domingo, 29 de diciembre de 2024

Pero es Chetes

—¿Chetes? ¡No mames! —fue lo que dije aquella ocasión a Susana cuando me regaló el disco Blanco Fácil—. 

Lo acepté porque siempre he considerado que uno no debe hacerle fuchi a los obsequios, no cuando menos frente a quien lo otorga. Este fue el caso. Relegué aquel disco apenas hube llegado a casa.

Años después, por casualidad, escuché una canción que me gustó. Era Dying to live, de una banda llamada Vaquero. Después Space to fake y también me gustó bastante. "Pero es Chetes", me decía en silencio.

Mi primo fue fan de Zurdok y ahora reconozco que también lo fui aunque enmucho menor medida. Como admirador de la Avanzada regia tuve que entrarle a esa banda. Aclaro que entonces, los veía como una banda y no como a Chetes y los demás.

En 2019 participé en una charla facebuquera. Ahí coincidí con algunos metaleros de alcurnia, entre ellos Aldo Liberata, bajista de la banda de metal Cabrón. Ya no recuerdo bien de qué trató la charla, pero de pronto el tema se centró en una canción: 16 de febrero. Aldo Liberata fue el culpable. Me dijo que a él esa canción le mamaba. Fui a escucharla y también me prendió. "Pero es de Chetes", pensé.

Esta tarde recordé dichas anécdotas mientras coreaba la canción con mi desafinada voz. Reconozco en las canciones de Chetes un gusto enorme. Si bien, el último álbum no me ha gustado del todo, no dejo de apreciar que tiene canciones hermosas a las que yo les pondría otra música. Lástima que no soy músico.


Este año, Iván García abrió un concierto de Chetes es Puebla. No pude asistir y fue una lástima. pero cerré bien el año escuchándolo en vivo en una festividad navideña en el Zócalo de la Ciudad de México. Compartí el mismo espacio con personas admiradas y queridas por mí como mi amiga Pau y Arturo J. Flores, editor de PlayBoy México. No los vi, no pudimos abrazarnos, pero cantamos Arena, 16 de febrero, Querer y Efecto dominó.

¡Gracias, Susana! Debo reconocer que la admiración y gusto que hoy tengo por Chetes es proporcional al amor que siempre sentí por ti. Lástima que lo reconocí muy tarde.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Así se siente la nostalgia

Cursaba el 3° de secundaria cuando logré tener mi primera novia formal. Claudia Ivette era una de las tres chicas más hermosas de la escuela. Sólo le hacían mosca Sandrita Peimbert y Rosa Lidia Hernández, quien también fue mi novia, pero ella aún no merece ser el motivo de ninguna de mis memorias.

Para los estudiantes de la Secundaria Oficial No. 420 la única distracción a la mano era un intento de centro comercial que, paradójicamente, por los años ochentas, gozó de éxito al albergar la tienda Blanco, una pizzería llamada la Torre de Pizza y una sucursal de Helados Holanda que además tuvo el buen tino de introducir maquinitas para hacerle competencia a una madre que se llamó Chispas. Sacó a conclusión que éste local fue el que por mucho tiempo sostuvo al resto del edificio pues entre desperdiciar dinero en videojuegos y consumir Raspatitos, Chemisses y Bicolores, la derrama era cuantiosa.

Traigo esto a colación porque cuando uno tiene novia se ve orillado a abandonar ciertas rutinas para darle atención al amor. Entonces, lo primero que hice apenas le di el sí fue abandonar a mis compañeros del camión verde y cambiar a otra ruta que atravesaba el mencionado centro comercial y me llevaba hasta una colonia muy mamalona vetada para nosotros, los pelados de esa secundaria.

Durante seis meses supe lo que era caminar de la mano de mi novia hasta la avenida Jiménez Cantú, avanzar dos calles hasta un enorme árbol situado en la esquina de la calle Venus, abrazar a mi novia sin el menor ánimo de soltarla y tras 15 minutos que parecían un suspiro, acompañarla hasta la puerta de su casa cuidando que su padre no se asomara por la ventana y nos descubriera. Por si acaso, le daba su respectivo beso de piquito porque entonces yo no sabía de esas cosas que involucran lenguas y saliva, y me echaba a correr de regreso a la avenida temiendo no alcanzar la última combi.

* * *

El camión Izcalli 2-3 me escupe frente a una nueva realidad.

Le dije a Claudia que estaría en casa de sus padres a más tardar a las 7:00 de la noche. Lamentablemente, el tráfico citadino no tiene palabra. Faltan doce minutos para las ocho y un dolor de panza me hace sentir una extraña mezcla de nervios y emoción. ¿Hace cuánto no atravieso el centro comercial? ¿15 años? ¿20? Los que sean, ya no importan. La enorme nave ha sido demolida. En su lugar, una reja resguarda los recuerdos de las personas que, al igual que yo, vivieron algo en ese predio.

Iluminado por la luna camino a un costado de la reja. Mi madre siempre me recomendó que nunca atravesara por ahí de noche. Ahora me da risa porque la posibilidad de un asalto es casi del 80% según un estudio que me acabo de inventar.

Llegó a la avenida. El viejo puesto de revistas ya no existe aunque otros armatostes ocupan su lugar. Ahora hay un semáforo. Se pone el rojo para los autos y avanzo. Camino dos calles para llegar al árbol, pero me sorprende enterarme que tampoco existe. Ni siquiera tengo la seguridad que haya estado ahí. Todo está cambiado. Ahora hay comercios iluminados y las calles han sido enrejadas. Avanzo. Llegó hasta la siguiente calle también enrejada. Desorientado, vuelvo los pasos y la mirada tratando de reconocer los sitios de mis andanzas adolescentes. Antes de la reja, hay un pequeño expendio de pan. Dos mujeres me observan traspasarla y con desconfianza vigilan mis pasos con sus miradas clavadas como dagas en mi espalda (pinche lugar común, ya me urgía escribirlo). No reconozco las casas, pero si el andador que te lleva hasta la casa de... Mejor no recordarla. Sigo caminando y llego hasta la calle Luna. Creo que esa es la casa de los padres de Claudia, pero ya no está el árbol que podía ubicarme, ni el pastito, ni la reja blanca. De hecho, todos esos vestigios de naturaleza han cedido el paso al poder expansionista del concreto.

¿Cómo no le pedí la dirección? Mi atraso ya es grosero. Entonces juego un "de tin marín de do pingüe" y me acerco hasta una casa. Toco el timbre, un perrito ladra, pasan tres minutos y se escucha la puerta.

     - ¿Quién?
     - Héctor, señora Teresa. Amigo de Claudia.

La mamá de Claudia abre la puerta y me observa. Algo en su radar le nubla la memoria. Ya no soy ese niño escuálido y con cabello abundante. Le doy la mano y le digo que llevo un libro para su hija. Me pongo nervioso. No lo encuentro. Como un mago meto la mano al fondo de mi mochila y lo siento. Con otro moviendo rápido lo saco y se lo entrego. La señora Teresa me observa con paciencia.

     - Aquí está. Perdón. Todo está muy cambiado y me perdí. Me dio gusto volver a verla. Adiós.

La señora me desea que me vaya bien y cierra la puerta. Mientras avanzo, le envío un mensaje a Claudia Ivette. Le cuento que me perdí, que todo está cambiado. Que ya no está el árbol frente a su casa, ni el árbol donde solíaamos abrazarnos durante quince minutos antes de caminar cuidandonos de su papá. Le cuento todo lo que ustedes han leído lineas arriba y entonces me dan ganas de llorar.

Ahora entiendo que así se siente el pasar del tiempo, que esto que se me hace nudo en la garganta, que se me agolpa en las tripas y me da alegría en el alma, es la nostalgia. Cuento los años que han pasado desde la última vez que vi a Claudia. Más de 30. Pienso que este libro será una forma de abrazarla otra vez.

viernes, 8 de noviembre de 2024

Aquí no pasa nada

En mi comunidad rural pocas veces ocurren sucesos extraordinarios. Alguna vez escuché una hipótesis interesante: lo que pasa es que la gente de aquí trabaja en La Ciudad y nada más viene a dormir. No se enteran si se cae un árbol o se roban una bicicleta. Todo es muy tranquilo. Yo digo que somos aburridos, que si algo relevante pasa, lo minimizamos y le damos nula importancia.

Esta mañana hubo un accidente. Usted, amiga lectora; usted, amigo lector, dirán: todos los días hay accidentes, ¿qué tiene de extraordinario? Pues eso. Pasó algo que rompió la monótona dinámica del lugar donde moramos.

Yo, que soy un hombre de rutinas, me vi afectado porque al igual que ayer y anteayer y la semana pasada y hace seis meses y hace 29 años, invariablemente, salí a las 9:30 de mi casa para ir a trabajar. Abordé la vagoneta de las 9:40 y ¡Oh, sorpresa! El tráfico se encontraba casi detenido desde Los Tulipanes y hasta Las Palomas, lugar emblemático donde se encuentra una glorieta en la que una estatua de José María Morelos y Pavón sirve de muda testigo de las glorias de la selección nacional, los campeonatos del América y las elecciones de los personajes que tras gobernar, se convierten en nuevos ricos a costa del erario.

Inicialmente pensé que se trataba de un bloqueo. Hoy frente a cada injusticia social, se estila cerrar avenidas principales. Justo o no, sirve. Muchas personas hacían filas sobre la banqueta observando algo. Sobre el carril de alta, mínimo tres patrullas esperaban con el motor apagado. Delante de ellas un par de autos y más adelante los vehículos de las aseguradoras. Entendimos que se trataba de un choque. La unidad de los servicios médicos nos alertó. Es más grave de lo que pensamos. Entonces, como si una fuerza extraña nos orillara a actuar, todos los pasajeros sacamos nuestro teléfono celular. Siempre había querido participar del morbo colectivo que produce fotografiar El Suceso. En una de esas me convierto en el sucesor de Enrique Metinides, pensé mientras imaginaba un cuerpo sin vida con las tripas de fuera.

Al pasar junto a los autos, la exclamación fue general. Como buen mexicano, a la mitad de los pasajeros les afloró ese ajustador que llevamos dentro y de inmediato sacaron sus conclusiones. El chófer únicamente se limitó a decir: "así venían."
Sin poner más atención guardé mi teléfono y pensé en lo aburrido que es vivir aquí. Nunca pasa nada interesante y nadie hace algo por provocar que eso suceda. Casi veinte minutos demoramos en atravesar un punto que, en un día normal, recorremos en dos.

Una vez El Tribilín, astuto y conspicuo ladrón de ocasión, se robó una bicicleta, pero metros adelante fue detenido por la policía. El reportero por fin tuvo trabajo y corrió a sacar su cámara para tomar una placa del hurto. Horas después, ya con el periódico impreso, recorrió las calles de la colonia anunciando en su altavoz: "los agarraron, los agarraron. Tenemos las imágenes de la peligrosa banda de ladrones que fue detenida por la policía. Vea las fotos, reconozca a los ladrones..." Y en la última hoja de aquel pasquín local aparecía una solitaria foto de El Tribilín con su aspecto de Nikki Sixx frente a una bicicleta, una Pepsi de vidrio familiar y kilo y medio de tortillas. A las siete de la noche ya nadie se acordaba de lo acaecido y mejor esperaban el Noticiero con Jacobo Zabludovsky. Esas sí eran noticias.

En esta comunidad, reafirmo, no pasa nada. Y si pasa, lo minimizamos. Ya en otra ocasión les contaré de un señor miembro de la ETA que fue detenido a una calle de donde un grupo de adolescentes jugábamos voleibol o de la noche que se fugó el Chapo de Almoloya y tras tomar la autopista, llegó a esta comunidad por el circuito exterior mexiquense. O cuando el EZLN hizo estallar bombas en las torres de luz que están junto Lago de los Lirios o cuando el aire tumbó el emblemático Globo Amarillo. Puros sucesos que a nadie le han importado y por eso nadie los recuerda.

Si nadie se acuerda, es que no pasó.

jueves, 7 de noviembre de 2024

El encuentro de dos Guapos

In memorian, Rafael Nuñez Juan

Me gusta la lucha libre. Hace mucho que no voy a una función, pero de vez en cuando cazo las que pasan en la tele sólo para no desengancharme. Ya no las disfruto tanto. Ya no me sé las rivalidades y no conozco a los nuevos ídolos, salvo al Fresero Jr. (que tenía un puesto a unas calles de mi trabajo) y a los integrantes de la Puerquiza Extrema.

Los luchadores que solía admirar y por lo que pagaba un boleto, ya murieron o están en franca decadencia. Me uno al clamor popular para que se retiren con dignidad, pero la lucha libre al igual que la docencia, son oficios ingratos que no dan para retirarse tranquilamente. Quienes nos dedicamos a ello, lo sabemos. Tenemos que seguir ejerciendo.

Es 14 de septiembre y camino por las calles de mi comunidad. Mis ganas por empaparme del fervor mexicano me hacen caminar hasta el Palacio Municipal. Me gusta ver los adornos y las luces que adornan los espacios públicos. Me gusta caminar entre los juegos mecánicos (no me subo porque soy acrofóbico) y me gusta detenerme en algún puesto a comer uno de los miles antojitos que los marchantes ofertan en honor a la patria.

Camino despacio, embelesado por la alegría de las familias que vienen a mi alrededor. A lo lejos, me percato de un tumulto. Contrario a las sabias recomendaciones de mis mayores, me dirijo decidido a la entrada del auditorio. Un grupo de mujeres jalonea a un sujeto con facha de stripper. Lo reconozco aunque no sé su nombre. Es luchador. Detrás, me percato que un hombre baja con dificultad una escalinata. A él si lo reconozco con nombre, apellido, nombre de guerra y palmarés. Se trata de Rafael Nuñez Juan, Scorpio Jr., pareja luchística de la Bestia Salvaje e integrante de La Universidad de Los Guapos junto con el mencionado Bestia Salvaje y Shocker. Es inevitable reír sólo por recordar esa tercia. Pura belleza difícil de apreciar. Sin pensarlo, me acerco. Scorpio Jr. trata de pasar desapercibido, pero soy fan de ese luchador que en su momento fue uno de mis rudos preferidos. Tenía un físico impresionante aunque después la vida le cobró la factura.

En el siglo pasado tuvo la osadía de retar al Hijo del Santo por las máscaras mientras su pareja Bestia Salvaje (con quien ostentaba el Campeonato Mundial de Parejas) le lanzó un reto por las cabelleras al Negro Casas. Esa lucha fue memorable, de esas que se extrañan. El final fue épico: Negro Casas envuelve a Scorpio Jr. con "la Casita" mientras el Hijo del Santo rinde a Bestia Salvaje con el castigo que inmortalizó a su papá. El sainete para quitarles la tapa y la cabellera a los perdedores fue increíble porque ellos culparon a Roberto "El Güero" Rangel por la derrota. Recuerdo otra lucha donde rapó a Súper Porki y una más donde le quitó la máscara a un tal Black Scorpio.

Recuerdo todo esto mientras me acerco a él y respetuoso le pido una foto.

     - Claro - me dice con su voz rasposa mientras se detiene a mi lado. Me coloco la mano en la barbilla esperando que me secunde. Así le hacia cuando era Guapo.
     - Soy más guapo que tú, Scorpio - digo mientras esboza una sonrisa y me da un par de palmadas en la espalda. 
 
Se aleja. Está cansado y probablemente, muy adolorido. Es evidente que no puede más, que su carrera está en el ocaso, pero entiendo que siga luchando. Además, es más ídolo que muchos de los nuevos valores. Lo veo alejarse caminando con dificultad. La gente sigue pidiéndole fotos al stripper lo que ayuda a que Rafel Nuñez se aleje tranquilo.

Detrás de mi aparece Pedro Ortíz Villanueva, Pirata Morgan. Lo saludo de mano y él corresponde un poco consternado tratando de descifrar si me conoce o por qué lo saludo de forma familiar. Le pido una foto y accede amable. Mientras lo abrazo recuerdo aquella lucha sangrienta contra Rafael Barajas "El Faraón". Algunas personas lo reconocen y también se acercan a solicitar una foto. Atiende a todos sin distingo.

¡Esos son luchadores!, pienso mientras los veo subir al vehículo que, seguramente, los trasladará a otro improvisado ring a rifarse el físico en honor de Hidalgo, Morelos, Allende, Aldama y Josefa Ortíz de Domínguez.


*Texto escrito el 14 de septiembre de 2024

jueves, 29 de agosto de 2024

Buen viaje

Hoy, hace un año...

En la pantalla de mi teléfono apareció un número que permanecía intacto en mi memoria. No había un nombre o una fotografía para identificar a quien llamaba, pero los recuerdos y mi buena memoria supieron de quién se trataba

      - Hola. Oye, ¿sabes algo de Robert
    - Hola. Ayer temprano platiqué con él, antes de las 8:00 a.m. De ahí no se nada. ¿Ocurre algo?
     - Falleció

Hay amistades que se forjan por el cariño, las confidencias y una extraña conexión difícil de explicar. Durante los años que tuve el placer de conocer a Roberto, nuestra amistad fue casi virtual. He contado la forma en la que solía bromear con él cada cumpleaños o cada día de Santa Cecilia: le mandaba imágenes de un pianosaurio diciéndole que era el Rey del Beautiful. Después entendí que tenía un humor bastante ácido y eso ayudó al intercambio de bromas.

Durante el último año su recuerdo se mantuvo vigente y mi cariño hacia él se fortaleció gracias al contacto con su hermana Alejandra. Por ella sé que Roberto pudo salvarme de lo que ahora llamo "mi momento más humilde", pero no pasó. Me la aplicaste, amigo. 

En estos doce meses todavía no he logrado magnificar el cariño que sus múltiples amistades le profesaron, pero es grato saber que fue un sujeto muy humano del que todos guardan anécdotas y gratos recuerdos.

Mi abuela decía que el luto tiene caducidad. Que Ellos también se cansan porque entre lagrimas y recuerdos les impedimos descansar en paz. Que, sin embargo, el cabo de año es un ritual para decirle al ser querido que estamos en paz y que él debe estar en paz, que puede partir. Hace un tiempo Alejandra me confesó que cerraría la cuenta de Facebook de Roberto e igual daría de baja el número de teléfono que usó y a través del cual tuvimos contacto. Le dije que no lo hiciera. No sé si de manera personal y muy en el fondo sentía algún pendiente con Roberto y por eso, de mi parte, había cierta resistencia a soltar su memoria. Hoy creo saber el orígen de todo. Frente a esa situación únicamente puedo darle las gracias, creo que era un ángel como ese que interpreta Nicolas Cage.

Robert: a un año de tu partida, sé que me sigues protegiendo aunque me dejas seguir cometiendo errores terribles. Sólo te pido que me cuides a donde quiera que me meta y con quien me meta. Tu sabes.

Prosigue tu viaje en paz.

viernes, 16 de agosto de 2024

June y John

El insomnio de esta temporada es decisión personal. Pasada la media noche enciendo el televisor. Sé que pasaré mucho tiempo tratando de elegir algo entre alguna de las plataformas que rento y pocas ocasiones aprovecho. Lo mismo de siempre, pienso después de treinta minutos. Pero un golpe de suerte me destella en los ojos: Walk the line. No lo dudo. La epifanía está presente.

Walk the line o Johnny & June, como fue conocida también, es básicamente la historia edulcorada del surgimiento, ascenso, caída, rehabilitación, recaída y amor de Johnny Cash, encarnado por Joaquín Phoenix. En la infancia del ídolo del country se detona un suceso tormentoso con el que va a cargar toda su vida. En contraste, su afición por June Carter se manifiesta gracias a la radio. Aún no lo sabe, pero Johnny está destinado a convertirse en un ídolo que lo llevará a conocerla en persona. Después de un golpe de suerte, Johnny logra grabar con una discográfica y salir de gira. En esas presentaciones conoce a June interpretada por Reese Whiterspoon. Los datos biográficos son casi exactos. En algunos momentos se reafirma la personalidad tormentosa de Johnny y en otros se engrandece su obsesión por June. Para hacer atractiva la película, se exageran situaciones que el espectador no pasará por alto. El tormento que vive el hombre entre dirimirse entre sus padres, su esposa y su vida de excesos, tiene como única solución el amor que siente por June, a quien se le retrata como el sostén del cantante a pesar de tener dos esposos antes de aceptar casarse con el Hombre de Negro.

La historia me resulta entretenida y me deja un buen sabor de boca. ¡Triunfó el amor! Pienso que todos mis amigos deberían verla y entender que no todo está perdido. Si Johnny pudo, nosotros también.

Paradójicamente el nombre de la película Walk the line, alude al éxito más grande de Johnny Cash inspirado por su primera esposa Vivian Liberto y no a June Carter.

Noches después, otro golpe de suerte me sitúa frente al documental June. Una historia que desmitifica a la June Carter retratada en la película Walk the line. En voz de su hijo, hijas, amigos, una hija de Vivian Liberto, músicos, historiadores y biógrafos, se sitúa a June como una mujer que tuvo que sobreponerse a sus dos primeros matrimonios y a la sombra de Johnny Cash para triunfar como artista. La grabación de sus dos últimos materiales a los setenta años detona una hermosa reflexión acerca de la importancia que tuvo esta mujer en la música country y la actuación. Al mismo tiempo, se le encumbra como una mujer que rompió esquemas y tradiciones dando lecciones a las mujeres de su tiempo.

El documental me resulta totalmente conmovedor pues se proyecta a una June sin el peso del apellido Cash (cabe resaltar que ella nunca usó los dos apellidos de sus primeros esposos). También se puede ver a una mujer divertida desde niña, ocurrente, a una genio y sobre todo, a un ejemplo de cómo se pueden romper esquemas sin temor a las consecuencias de los señalamientos. En las imágenes se muestra muy poco, casi nada, a Johnny Cash, aunque las menciones no pueden pasarse por alto debido a la importancia que June jugó en la vida del cantante.

El documental es hermoso y el final sencillamente conmovedor. Pienso que deberían verlo todas mis amigas y entender que June es un ejemplo que no ha sido estudiado, reflexionado y enarbolado adecuadamente. Si June pudo, ellas también.

Me falta ver My Darling Vivian, historia de Vivian Liberto, primera esposa de Johnny Cash para completar la versión que me he hecho acerca del Hombre de la Camisa Negra.

martes, 13 de agosto de 2024

¿Vale la pena mantener el examen de ingreso al bachillerato?

El primer minuto del 9 de agosto miles de jóvenes ingresaron a la plataforma del Comipems para conocer los resultados del examen que los coloca en una institución educativa del nivel medio superior. Días antes, solicité a mis estudiantes que me hicieran saber sus resultados. Tal vez por la hora o como una señal de malas noticias, pude dormir sin problemas hasta casi el medio día.

Alice, una de mis mejores estudiantes, fue quien obtuvo el mejor resultado: fue asignada a su séptima opción. Aunque no quiso confiarme el total de aciertos obtenidos, calculo que estuvo por debajo de la media. Me confió que se inscribiría en esa escuela a pesar de saber que se encuentra en una zona muy insegura de Naucalpan. Le preocupa que en la colonia donde se encuentra la preparatoria han aparecido muertas algunas muchachas, pero confía en que a ella no le va a pasar nada. Su primera opción eran dos CCH’s, un CECyT, dos Escuelas Preparatorias Estatales y el Colegio de Bachilleres número 5. Alice es una estudiante constante, pero los problemas de salud frenaron su preparación. Creo que pudo obtener un mejor resultado. En sus palabras se percibe cierta tristeza pues su ilusión era entrar al CCH. Cuando le pregunto por qué, no me sabe responder. Al igual que muchos jóvenes de Naucalpan, la idea de ingresar al CCH es por mera tradición, porque sí, porque todos quieren ir ahí, porque tienen la suerte de que su municipio albergue un Colegio de Ciencias y Humanidades, pero desconocen cuál es el beneficio de ingresar a dicha institución. Tampoco dimensionan los problemas comunes que aquejan a ese plantel.

Otro ejemplo de este deseo es Mina quien, a sus quince años, está resuelta a no estudiar durante un año. ¿La razón? No ingresó al CCH. Desafortunadamente, nadie le dijo que preparar el examen de ingreso implica estudiar decididamente. La chica cursó el último grado de secundaria en mi escuela. Por la cantidad de materias reprobadas en su escuela de procedencia resultaba imposible que terminara ahí. Nadie le informó que un promedio también puede hacer la diferencia entre una asignación y el rechazo. Su 6.4 no la respaldaba. Únicamente colocó dos opciones en su registro: CCH Naucalpan y CCH Rosario. Por parte de su madre no hubo recomendaciones respecto a esa decisión. Yo, como parte de mi trabajo, traté de abrirle el panorama, de mostrarle otras opciones. La idea de ingresar al CCH estaba fija, pero la cantidad de aciertos conseguidos no fue suficiente. Ahora dice que trabajará y el siguiente año volverá a hacer el examen. No ha querido escuchar que además de los aciertos, el promedio es importante. “Pues si no se puede, me meto a la prepa abierta.” Pienso que ni siquiera seria opción, pero no se puede hacer más. Le deseo suerte en la vida.

Liz fue asignada a su última opción. Apenas logró 31 aciertos. Su madre me hace saber que la niña también quería entrar al CCH, pero “como nadie la ayudó a llenar sus opciones hizo un revoltijo y metió otras escuelas. Unas ni siquiera son de aquí.” Liz quiere seguir estudiando sin importar que no sea el CCH, sólo que sea una escuela cercana y barata. Tras escuchar a la señora, pienso: ¿Nadie le ayudó? ¿A la escuela que sea? ¿Una escuela barata? Me reservo mis apreciaciones, incluyendo las relacionadas con la importancia de la lectura de comprensión en alumnos y padres de familia. Le deseo suerte en la vida.

El examen de ingreso a nivel medio superior del Comipems parece tener un problema: no satisface los deseos de los jóvenes por ingresar a instituciones concretas. Para el 2025 existe la posibilidad de que este examen desaparezca. La UNAM y el IPN, por su parte, han comunicado que ellos realizarán su propio examen de ingreso mientras que la presidenta electa, Claudia Sheimbaum Pardo, afirma que el certificado de secundaria es válido para que cualquier estudiante acuda a la escuela más cercana a su comunidad y se inscriba, por lo que el examen del Comipems ya no será necesario. Lamentablemente, la mayor demanda está centrada en las escuelas de la UNAM y el IPN y su oferta no corresponde con la enorme solicitud que tiene la institución. Es claro que estas dos instituciones no tienen el presupuesto para abrir los espacios que se le demandan. Es evidente que a pesar de que existen otras opciones educativas, a los jóvenes no les resultan atractivas. Otro enorme problema es que no existe una adecuada orientación vocacional, por lo que muchos estudiantes consideran que las escuelas de la UNAM y el IPN son las únicas opciones a las que vale la pena ingresar. Las preparatorias oficiales del estado de México no son opción para todos y el resto de las instituciones podemos considerarlas como instituciones de relleno aunque considerando los resultados en sus niveles de egreso, son bastante importantes.

Entre los días 9 y 11 de agosto, miles de estudiantes analizaron con sus padres y tutores la opción educativa que les fue asignada. La viabilidad para inscribirse tiene diversos criterios, pero resaltan dos: nombre de la institución y distancia. El tercer criterio es el económico: cuota de inscripción, de sociedad de padres, si la institución requiere el uso de uniformes, etc. Muchos analizaron la posibilidad de elegir otra opción, pero ¿cómo? Frente a la cantidad de movimientos que se realizan cada año entre los estudiantes inconformes, el Comipems habilitó un enlace para considerar una re asignación. Si un estudiante no fue designado a alguna de sus primeras opciones y sí a las de relleno, y aun así el estudiante no se encuentra convencido, puede ingresar a ese enlace donde se registra para que se evalúe la posibilidad de ofrecerle lugar en otra de sus opciones de relleno.

Jan es buena estudiante. Motivada por sus padres realizó su registro al examen. Fue su madre quien realizó la captura de datos y opciones. Lamentablemente, se equivocó al escribir la clave de la carrera técnica que su hija deseaba. Seguro pensó que no pasaría nada pues ocurrió con una de las varias opciones de relleno. Comipems le asignó dicha opción y ahora la niña tendrá que cursar una carrera que no contempló. Sus padres la persuadieron para que se inscriba en la escuela asignada y evitar más trámites con el proceso de re asignación.

Desde el principio, Chucho tuvo muy claro el criterio para elegir sus opciones educativas: escuelas cercanas a su casa, no importa cuáles. En su hoja de registro consideró diez, de la más cercana a la que le queda más lejos. Se quedó en su primera opción: Conalep. Pero Jesús no desea ingresar a esa escuela debido al absurdo estigma que carga esa escuela. Aunque sus padres le han dicho que es una opción como las demás, Chucho le ha pedido a su papá le ayude a inscribirse en otra escuela. Su papá desconoce el proceso de reasignación y durante la mañana del 12 de agosto recorrió varias escuelas en las que le hicieron saber que no hay cupo.

Entre los días 9 y 10 de agosto, cientos de estudiantes no dudaron en presumir en sus redes sociales sus casos de éxito. Padres orgullosos tampoco perdieron la oportunidad de hacer lo propio. Personalmente, no vi publicaciones de estudiantes orgullosos por ingresar a una institución técnica. Tampoco vi publicaciones de jóvenes orgullosos por haber sido elegidos en su segunda o tercera opciones, menos a los que se fueron a las escuelas de relleno. El enojo, la tristeza y la frustración no tiene cabida en las redes sociales de los adolescentes. Si encontré publicaciones de adultos ofreciendo palabras de ánimo, pero la adultocracia no comprende que una publicación en redes sociales es efímera. Me llamó la atención la publicación de un psicólogo ofreciendo apoyo emocional gratuito a quienes no fueron seleccionados en la opción deseada.

También es importante destacar que las redes se inundaron de publicidad de escuelas privadas ofreciendo becas a los rechazados. Esta será la opción viable para muchas familias, no importa que sean preparatorias de dudosa reputación. Este tema sirve para otro análisis.

Por lo anterior me pregunto: ¿vale la pena seguir manteniendo el examen de ingreso de Comipems?

No debemos pasar por alto que para cambiar muchos aspectos negativos de nuestro país la educación es indispensable, sin embargo, tampoco debemos olvidar que las escuelas no pueden mantenerse como nichos de exclusión. Hoy más que nunca está comprobado que la educación discrimina, que el examen de ingreso al nivel medio superior y superior son ejemplos claros. Ni los estudiantes, ni los padres de familia quedan conformes en su mayoría. Hoy resulta indispensable implementar nuevos mecanismos de ingreso al bachillerato, pero también es importante retomar la orientación vocacional en las secundarias, la reprobación en el nivel básico, la auto crítica de los padres, y lo más importante, que los alumnos retomen hábitos de estudio más exigentes para dejar de conformarse con únicamente aprobar el año.

viernes, 19 de julio de 2024

Brujería, greñudos locos y pelos de muñeca arrumbada

In memorian, Pinche Peach

En la década de los 90's, la banda de grindcore Brujería estuvo envuelta en un poderoso halo de marketing: sus integrantes cubrían sus rostros con paliacates lo que impedía conocer sus identidades. Las especulaciones al respecto eran variadas, pero no existían certezas. Lo anterior, sumado a las hipótesis respecto a la portada de su primer disco Matando güeros, los posicionó rápidamente en el gusto y morbo de los escuchas.

Supe del grupo gracias a la gorra que un compañero de la preparatoria portaba religiosamente para asistir a clases. El logo, cuidadosamente bordado, se fue introyectando en la memoria de la mayoría sin haber escuchado siquiera alguna de sus canciones. Eso cambió cuando meses adelante alguien consiguió una cinta de Matando güeros en el Tianguis del Chopo. Como se estilaba en aquellos años, esa misma tarde se organizó una reunión para escuchar el cassette mientras se degustaban papitas y refrescos. No fui convidado al festín, pero tampoco me importó mucho pues ya tenía los elementos necesarios para acudir el siguiente fin de semana al tianguis y hacerme de mi propia cinta. Eso tampoco pasó.

Han pasado treinta años de aquel suceso y por casualidad, en mi teléfono celular, un reel anuncia la llegada de Brujería a un bar de mi comunidad. ¿Todavía existe Brujería?, bromeo para mí. Ni siquiera lo pienso para comprar los boletos y únicamente pregunto a mi primo y a mi hijo si quieren acompañarme. Al siguiente día le pido a Dave que me acompañe a la tienda donde compra sus playeras. Nunca he tenido una de Brujería y ésta es la ocasión especial para hacerme de ella.

    - Van a estar en el Sham – me dice el dueño de la tienda, quien me ofrece atención personalizada gracias a que Dave es de sus clientes más distinguidos.
      - Ya sé. Ya tengo boletos – respondo con gozo.
    - No son lo mismo que antes, pero vale la pena verlos – afirma intuyendo mi respuesta.

Y tiene razón no sólo porque ahora sabemos quiénes integran el grupo con nombre, apellido y banda de origen sino porque después de varias fracturas que han alejado a algunos integrantes importantes, la banda suena con menos fuerza que en sus años de mayor fama. Pero, ¿qué banda famosa de nuestra juventud no ha pasado por la misma situación? Así que poco importa que nos encontremos aquí más por la nostalgia que porque vayamos a descubrir el hilo negro de la música atascada. Bandas y público envejecemos parejo.

Luego de estacionar el auto frente a una pastelería y ser taloneados por un franelero que nos ofrece más dudas que certezas, caminamos rumbo al Sham Rock. Tal vez porque apenas son las 7:00 de la noche o porque es día laboral, pero dentro del lugar apenas se perciben algunos pelados. Ya en otro texto conté la ocasión que Brujería se presentó en El Telón, lugar que estaba ubicado a menos de un kilómetro de aquí y tocaron para apenas ciento cincuenta personas. Ese concierto a la postre se convirtió en el último que ofreció ese foro antes de que su dueño fuera acusado por fraude y el sitió quedara en el recuerdo de quienes fuimos asiduos parroquianos.

Mi primo y yo nos detenemos frente a la puerta. Los sujetos que sirven de seguridad nos saludan con amabilidad, nos piden identificación y boleto.

     - ¿Identificación? ¡No mames, no traigo! – le hago saber a mi primo en voz alta, esperando que la comprensión de los gorilas.
     - ¿No traes identificación? – preguntan con asombro todos
     - ¡No!
   - ¡La que sea! Licencia… la de la leche… del INAPAM – le dedico mi mirada menos graciosa al chistoso que hizo el comentario, pero las risas son inevitables y hasta lógicas.
     - Pues el permiso de mi mamá ya lo traigo, man – intento bromear fallidamente. Entonces recuerdo que en mi teléfono traigo una copia de mi credencial de servidor público.
   - ¡Ay, wey! Charolazo y todo - dice el seguridad que, a partir de ese momento, cambia su trato y hasta omite la revisión de rutina.

Lo dicho: en el local no hay más de cien personas. DeathMask hace una prueba de sonido. Mientras eso ocurre una rubia de voluptuosa figura camina sin pena ni gloria frente a nosotros. Dos personas forman su equipo de seguridad, pero ni siquiera se inmutan pues a pesar de recibir unas cuantas miradas, la rubia camina hasta el baño como una mortal más. Yo me centro en la presencia de Aldo “Kuervo” Liberata, bajista de Cabrón. Tal vez él siente mi mirada pues repentinamente da un giro de 180° y regresa a saludarme. Estrecho su mano y a cambio él me abraza afable. Además de Brujería, también vine a ver a Cabrón que, dicho sea de paso, fue la abridora en el concierto de El Telón. La alineación actual es diferente a la de 2017, pero pegan macizo. La rubia pasa nuevamente frente a nosotros sin ser acosada por quienes la rodean. Le pregunto a mi primo quién es:

     - Sabrina Sabrok – dice sin darle mucha importancia.

La sigo con la mirada y lo primero que veo son sus piernas blanquísimas, después analizo su vestido rojo con aberturas muy estratégicas. Es inevitable brincarse el escote, pero rápidamente llego a su cabello que me recuerda el de una muñeca arrumbada. Uno de los meseros interrumpe mis pensamientos y me ofrece una cerveza. Pido un parcito y entonces me olvido de que Sabrina departe entre nosotros como una más entre la pandilla, sin distingos, ni privilegios.

DeathMask inicia su presentación misma que resulta breve, pero dejan realmente caliente el escenario del Sham Rock. Son buenos. Entonces me entero que Alexandro Hernández, el baterista, es vecino de mi comunidad. También es novio de Sabrina y eso explica la presencia de la rubia en el local. El público ya se encuentra rabioso y exige más. Toca el turno de Cabrón que a mi gusto es una banda que no ha gozado de mucha justicia dentro de la escena. El setlist es el adecuado para encender aún más al público. Y no fallan: en apenas 30 minutos logran desatar el moshpit en un par de ocasiones. Creo que en este momento tienen a su mejor alineación: Juan Acuña, en las percusiones; Aarón Cuadros, en la batería; Aldo Liberata, en el bajo y coros; y Keks Paul, en la guitarra y voz. Satanás es una canción reciente y con ella hago una pausa para echarle una miradita a Sabrina que se dirige nuevamente al baño sin que la audiencia la atosigue pidiéndole autógrafos o fotos. Me resulta extraño que la banda no se aloque. ¿Habrá pasado de moda? Vuelvo a centrarme en su cabello rubio y se me figura una muñeca arrumbada.

Todo está dispuesto para que Brujería suba al escenario. A lo lejos se aprecia al Pinche Peach, único miembro de la banda que no usa paliacate, saludando a los fans que se encuentran cerca. Frente al escenario y como parte de la seguridad, se sitúan los integrantes de Cabrón quienes saben no tendrán una noche fácil. Saludo nuevamente a Aldo quien encoge los hombros, resignado. Sabe que van a llover madrazos y que la banda no se tentará el corazón. Los primeros en saltar al escenario son Criminal (Anton Reisenegger, de Pentagram) y el Hongo Jr. (Nicolas Barker, de Cradle of Filth). Mi deseo por ver a Hongo (Jeff Walker) se rompe cuando veo que en el bajo viene alguien distinto a él y a Shanne Embury. Ni modo. Después bajan El Sangrón (Henry Sánchez) y Pinche Peach (Ciriaco Quezada). Tampoco viene la Bruja Encabronada (Jessica Pimentel). Es una pena. Para este momento el público exige que comiencen a tocar, pero el Brujo sigue en el backstage. Se apagan las luces y de inmediato comienza a sonar el intro de Brujerizmo, La voz de la niña con el fondo guapachoso es una alerta para el público se disponga a soltar madrazos. Aprovecho para cubrirme la cara con mi paliacate. Una luz ilumina a Juan Brujo que, blandiendo su machete, comienza con sus característicos movimientos de provocación. A mí me recuerda a alguno de mis tíos del pueblo cuando embriagado con cerveza y aguardiente, clamaba por armar camorra afuera de la cantina.

Ver a Brujería me representa un regreso a mi adolescencia, a la rebeldía que entonces no tenía causa y a la urgencia por mostrar terror escuchando canciones con temas prohibidos que escandalizaban a mis mayores. Actualmente, disfruto más las monerías de Juan Brujo mientras interpretan Colas de rata, Echando chingazos o Castro muerto. Sus bailes son fenomenales y muestra de ello está en Desperado donde hacen un zapateado muy mexicano. ¿En qué momento Brujería dejó de ser la banda que provocaba terror para convertirse en un grupo con coreografías bien montadas?

Siempre he dicho que los conciertos de nuestras bandas preferidas no pueden ser perfectos porque suelen omitir canciones que deseamos escuchar. Vine al Sham Rock porque quiero escuchar División del Norte y gritar: “Cuando yo sea grande, quiero ser Pancho Villa”, pero por más que trato de llamar la atención de Juan Brujo, me pasa por alto. Minutos después, el Brujo se sitúa frente a mí y dice que la siguiente canción trata “de un monstruo terrorífico, mitad hombre y mitad hongo”. Al decirlo me señala haciendo alusión a mi calva cabeza. Entonces, El sangrón grita: “Satongo.” Quienes me rodean soban mi calva y de inmediato se integran al mosh que vale decir, no ha parado desde la primera canción. Contrario a lo que pensé, el lugar se encuentra lleno. Cada que mencionan: “parte hombre, parte hongo”, el Brujo y Pinche Peach me señalan. La canción termina y Peach se acerca chocarme la mano. De inmediato se aleja hasta donde se encuentra la batería y toma una cabeza cercenada y quemada: “es Coco Loco.” El Himno de la Banda, Matando Güeros comienza a sonar. El público corea festivo hasta el final. Sudados, golpeados y cansados, los asistentes celebran la ceremonia del Brujo. La seguridad Cabrona ni siquiera se despeinó pues al final el público resultó ser muy bien portado. Mañana nos dolerán las rodillas, pienso.

Mientras Criminal, Hongo Jr. y Fantasma se retiran, comienza a sonar un sample con la música de Los del Río. No importa que esté prohibido fumar en lugares cerrados, el público es ingenioso y sabe cuando transgredir la ley. El aroma a mota invade el lugar. Todos comenzamos a cantar Marijuana. Uno que otro hace la coreografía de La Macarena. A nadie le importa, Brujería es diversión.

Juan Brujo se despide del público y de inmediato desaparece en backstage. Mientras Criminal, Hongo Jr. y Fantasma desconectan sus instrumentos, El Sangrón y Pinche Peach complacen al público con autógrafos y fotografías. No hay un no para nadie. El Pinche Peach se da el lujo de cotorrear con cada uno de sus fans a quienes les dedica muecas y ademanes para personalizar la imagen. Después de tomarme una foto con él, le estrecho la mano y le doy las gracias. “¡Ándale Satongo!”

Mientras nos dirigimos a la salida, una rubia de senos y labios exuberantes pasa frente a nosotros. Apenas unos cuantos le dedican sus miradas. Algo me hace pensar en su aroma. Las rubias siempre me han intrigado por su olor. No me quedo con las ganas y al siguiente día le envío un mensaje a Aldo Liberata:

     - Carnal, ¿puedo hacerte una pregunta?
     - Simón, ¿qué pasó?
     - ¿A qué huele Sabrina?
     - No mames – responde antes de mandarme al diablo con mi pregunta pendeja. Otro día le llamaré para saber que se siente ser el grupo abridor de Brujería y después servir como su seguridad.


Cuautitlán Izcalli, México; a 29 de septiembre de 2022

 

lunes, 24 de junio de 2024

Pa’l kilo


El negocio de la pepena de basura se derrumbó cuando en los noticieros aparecieron reportajes de los Reyes de la Basura, hombres que amasaron fortuna recolectando y vendiendo los deshechos de la gente. Entonces, los mortales, hicimos cuentas y calculamos miles de pesos perdidos en latas de cerveza, frascos de café, latas de conserva, periódicos y revistas, cartones, fierros, desodorantes vacíos, etc. Basura de la vida moderna. Todo lo que compran las recicladoras que se instalaron en nuestras colonias. Pronto la demanda por vender basura sobrepasó a la compra y rápidamente se devaluaron los precios. Alguna vez vendí 40 o 50 kilos de cartón y me pagaron $135, por una caja de huevo San Juan con archivo muerto $37, por un armatoste de fierro $480, por papel que desechan los alumnos entre hojas hechas bolita, aviones, periódicos murales, manualidades y mandalas mal iluminadas fueron $26 libres de pelo y paja. Mi trabajo únicamente consistía en pedirles que depositaran todo dentro de una caja. Desafortunadamente, todo se fue al carajo cuando la gente necesitada, la que vive en la calle, los miembros del escuadrón de la muerte o simples amas de casa comenzaron a hacer su tarea para sacar una lanita extra. El precio por kilo de cartón se cayó hasta los $.50 al igual que el archivo muerto. El papel no llegaba al $1.50 mientras que el PET bajo de $4 a $1.20 por kilo.

Tengo amigos que en tiempos recientes decidieron vender su basura: latas de cerveza y periódicos y revistas viejas, botellas de agua y refresco. La decepción fue enorme cuando en sus manitas fueron depositadas apenas unas mugrosas monedas producto del esfuerzo de meses por almacenar las latas producto de sus pedas, recogerlas de la calle o, con suma vergüenza y al mismo tiempo orgullo, pedirlas al anfitrión de alguna fiesta.” Es para un proyecto sustentable”, decían. Muchachas y muchachos: lamento decirles que llegaron tarde al negocio.

Trabajo en una escuela y eso me ofrece una oportunidad enorme para juntar y vender basura. Sin embargo, hace unos meses, me quedé con cerca de 100 kilogramos de papel porque la recicladora de la esquina ya no lo compra. “Está mal pagado y los camiones grandes vienen por mínimo dos toneladas para que les convenga, además, lo pagan barato.” ¡Maldita sea! El papel sigue aquí y ahora para deshacerme de el tengo que pagarle a otra señora para que se lo lleve. Decidí cerrar mi espectro y ahora sólo juntamos PET, latas y desodorantes. Las olas de calor nos hicieron juntar varias bolsas que redituaron la módica suma de $39 por el PET, $25 por las latas y $12 por los desodorantes. Teníamos un costal con tapitas juntadas por años, por el que me dieron $38. $114 en total cuando el gasto en copias y formatería en el mismo lapso ha sido de casi $800. Lo que me alarma es que la competencia crece.

Todos los días en la mañana me encuentro a una señora recorriendo los botes de basura de un parque. En su carrito de mandado lleva cartón, latas y PET. Calculo que si vende todo el cargamento a lo mucho le pagarán $20. También hay otra señora en mi comunidad que junta lo mismo. Movido por la curiosidad un día le invité una torta de tamal, la idea era preguntarle ¿para qué junta la basura? “Para llevarme un taquito a la boca, joven. Ya me cansé de pedir el apoyo de Andrés Manuel y nada más me dan largas.” ¿Qué puede comerse con $25? ¿Cuánto tiene que caminar para juntar el equivalente a $100? ¿Se podría vivir con $100?

Todos llegamos tarde al negocio de la pepena. El mundo es cada vez peor.

*Imagen de: https://www.meganoticias.mx/durango/noticia/pepenadores-en-durango/44235

Está caliente

- ¿Por qué se desvía? - comenta el coordinador del sindicato al chófer del autobús. 
Se percibe molesto, pero también preocupado.
- Lo que pasa es que cerraron la Costera a la altura de La Diana. Vamos a tener que rodear.

Son las 6:20 a.m. Dentro del autobús hace frío. Mi compañera de viaje se cubre con una frazada. Afuera ha clareado y la lluvia que cae sobre Acapulco provoca que una sensación gélida se reafirme en la psique y el en cuerpo. Junto al autobús pasa un convoy de la Guardia Nacional.

Veinte minutos después nos detenemos frente al hotel Villas Acapulco. No nos permiten bajar. La mayoría de mis compañeros exigen una explicación, pero el chófer nos pide paciencia. Nos mantenemos media hora dentro del vehículo antes de recibir la indicación de descender con cuidado. El cambio de clima es agresivo. A pesar de la lluvia, el calor envuelve los cuerpos. Me quito la sudadera y avanzo al lobby. Después de una aventura -que es tema para otro relato- paso con el ultimo grupo a realizar mi registro.

- Lo lamento. Le asignaremos una habitación para usted solo - me dice el coordinador con cierta pena. Yo estoy feliz.

Una vez que me asignan las llaves, nos convocan a una reunión con el jefe de seguridad del hotel. Básicamente las instrucciones son: no salgan del hotel, si salen del hotel no tenemos responsabilidad sobre su seguridad, si cruzan el cerco preventivo de la playa es bajo su responsabilidad, si algo les pasa en la playa no es nuestra responsabilidad, y reafirma que evitemos abandonar las instalaciones del hotel.

Mi habitación está en la otra torre. Un botones me quita el equipaje y se ofrece a llevarme a la habitación. Mientras caminamos me da los pormenores de la reconstrucción del puerto, lo difícil que ha sido encontrar trabajo y lo que implica ganarse una moneda en estos meses. Al llegar a mi habitación me recomienda que no salga del hotel y se pone a mis ordenes si deseo algo de afuera:

- Yo se lo consigo. Lo que sea - dice después de hacer una pausa. Pero por favor, no salga del hotel. Hace rato se balacearon los malos aquí adelantito. Está mal que lo diga, pero Acapulco está caliente. Todavía está la guardia nacional a unos metros de aquí.

Le doy una propina generosa. Cierro la puerta y de inmediato me quito la ropa, lleno la tina a la mitad y me meto en ella para sentir el agua templada. Solo quiero dormir.

* * *

Tenia entendido que la cena sería en la playa, pero el clima nos traiciona y comienza a llover antes de las seis de la tarde, mientras estoy en el comedor saboreando un filete y un ceviche deliciosos.

A las 7 en punto bajo al lobby. La guayabera, obsequio de mi hija por mi cumpleaños, hace su trabajo y algunas compañeras me sonríen con sorpresa.

- ¡Qué bien se ve!
- Debería vestirse así más seguido.
- ¿Ya tiene pareja para el baile?

Mi compañera me observa a unos metros. Sonríe divertida. Ella viste de gala. Se ve muy bien. Nos dirigimos hacia la playa y nos informan que la cena será en el comedor, un espacio techado a un costado del mar. El DJ ameniza con música que a mi me resulta inmamable. Nada que un par de tragos puedan aliviar.

El ruido de cubiertos, risas, música y fiesta no me impiden escuchar algo que llama mi atención. ¿Cohetes? ¿Nos están dedicando cohetes? Pido al mesero que me traiga una limonada. Prefiero dejar de beber hasta que termine el evento protocolario con nuestro líder sindical. Mientras suena Dread Mar I alcanzo a escuchar el sonido de las sirenas. Muchas sirenas. No el canto de las sirenas que me invita a caminar hacia el mar sino el de las sirenas de los vehículos de seguridad pública. Mis compañeros ni en cuenta. Todos charlan, beben, coquetean y se cortejan. De pronto se escuchan las carcajadas, luego el choque del cristal tras los brindis. Yo sólo escucho el rumor de las sirenas.

Nuestro anfitrión llega dos horas después. Saluda a cada uno de los presentes, mesa por mesa. Su discurso no dura más de veinte minutos. Cuando se retira, decido ir a mi habitación. Mientras intento dormir escucho un par de ráfagas. Pasan los minutos y se escuchan las sirenas.

* * *

El domingo, a nuestro regreso, encontramos al menos tres retenes de la guardia nacional dentro del municipio de Acapulco. Después, otros tres en las inmediaciones. En la última semana se registraron el asalto a estudiantes de enfermería dentro de su misma escuela, la matanza de varias personas, el hallazgo de dos cuerpos en la playa, restos humanos esparcidos a lo largo de la Costera Miguel Alemán, más asesinatos y más cuerpos abandonados.

"Acapulco está caliente."

No fue el huracán Otis el que destruyó Acapulco, es la delincuencia en complicidad con las autoridades quienes los están acabando. Todos lo sabemos, pero lo queremos invisibilizar.

miércoles, 29 de mayo de 2024

Bienvenidos al jardín de Cósmico Rufián

En diciembre de 2022 decidí retirarme de los festivales musicales. El Hell & Heaven terminó con mi humanidad. Aunque feliz, descubrí que además de las rodillas pueden dolerme otras partes del cuerpo que no sabía que rabiaban tras el constante ir y venir de un escenario a otro. También descubrí que las crudas me duran cuatro o cinco días. Entonces, ¿para qué sufrir lo que en idea debe disfrutarse? Desde entonces decidí buscar sitios pequeños para escuchar música. Bares, cantinas, chelerías y una pulquería han representado la oportunidad para gozar la música en vivo porque no lo he dicho, pero me gusta la música en vivo. A veces con gloria y otras con sensaciones lamentables, casi siempre terminó en sitios donde se tocan los covers de toda la vida y en los que el público repite hasta el cansancio las mismas interacciones entre el cantante y ellos.

Sin embargo, a veces la vida te da sorpresas. Hace unas semanas recibí la invitación por parte de Emmanuel Rincón, bajista de Cósmico Rufián, para asistir a una tocada.

     - ¡Va! ¿Cómo está el asunto?
     - Vamos a grabar un en vivo tocando algunas de nuestras rolas nuevas.

No dijo más. La fecha llegó y después de un largo trayecto arribamos al lugar donde se llevaría el show: una casa en las orillas de Naucalpan. En el jardín ya estaba dispuesto lo necesario: algunos tablones, sillas, cervezas y un aroma a sofrito norteño que invitaba a que los minutos transcurrieran. Los músicos afinaban sus instrumentos y Emmanuel hacía las últimas pruebas de sonido. Alguien más se aplicaba con el video colocando los dispositivos de forma estratégica. Se destaparon las primeras cervezas. De a poco arribaron amigos y familiares quienes dispusieron los oídos para disfrutar el concierto.

Por la Red, fue la canción por la que llegué a Cósmico rufián. Se trata de un sencillo fresco que invita a disfrutar la bebida y pasado el segundo minuto, incluso, invita a aplaudir. Con música denominada indie, los Rufianes son una banda que va en serio, que no están jugando y buscan pegar desde su trinchera.

Es cierto que la industria musical ha evolucionado, que en la actualidad se consumen sencillos y que difícilmente se puede conocer a una banda por una lista de canciones. Es como un rompecabezas. Mientras pienso en esto, la banda arriba al escenario. Él es ella, canción que pude escuchar en primicia, me recuerda que no sólo la música vive nuevos tiempos, también el entorno cambia de forma constante. La canción tiene una letra directa que me hace pensar en los secretos de quienes me rodean. Sigue Temoaya’s dream o lo que para mí es el sonido de las bandas que gustan de la fiesta porque el rock sigue siendo eso: fiesta, desmadre, música que te invita a menearte para sacudirse la modorra. Si una banda no logra eso, está perdida. Siguen con mi canción preferida, la ya citada Por la red. Descubro que el guitarrista destaca en su instrumento, que se escucha igual que en la grabación, cosa que agradezco. Lo injusto está en el bajo, siento que debería retumbar más, sin embargo, es en esta canción donde puedo escucharlo unos segundos antes de que entre nuevamente la guitarra. Estoy satisfecho. Destapo la segunda caguama. Estoy bebiendo demasiado rápido y ya puedo prever las consecuencias en las próximas doce horas. Me concentro en el final de la canción. Los aplausos estallan. Con Paradoja, los Rufianes me recuerdan que las influencias de los clásicos prevalecen. El inicio es una joya, después la guitarra te invita a bailar. Reconozco que tengo un poco de problema con el estilo del vocalista, pero bueno, el frontman es él y yo apenas soy un simple espectador que no pagó su entrada. Las bandas de garaje de mi época soñaban con ser los clones de las que en ese momento dominaban MTV. Para los Rufianes Overdrive me permite entender que sus deseos por destacar están en su música, en lo que hacen, por eso le pegan bien a sus instrumentos. Eso se agradece en la actualidad donde muchos grupos se presentan con pistas pre grabadas. Veo al público mover la cabeza y entrar en ambiente. Yo voy por mi tercera caguama y no ha pasado ni una hora. Me siento feliz y con ganas de más. La batería toma una potencia hasta entonces discreta, cumplidora. Rock en su estilo casi puro. La banda se despide. Con cinco canciones puedo ejercer mi derecho al aplauso y por supuesto, a pedir otra canción más. Sin embargo, la sesión ha terminado. ¡Demos gracias al rock!

Hago algunas anotaciones en mi celular para no olvidar lo que he presenciado. Me percato que he comenzado a arrastrar las palabras. Me dispongo a escuchar otra banda, una de covers, pero esa historia es para otra ocasión.

Dejó a continuación la sesión en vivo de Cósmico Rufián ¡Dense y saquen su propia conclusión!



miércoles, 15 de mayo de 2024

Maestro Robert

Hoy no llegó la felicitación que por más de 10 años fue mañanera y puntual. Siempre conciso, amable, certero. Hoy no llegó la imagen alusiva al 15 de mayo que, desconozco, enviabas de forma masiva o elegías específicamente de acuerdo con las características de tus incalculables amigos.
Hoy tampoco apareciste en mis búsquedas preferidas. ¿Acaso te estás borrando de nuestras vidas, Roberto?

Hace un tiempo escribí un post: "Las personas se borran de nuestra memoria en la medida que desaparecen de nuestras redes sociales." Lo escribí porque después de tu partida también se fueron quienes no habian terminado de irse. En algunos casos lo celebré, en otras el dolor se hizo profundo frente a la ausencia. Escribí ese post porque tu muerte me ayudó a entender que todos los lazos son quebrantables, incluso los inquebrantables; que no existe el "para siempre", qué tú eras el eslabón que me unía con mucha gente.

Pero, ¿qué crees? Tu hermana Alejandra tomó tu lugar y me escribió. Espero no te moleste, ni te pongas celoso. Y te recordé de inmediato: concisa, amable, certera. Y me emocioné porque supe que aún no deseas desaparecer de nuestras vidas.

Hablamos de ti y de la docencia. Hablamos de lo que significa ser maestro en estos tiempos. Me dio pena decirle que no soy tan bueno como tú, ni tan completo porque como bien sabías tengo mis limitaciones. No hablo 16 idiomas, no sé ni tocar ni la puerta, canto horrible y ahora me da hueva estudiar mis propios temas. He perdido la pasión y la paciencia frente a los estudiantes, pero fingí bien y parece que quedó satisfecha diciendo: "eso no te quita ser buen profe."

Bueno, este mensaje es para desearte feliz día del maestro. Seguramente hoy las legiones de alumnos que tuviste te recuerdan con amor igual que lo hacemos tus colegas.

Espero no te borres de nuestras vidas. Espero que sigas apareciendo en mis búsquedas preferidas junto a La Catedral del Pulque, los Fans de Pantera y el Taller de Creación Literaria. Pero bueno, eso no depende de mi. Ya le di mis opciones a tu hermana y ella decidirá.

Abrazo fortísimo, Chino.

Tu amigo terrenal, Héctor.

P.D. ¿Cómo se festeja el día del maestro allá donde estás? ¿El Maestro también les hace baile, les rifa alitas y aureloas, se discute unos tragos coquetos?

P.D. 2 Salúdame a Laurita Garza, la maestra de la escuela.

martes, 26 de marzo de 2024

Pantaloncillos

En la pandemia dejé de usar pantalón. No hubo otra razón excepto la comodidad. Entonces, únicamente tenía una bermuda con la que solía ir a festivales musicales y otra más que usaba exclusivamente en septiembre, mes de los temblores. Mera precaución.

Pasaron tres o cuatro días y decidí recortar un pantalón, el más viejo de mi armario. Tres lavadas después, parecía ropa de indigente, de esa que se deshilacha de a poco hasta quedar reducida a nada. Como no salía ni al patio, no me importó. Luego tuve que recortar otro pantalón, uno más nuevo e intercalarlo con el anterior y las dos bermudas. Pareces retrato, me decía cada mañana al verme al espejo.

En junio recorté un tercer pantalón, uno que no tenía más de seis meses de haber comprado. Tomé la decisión de hacerle una bastilla con el fin de mantenerlo presentable por si acaso un día necesitaba salir. No tenía muchas esperanzas de volver a pisar la calle. Seguí la dinámica y recorté otro pantalón. Decidí que la bastilla sería con máquina y no mis remiendos con la aguja. Pedí la máquina de coser a mi madre y clamé su asesoría en esta labor. “Si quieres yo los bastillo”, dijo. Pero me negué. Estaba resuelto a aprender porque seguramente seguiría usando esos pantaloncillos por mucho tiempo.

Me convertí en un experto en adecuarlos a mi modo e incluso, aprendí a hacerles otras reparaciones como tapar las rasgaduras en el tiro. También aprendí a reparar los bolsillos. Odio traerlos rotos, es de mala suerte.

El cuarto mes del año 2021 sonó el teléfono. Mi jefe exigía presentarme en el trabajo inmediatamente. Confieso que estaba harto del encierro y ni siquiera chisté. “Llego en una hora”, afirmé con gusto mientras buscaba la ropa que me pondría. En mi ropero únicamente había pantaloncillos. Ni modo. Resolví salir con el mejor, el más formal y enfrentar la crítica a cambio de la comodidad. No necesito decir que al verme llegar, mis compañeros se quedaron pasmados y pensaron primero en la reacción del jefe antes que en mi aspecto. Nos sentamos alrededor de una mesa empolvada hasta que llegó el jefe quien saludó rápidamente a todos y fue al grano: “No hay condiciones para regresar a trabajar de manera presencial. Seguirán haciendo sus labores en casa y una vez a la semana alguno de ustedes tendrá que venir a realizar una guardia. Así hasta que todo se normalice.” La reunión apenas duró veinte minutos y al levantarnos para despedirnos, el Jefe me vio extrañado. Sonrió. “¿Y ahora? ¿Le entró el síndrome Sabo Romo o qué?” Festejé su intento de gracejada y salí de la oficina.

¿Síndrome de Sabo Romo? No lo había pensado. Entonces recordé una entrevista en la que el bajista afirma que la música es el único trabajo que le permitió nunca volver a usar pantalón. Caminé satisfecho pensando que ese sería mi destino.

Hoy recibí un comunicado donde se convoca a todo el personal a regresar a sus labores de manera presencial. En el correo, mi Jefe sugiere que compre pantalones largos. Ni modo, se terminó. Un año y cinco meses de comodidad no podían durar para siempre. Tal vez deba aprender a tocar un instrumento y dedicarme de lleno a la música para aferrarme al síndrome Sabo Romo. 

Mejor compraré más pantaloncillos. Mañana, Dios dirá.

viernes, 15 de marzo de 2024

Chiflados. Pt 3

Un hombre alto, fornido y rubio, sube al vagón del metro. Su mueca de molestia es evidente. No sé si por el calor o por la cantidad de gente. Se abre paso entre la gente a fuerza de empellones y llega hasta un asiento reservado. "Con permiso", dice imperativo al hombre que dormita en ese lugar. "Con permiso", repite frente al sujeto que con total modorra lo observa. Éste se levanta con lentitud y molestia mientras el rubio ocupa su lugar agradeciendo, bendiciendo y hablando de una edad que no parece tener.

Pasan unos segundos y el rubio cambia el talante. Comienza a maldecir por igual a hombres y mujeres. Su racismo es evidente y se centra en el hombrecillo a quien minutos atrás levantó de su lugar. El joven parece ignorarlo, pero mucha gente comienza a engancharse. El rubio les grita que se callen, que no sean maleducados e ignorantes, que en México existe li U bertad de expresión. Hace énfasis en la existencia de los asientos reservados, de los mexicanos maleducados y de los huevones que fingen dormir para acaparar esos asientos. Como si la gente se hubiera puesto de acuerdo, todos lo ignoran, salvo yo que dándole la espalda lo escucho atento.
Llego a mi estación y desciendo. Detrás de mi lo hacen un montón de personas. Al subir la escalinata mi rodilla me recuerda que debo apoyar bien antes de dar cualquier paso. A mi lado alguien sube la escalinata corriendo. Sus pisadas provocan que los escalones retumben. Es el rubio, el viejo que diez minutos atrás hablaba de educación y engaños.

Pinche viejo orate y comodino, pienso mientras me concentro en el dolor de mi rodilla derecha.