El grado de maldad en los ancianos crece conforme acumulan años. Tengo comprobada esta premisa. Si bien es cierto, el tema de la comodidad en el transporte público merece una tesis doctoral, es uno de los ámbitos donde puedo comprobar que los ancianos son malévolos. En menos de una semana me tocó experimentar la maldad senil en la combi, que no son combis, pero así les decimos.
Por cuestiones meramente de comodidad, decidí tomar el transporte en el paradero de Cuatro Caminos y no en Periférico. Una combi vacía ofrece la posibilidad de elegir uno de los asientos de la banca trasera. Delante de mí, en la fila, hay cuatro personas. La primera, una mujer, se acomoda detrás del chófer y las otras dos en la banca trasera, junto a las ventanillas. Opto por acomodarme en medio de éstos, una mujer y el hombre. Las bancas laterales se encuentran vacías. Entonces, aparece un anciano con la cara de maldad y tres bultos con mercancía. El sentido común y los 31° a la sombra, dictan que se sentará en alguna de las bancas laterales, pero no. El hombre decide acomodar sus nalgas, bultos y maldad entre su servidor y la mujer que se encuentra a mi derecha.
- Me lleva la chingada - atino a susurrar mientras el hombre se abre paso con los codos porque no conforme con carecer de sentido común y espacial, todavía pretende acomodarse lo más cómodo posible con la espalda en el respaldo.
Vale decir que la señora de mi derecha y el joven de la izquierda no son precisamente dos varitas de nardo. Por el contrario, sus corpulentas masas generan que el espacio sobrante para acomodar a una persona sea el propio para un chicuelo en edad preescolar, pero eso al anciano no le importa y al escuchar mi queja todavía pretende hacérmela de pedo. Provengo de una generación a la que le enseñaron a no discutir con viejos por lo que opto por usar mi propio cuerpo como mecanismo de ataque. El hombrecillo protesta y contraataca con su codo derecho en mis costillas.
En ese momento las personas que suben se acomodan en los asientos laterales. Nadie en la banca detrás del chófer. Es obvio que a las personas no les gusta pasar los pasajes de los demás y menos abrir la puerta cada vez que alguien baja. Pinche gente carente de empatía y solidaridad.
El anciano nuevamente me encaja el codo en las costillas y al intentar protestar, voltea con mirada retadora. Un madrazo mío bastara para sanar su alma, pienso, pero entonces el evilman sería yo y eso no es bien visto por la sociedad. Resignado, cambio de lugar y me acomodo junto a la puerta.
El anciano sonríe profusamente y yo hago un entripado silencioso. En ese momento aparece una mujer. Es grande y pesada. Temo que se siente a mi lado. Todos los pasajeros piensan lo mismo, incluso el anciano, quien seguramente descarta la posibilidad debido al tamaño de la mujer y al pequeño espacio en el asiento. Para mi beneplácito se equivoca. La mujer se acomoda en ese boquetito y entonces creo que la justicia divina existe.
El anciano reclama. Le dice que hay más lugares, pero la mujer, lo ignora. ¡A huevo!
Y así, con la mujer incomodando al anciano, inicia el recorrido más divertido que he tenido en los últimos días.
Capturo una imagen del momento en que el hombrecillo reclama a la mujer. Soy feliz por eso. Estoy envejeciendo y eso me da licencia de proyectar mi maldad

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