando cargaba a mi hija en brazos para que se quedara dormida. Iron man me aterrizó a una realidad que me hizo formular decenas de preguntas sobre mi presente y mi futuro, y Paranoid me regresó al inicio, cuando siendo joven, buscaba problemas para no sentirme solo. Y aunque para ese momento las ausencias me pesaban, estaba feliz de ver que Black Sabbath tocaba por última vez y que Ozzy estaba diciendo los espero en el infierno.





jueves, 3 de julio de 2025

Libros que duelen

Hay libros que añoras, que deseas tener en tus manos. Esa ambición te recuerda cuando deseabas un juguete en la infancia. Pensabas tenerlo en tus manos, palparlo, olerlo, jugarlo. Lo cuidabas un tiempo antes de convertirlo en uno más. Igual con los libros. Los piensas en tus manos. Imaginas el aroma de la tinta y el papel hasta saciarte. Cierras los ojos para verte leyéndolo, descubriendo las historias que guarda entre sus páginas. Y lo mantienes un tiempo pegado a ti. Lo llevas contigo, lo sacas a la menor provocación. Regresas sus páginas para reafirmar lo que has leído y seguir hasta que lo terminas. Después, lo dejarás en algún rincón hasta que, igual que pasó con los juguetes, lo lleves a donde lo esperan otros más. A veces para nunca volverlo a hojear, para convertirlo en un recuerdo.

Hay libros que añoras. Libros que consigues después de un tiempo. Libros que te empeñas en conseguir y cuando los tienes, los palpas; inhalas el aroma de la tinta y el papel antes de abrirlos y comenzar la primera línea. Libros que te hacen olvidar que afuera existe un mundo que te exige salir.

También hay libros que duelen. Libros cuya historia no tiene nada que ver con lo que su autor escribió. Libros que te recuerdan el momento en que lo viste en el estante y el dejo de felicidad que compartiste con la persona que te acompañaba. En ese momento entiendes que ese libro no será igual a los otros que reposan en tu librero porque por sí mismo tiene un significado especial. Y ese ejemplar es el que más añoras aunque ni siquiera lo hayas abierto. Lo quieres porque te recuerda un momento, a una persona. Pero por una extraña razón, duele. Y te pesa retirarle el celofán porque evoca cuando en la soledad de una habitación, le despojabas de la ropa. Y evitas olerlo porque recuerdas cuando su perfume te inundaba sutilmente las fosas nasales mientras la suavidad de las hojas te hace sentir nuevamente su piel. Hay libros que sin haber leído te recordarán las palabras que se decían mientras desnudos reposaban el frenesí de un orgasmo.

Hay libros que es imposible leer porque no hay concentración que calme los sofocos de los recuerdos. Porque te hacen pensar en esa persona que se esfumó repentinamente y que hoy no sabes si ese adiós es parte de un sueño o te aterriza en una horrible realidad. En el vacío, en la soledad, en la tristeza, en la rabia, en el dolor.

Hay libros que sin leerlos, te cuentan otra historia. Una que te rompe, que duele.