miércoles, 16 de abril de 2025

Por el río de Pinihuan

El sonido seco, como de un golpe, hizo que retumbaran las ventanas. Los perros comenzaron a ladrar. El estruendo provocó que se activaran las alarmas de los carros. En pocos segundos, en las redes sociales, se registró el suceso. Todos hablan de un meteoro aunque según los expertos, se trató de un bólido. Yo ni por enterado, pero pude morir aplastado mientras dormía, pensé. Lo cierto es que nuestra suerte no es tanta. Con el impacto, ni cuenta nos hubiéramos dado. Sencillamente, hubiera llegado el fin y ni tiempo para registrarlo.

Apago la pantalla y tomo mi teléfono celular. Sigo sin recibir mensajes de WhatsApp por lo que es innecesario abrir la app. En Facebook apenas hay unos cuantos memes del suceso y en X se habla de lo mismo que en los noticieros de televisión. Dejo el teléfono a un lado y miro al techo. Regreso mis recuerdos a 1998 cuando en San Luis Potosí pasó algo similar.

Ni siquiera recuerdo por qué andaba recorriendo caminos de terracería aquella madrugada. Eran años en que aún se podía salir a dar la vuelta a esa hora nomás por el gusto de hacerlo. En tres camionetas íbamos mi primo, un grupo de amigos y yo. Dieciocho pelados en total. Nos detuvimos en un paraje y apagamos luces y motores. Primero nos quedamos en silencio contemplando la magnificencia del cielo. Yo, un joven citadino, me encontraba embelesado con lo que mis ojos alcanzaban a ver: la oscuridad más negra envolviéndonos, el frío que nos calaba hasta el alma y el cielo más estrellado que jamás he vuelto a ver.

El silencio se rompió con una broma, algo relacionado con un animal. Todos reímos. Bajamos de las camionetas y caminamos con cuidado hasta reunirnos detrás de los vehículos. Una botella de brandy comenzó a circular mientras algunos hacían bromas acerca de brujas y duendes. Yo fui más allá. Les propuse hacer un pacto con el diablo como en la leyenda de La Encrucijada. Entonces, tenía el hocico muy liviano y no medía el peso de mis palabras. El resto pasó de largo con mi propuesta. Mis amigos eran católicos y pensar en cosas del diablo, aun en broma, les representaba un problema moral. Aligeré la charla con otra broma. Nadie se rió.

Contemplamos el cielo por mucho tiempo sin decir nada. Tal vez esa era la idea de aquella escapada nocturna. No cualquiera tiene el privilegio de alejarse veinte o treinta kilómetros del pueblo para contemplar una noche estrellada. Eran casi las 4:00 a.m. cuando una luz intensa surcó el cielo. La reacción de algunos fue subir a las camionetas. Otros se tiraron al piso convencidos que la antorcha pasó por encima de nuestras cabezas. Yo seguí la trayectoria con la mirada hasta que la luz desapareció. Mi primo también se quedó a mi lado contemplando el espectáculo. Tal vez fue el único momento donde pudimos distinguir nuestros rostros y el color de la ropa. De inmediato escuchamos la orden de subir a los vehículos. Era momento de regresar.

En la camioneta en la que íbamos se hablaba de brujas y duendes. En las otras dos me culpaban de haber invocado al diablo. ¡Pinche chilango! En el pueblo se hablaba de un tizonazo, de la primera señal del fin.

     - ¿Del fin de qué? – pregunté con burla
     - ¡Del mundo, niño! – respondió una de mis tías provocando mis risas.

Mi primo y yo, más serenos, aligeramos las charlas hablando de meteoros y basuras espaciales. Nadie nos entendía. Los locos parecíamos nosotros. Esa tarde la gente convocó a una vigilia y una oración colectiva para pedir por nuestras almas. Nos encontrábamos en la antesala del año 2000 y la gente estaba espantada. Aquel suceso contribuía muchísimo al pánico colectivo.

Sin otra opción, me uní a la muchedumbre. La iglesia, su atrio y la plaza estaban repletas. Me alejé hasta el otro extremo, donde los hombres más rudos, los insolentes, los herejes o los no creyentes se reúnen.

     - Dicen que unos huercos andaban por allá y desaparecieron – mi sorpresa fue mayúscula al escuchar el comentario.
     - ¿Se sabe quiénes son? – pregunté
     - No se sabe de qué familia, pero son de los bolillos que andan de visita
     - Andaban cazando brujas – terció el dueño del billar
     - Pues ya no regresaron. Ya fue la policía a buscar sus restos y no hay ni rastro.
    - Pero dicen que el tizonazo arrasó con todo, que no quedó nada por donde pasó
     - ¿Y si cayó?
     - Si. Si cayó…
     - ¿Se sabe dónde?
     - Allá… por el río de Pinihuan
     - Pues ya dejó seco el río, seguro.
     - Es mal augurio…

Decidí alejarme.

Días después platiqué de aquella charla con mi primo. Con seriedad me confió que podíamos estar viviendo el fin de los tiempos. Se acercaba el año 2000 y las profecías decían cosas. Supe que hablaba en serio. Lo escuché paciente y aproveché algún momento para salir de su casa. Al siguiente día decidí regresar a la ciudad. Mis amigos creían ciegamente que la luz en el cielo se trataba del diablo. Y yo lo invoqué. Si lo seguía escuchando, también lo iba a creer.

En mi familia conocemos aquel suceso como el tizonazo del río de Pinihuan. Ahora es chiste local aunque sólo yo estuve ahí.

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