lunes, 21 de abril de 2025

Rifas

Los lunes son especiales cuando no trabajo. Es el día que puedo ir a un viejo tianguis a chacharear ropa y tenis, y sobre todo, a comer las gorditas de carnitas.

El Gordo, fundador del negocio, murió hace unos años. Sus hijos heredaron además de la sazón, el trato nefasto al cliente y los hábitos insalubres en el manejo de los alimentos, pero ¿qué sería de un negocio de comida sin esas minucias? Hasta hoy no existe registro de muerte alguna por comer en ese puesto. El riesgo es que uno puede ser el primero.

Tengo una anécdota ocurrida hace treinta años cuando, con la pandilla de la prepa, acudimos en bola a comer en ese puesto. El Gordo tenía el hábito de lanzar las gorditas desde el cazo hasta una charola colocada a tres o cuatro metros. Era un puesto pequeño con no más de diez lugares. El resto de los clientes comían parados. Por desgracia, en aquella ocasión, el ánimo del gruñón personaje era peor que otros días y lejos de atinar la comida en la charola, cayó en las salseras provocando que todos los que estábamos sentados fuéramos salpicados con las salsas. ¡Maldición! No fueron simples gotitas. En tres compañeros eran sendas manchas. Comimos y al momento de pagar, quisimos llegar a un acuerdo para resarcir los daños. El Gordo, sin embargo, no iba a negociar nada por lo que la discusión se calentó y repentinamente blandió su machete. Todos corrimos hasta la prepa buscando un refugio. Una vez dentro pasamos a nuestros salones. Minutos después, el director recorrió las aulas junto con el Gordo buscando a quienes corrimos sin pagar. Explicamos la situación y las cosas cambiaron. manchados de salsa el director medió primero, el pago de nuestro consumo y posteriormente, la reparación del daño a nuestros uniformes. El Gordo salió perdiendo. Tras lanzar amenazas, se retiró. Por supuesto, quedamos vetados de su puesto. Años después, regresé a comer ahí temiendo me reconociera. Tal vez lo hizo, pero me atendió con las mismas formas de siempre. hasta la última ocasión que lo vi, seguía aventando las gorditas hacia la charola. 

Por lo anterior, es por lo que disfruto cada lunes de asueto. Me gusta comer ahí. ¿Qué tienen de buenas esas gorditas?, suelen preguntarme los amigos. No sé, me gustan. Seguramente en mi lecho de muerte maldeciré la contribución que tuvieron a taponear mis arterias.

Esta mañana decidí ir a desayunar gorditas. Atrás quedaron los días de gloria de ese tianguis. La delincuencia lo ha liquidado. Hace unos años se documentaron casos en los que se comprobó que los teléfonos vendidos en varios puestos, eran robados. Que si comprabas unos tenís, la probabilidad de que te los quitaran en las inmediaciones del estacionamiento, era altísima. Muchas señoras salían sin sus monederos, muchos señores sin sus billeteras. Los marchantes eran asaltados al finalizar la jornada. Luego vinieron las rentas. Pienso en eso mientras veo los espacios vacíos y doy cuenta de los puestos que han desaparecido. Pero mientras recorro los pasillos me percato que unos jóvenes recorren el tianguis ofreciendo boletos para una rifa. "Veinte pesitos", me dice un sujeto alto, moreno, de gesto adusto y voz gruesa, intimidante. "Son $8000 de premio al chaz chaz. No hay trucos, la rifa se hace aquí mismo. Todo legal."

Pienso en el significado de la palabra legal. Recuerdo que Chabelo presentaba a un Interventor de la Secretaría de Gobernación para dar fe y legalidad de cada concurso. Aquí, no hay eso. Agradezco su oferta, pero no. Metros adelante, me aborda una mujer. Morena, con el cabello pintado de rojo. Viste un short negro que parece estar pintado sobre su cuerpo. También una blusa de tirantes muy holgada que bien puede enganchar los inexpertos. "Ándale, moreno. Cómprame un boleto." Le digo que a la vuelta, que apenas voy a desayunar. "Invítame un taco, ¿no? Todavía no pruebo bocado." Me percato de su acento. ¡Claro, centroamericana! El sujeto que me abordó metros atrás parece colombiano.

Pongo cara de nada y sigo mi paso. El puesto de las gorditas está arrebatado. Alcanzo un lugar en el mostrador. Hasta ahí llega otra chica con su altavoz ofreciendo boletos para la rifa. Ofrece parejo a vendedores y clientes. Nadie acepta. Metros adelante, hay otro sujeto vendiendo boletos. También trae un megafono.

Dos mujeres que están junto a mí hacen cuentas mentales mientras mastican. Después se hacen preguntas:

     - ¿Crees que salga para juntar los $8000?
     - Tendrían que vender 400 boletos
     - ¿Y cuál es la Ganancia?
     - No creo que haya ganancia...
     - Entonces, ¿cuál es el negocio?
     - Es una estafa.

Los comensales las escuchamos y hacemos nuestros propios cálculos. También nos hacemos preguntas en silencio y respondemos en nuestra mente. Las mujeres que atienden el negocio contiguo, dan la respuesta certera:

     - Según es lo que se ha acumulado de semanas atrás. Llevan semanas haciendo la rifa, pero según nadie se la gana. Lo que juntan lo dejan acumulado para la siguiente semana y así se la llevan. El de los pantalones la otra vez les reclamó que nunca salía el premio. Esa tarde lo asaltaron en su camioneta. No los mismos, otros muchachos. Son de cuidado.

Todos continuamos masticando. Algunos se apresuran y pagan sus cuentas. Se retiran a velocidad. Otros observan a los jóvenes que siguen ofreciendo sus boletos en los puestos más alejados. Pienso en la muchacha del cabello rojo. Doy la última mordida y apresuro el líquido que me queda en la botella de refresco. Decido no pasar a ver tenis como siempre. Tengo que huir de ahí.

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